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    Sendic no es uruguayo

    N° 1853 - 04 al 10 de Febrero de 2016

    La última edición de Búsqueda (Nº 1.852) trajo dos noticias en apariencia contradictorias.

    Por un lado, la Unidad de Inteligencia de la revista británica “The Economist” difundió el Index de Democracia 2015 y ubicó a Uruguay como una de las (apenas) 20 “democracias plenas” que existen en el mundo.

    Uruguay, según ese estudio, comparte ese selecto grupo junto con Noruega, Islandia, Suecia, Nueva Zelanda, Dinamarca, Suiza, Canadá, Finlandia, Australia, Holanda, Luxemburgo, Irlanda, Alemania, Austria, Malta, el Reino Unido, España, Mauricio y Estados Unidos.

    ¿Qué requisitos tiene que cumplir un país para ser considerado una “democracia plena” para “The Economist”? Así lo explica el informe: “Países en los cuales no solamente las libertades civiles y políticas básicas son respetadas, sino que tienden a ser apuntalados por una cultura política destinada al florecimiento de la democracia. El funcionamiento del gobierno es satisfactorio. Los medios son independientes y plurales. Existe un sistema efectivo de pesos y contrapesos. El Poder Judicial es independiente y las decisiones judiciales son aplicadas. Solo hay limitados problemas relacionados con el funcionamiento de una democracia”.

    La revista británica hace justicia con el Uruguay. El país es, desde antes de la primera Constitución de 1830, una sociedad con valores democráticos hondamente arraigados. Desde las famosas “Instrucciones” artiguistas de 1813, Uruguay siempre tuvo un talante marcadamente democrático. La propia Constitución de 1830 es liberal y republicana. Y eso ha seguido siendo básicamente así —con intervalos dictatoriales que son la excepción pero no la regla— con todos los partidos que han estado en el gobierno y en la oposición: colorados, blancos, constitucionalistas, fusionistas, independientes y, ahora, el Frente Amplio.

    Un dato del Index de Democracia 2015 que provoca pavor es que las 20 sociedades con “democracias plenas” equivalen solamente al 12% de todos los países del planeta y en ellos vive apenas el 8,9% de la población mundial.

    El resto de los países estudiados (165 más dos territorios, que abarcan prácticamente a todos los habitantes de la Tierra) tienen “democracias imperfectas” (59), “regímenes híbridos” (37) o, directamente, “regímenes autoritarios” (51).

    Pero los hallazgos de la revista británica, tan positivos y bastante justos para la imagen global del Uruguay, fueron puestos en entredicho, indirectamente, nada menos que por el vicepresidente de la República, Raúl Sendic.

    En un artículo que apareció a tres páginas de distancia del primero, Búsqueda informó que durante una “conferencia magistral” que pronunció el 25 de enero en México, en el marco del “II Encuentro Internacional de la Izquierda Democrática”, Sendic opinó que la democracia uruguaya —entre otras— padece de lo que él ve como “un gran problema”.

    ¿Qué dijo el vicepresidente? Textualmente, esto: “Lo que está pasando en nuestros países, allá en el sur, es que la prensa juega un papel a veces más importante que la oposición de derecha. Marca una agenda. Y nosotros muchas veces terminamos respondiendo a esa agenda, que no es nuestra agenda; es la agenda que establece un poder fáctico que tenemos enfrente, que lo único que hace es enumerar los problemas y las dificultades, y que jamás reconoce ninguno de los logros que hemos tenido no solamente en nuestro país, sino en otros”.

    Para empezar, Sendic mintió. No es cierto, ni siquiera en los medios que él considera “de oposición”, que únicamente se informe sobre los “problemas” y “dificultades” que enfrenta el gobierno uruguayo, y que “jamás” se informe sobre los “logros”. Es una mentira tan grande como el Estadio Centenario. Basta recorrer las páginas de diarios, semanarios, noticieros radiales, televisivos y portales periodísticos para advertir que no es cierto lo que el vicepresidente dijo.

    Naturalmente que la prensa informa sobre los problemas. Y a veces expone situaciones irregulares. Y muchas veces manifiesta opiniones críticas sobre determinadas acciones de los gobiernos. Pero ese es, precisamente, el deber de la prensa en una democracia. Salvo que el vicepresidente, que se graduó en Cuba, crea que el modelo de la prensa que a él le gusta sea el diario “Granma”, donde solo está permitido alabar a la dictadura comunista de los hermanos Castro.

    En esa desafortunada declaración, Sendic hizo dos cosas más. En primer lugar, siguió la mejor estrategia del autoritarismo “kirchnerista-bolivariano” y colocó a la prensa en el papel que corresponde a la oposición política. “Es más importante que la oposición” o “marca la agenda”. Con esa táctica, Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Néstor y Cristina Kirchner, Daniel Ortega, Lula y Dilma Rousseff han intentado matar dos pájaros de un tiro: 1) ignorar a la verdadera oposición, que es la que busca legítimamente el poder; 2) desacreditar a la prensa, asignándole un rol que no tiene ni quiere tener.

    Y en segundo lugar, Sendic repitió la letanía de mucho autoritario que anda en la vuelta: la prensa es “un poder fáctico que tenemos enfrente”. Traduciendo: la prensa debe ser combatida por el gobierno y sus simpatizantes porque está “enfrente” y es una “enemiga” que se ubica del otro lado de la vereda.

    Es peligroso el pensamiento de Sendic. Es una declaración, desde el poder, contra la libertad de prensa y contra la libertad de expresión.

    Pero, además, es una contradicción notable con los señalamientos de “The Economist”. Esta revista considera que Uruguay es una “democracia plena” porque en este país “las libertades civiles y políticas básicas son respetadas” (las libertades de expresión y de prensa en primer lugar) y porque “los medios son independientes y plurales”, entre otras razones de mucho peso institucional.

    Si el vicepresidente cree que la prensa es “un poder fáctico” que está “enfrente” (y, si está “enfrente”, es legítimo atacarlo), si cree que ocupa el lugar de la oposición legítima de los partidos y si cree que “marca una agenda” política (no periodística) deliberada y sistemáticamente contraria a los intereses del gobierno, entonces el informe de “The Economist” estaría muy equivocado y Uruguay debería salir de la categoría de “democracia plena”, puesto que habría en el país una “guerra” permanente protagonizada por el periodismo, por un lado, y por las autoridades, por el otro.

    Eso no es así, bajo ningún concepto y, por lo tanto, Sendic está, cuando menos, muy equivocado.

    “Calentar el pico” ante un público filo-chavista puede ser relativamente sencillo; mantener pensamientos antirrepublicanos en una “democracia plena” es mucho más complicado. Es, en realidad, descalificador.

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