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    Señales de eternidad

    “Rastros”, de Marcelo Legrand, en el Museo Nacional de Artes Visuales

    “Este cuadro le tiene que haber dado mucho trabajo”, dice la señora que recorre pausadamente la exposición recién inaugurada del prestigioso pintor uruguayo Marcelo Legrand (1961) en el Museo Nacional de Artes Visuales. Son obras enormes, de tamaño poco usual para el mercado. Son muchos, además, y llenan la espaciosa Sala 5 del primer piso. Pero la llenan y la convierten en un paseo interesante dentro del arte contemporáneo nacional.

    Un especialista en la obra de Legrand no dudaría en confirmar el atinado comentario de la señora. Y lo corregiría en un punto, porque puede percibir otra imagen detrás de la obra. Podría decir que con ese trabajo el artista debe haber “peleado” mucho. No por su tamaño, obviamente, aunque también importe. Sobre todo, por el tremendo desafío de llegar a un punto de equilibrio tan especial en un proceso evidentemente peligroso. Es que la obra de los últimos años de Legrand —hijo del músico Diego Legrand, nieto del botánico Diego Legrand y bisnieto del célebre astrónomo, político e inventor Enrique Legrand— es física y conceptualmente compleja.

    La señora pasea y admira el tránsito por ese impactante mundo de formas y colores que parece sostenido por una tensión a punto de romperse, en una especie de indescifrable movimiento de big bang, tan lento que el ojo humano no puede percibir. Aunque lo percibe su sensibilidad. Y allí está esa tensión que se traduce en un paseo inquietante, difícil de descifrar en una primera vuelta.

    Inicialmente, parece un paisaje a punto de estallar. El espectador medio la disfruta. La señora admira el valor de este artista, su valentía y su capacidad para enfrentar empresas tan desafiantes, de indudable esfuerzo físico. Pero eso es apenas el comienzo, un atisbo de lo que puede generar esta pieza monumental en su concepción, en su elaboración, de incalculable exigencia al momento de pintarla. “Hace casi diez años que trabaja sobre este cuadro”, comenta Enrique Aguerre.

    El director del museo pasea con Búsqueda en la primera visita, sin gente, sin ruidos, apenas los sonidos que surgen de las obras cargados de color, manchas y espacios vacíos o llenos, según desde dónde se los mire. Notoriamente, el cuadro del que habla Aguerre es más intrincado que los demás. Está al fondo, a la derecha, en la pared que da a la calle Herrera y Reissig. Se llama “Eternidad”. Y es de una hondura alarmante.

    El esfuerzo físico ofrece aquí el momento en el que el creador pasó el umbral de toda racionalidad: incluso, con seguridad, también el umbral de toda percepción. Seguir construyendo o trabajando sobre este cuadro debe ser un acto mágico, imposible de definir en términos racionales. Pero también es mágico lo que logra.

    Alguien le comentó a Aguerre que, si Legrand sigue trabajando sobre esa obra, puede terminar destruyéndola. Es tan delicada y sutil la línea en la que está parado el pintor que parece acorralado en un punto misterioso. “Eternidad” es una obra infinita, sin punto final y en eterno movimiento. De tres metros de altura, lo primero que irrumpe en la visión es una trama de líneas rectas, aparentemente negras, que cruzan la tela y cargan el centro del cuadro. De cerca, la percepción recompone la imagen: líneas blancas en realidad, o claras. Son rayas sobre cuerpos oscuros, otras imágenes detrás, compactas, que ofrecen profundidad y ciertos grados de perspectiva. Hay un núcleo central que de lejos parece impenetrable, pero de cerca, la trama se abre apenas y permite una visión menos densa, curiosamente con mayor distancia, abierta hacia el fondo.

    Detrás del centro oscuro, se perciben algunos colores suaves, azules nocturnos, rosas pálidos. Y tonos rojizos. No son manchas de colores fuertes, expresivos, como aparecen en varios de los otros cuadros. Tampoco hay esa tensión en “el aire”, en el espacio, con la libertad tan motivadora que da el movimiento. Acá hay otra cosa, hay pinceladas firmes, formas puestas en su lugar para que, en un proceso, el tiempo haga lo suyo. Ya no solamente es esencial el espacio: aquí es otra historia.

    También aparece el manejo tan particular de Legrand para lograr armonías, para combinar técnicas, para componer, en definitiva, con todos los recursos de un hombre que transita en esa cuerda tan movediza del arte contemporáneo, que explora más allá de cualquier referencia anterior, que sale del circuito de influencias, que se maneja en un mano a mano con la pintura, con la interioridad de la obra.

    Sus hallazgos constituyen, como sus manchas, un momento fugaz de inspiración, pero también de un largo proceso creativo, lo que para otros artistas generaría desenfoques difíciles de conducir.

    En este caso, es obvio que su elaboración es expresión primaria de pura sensibilidad, que recibe el color y lo madura en la sutileza que alcanza en cada paso o en el momento que considera casi final. El camino a recorrer por el espectador, entonces, puede transitar la aparente sencillez de algunas obras aparentemente monocromáticas hasta la potencia de sus explosiones coloridas. Y, así, llegar a la eternidad. Si no se destruye antes.

    “Rastros” de Marcelo Legrand. En el MNAV (Parque Rodó). De martes a domingos de 14 a 19 horas. Hasta el 21 de octubre.