Estoy esperando que el empleado del pequeño supermercado me envuelva un puerro y un kiwi. Lo hace lentamente, porque en verdad está concentrado en lo que se dice en el televisor colgado justamente encima de mi cabeza.
Estoy esperando que el empleado del pequeño supermercado me envuelva un puerro y un kiwi. Lo hace lentamente, porque en verdad está concentrado en lo que se dice en el televisor colgado justamente encima de mi cabeza.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs el momento en que el locutor señala que los profesores continuarán los paros… ¡pese al levantamiento del decreto de esencialidad!
El empleado del súper y su propietario, que está en la caja, lanzan un grito al unísono: “¡Ahhhhhh!”. Solo con una interjección, me he percatado de que detestan a los profesores, que no les reconocen su derecho a huelga y que están muy de acuerdo con que ganen sueldos miserables.
Mientras ellos ríen con carcajadas socarronas, yo miro el televisor con amargura. “Yo soy profesora”, le digo al empleado. Él, entonces, con rostro compungido, me dice: “Es que, señora, no hay plata, el Uruguay anduvo mejor seis o siete años, pero ahora vuelve a ser lo de siempre”.
Lo miro intensamente y tras unos segundos respondo: “Durante esos seis o siete años en que hubo plata, ¿en qué se usó el dinero? ¿Dónde está la plata de la educación? Los sueldos siguen siendo bajos, los liceos siguen siendo deprimentes”.
El hombre me mira desconcertado. No sabe. Yo tampoco. Dicen que el 80 por ciento del presupuesto se va en sueldos. Claro que hay sueldos de todo tipo: conozco profesores jóvenes, que son los que trabajan en la periferia y están en la primera línea de fuego en la batalla contra la pobreza, que cobran alrededor de 15.000 pesos líquidos. Los profesores con mejores sueldos llevan más de 25 años dando clases: sus salarios, aunque mayores, no compensan el cansancio secular de décadas de pie, recorriendo el aula, en clases de 35 sonoros adolescentes.
Pero los grandes sueldos, los que andan por ahí, los de asesores, secretarios, comisiones, o los de los integrantes de las actividades con herméticas siglas que se han creado y que son la cara visible de proyectos y oficinas cuya utilidad no ha sido fehacientemente verificada… esos, ¿mi almacenero los conoce? No. Yo tampoco.
El empleado del supermercado no sabe que dentro del bolsón del presupuesto de la educación está el Liceo Militar, los Centros MEC, los CAIF, el Plan Ceibal y unas revistas que a veces esperan amontonadas en las salas de profesores, impresas en carísimo papel, por ejemplo.
La gente que no se resiste a perder las ilusiones repite automáticamente: “antes era peor”. El “antes” es una nube confusa: ¿a qué se refieren exactamente con antes? ¿A la crisis del 2002? ¿A la dictadura? ¿Al pachecato? ¿A las presidencias de todos los Batlle? ¿A la Guerra Grande?
Pero yo voté al Frente Amplio elección tras elección —menos en la última, cuando hice trizas el voto— para que hubiera un después. Un cambio.
Y sí, lo ha habido. Hoy un profesor es persona non grata. Uruguay nos detesta: los políticos, los periodistas, los padres, el empleado del supermercado que me pesa el kiwi… y ahora hasta algunos médicos.
Los irónicos doctores Tabaré Vázquez y María Julia Muñoz.