En el living de su apartamento de la Ciudad Vieja se impone una mesa larga repleta de pinceles, lápices de todo tipo, pinturas, acuarelas y papeles. “A veces está más despejada”, dice Fermín Hontou, pero es difícil de creerlo porque en esa mesa trabaja y da clases. En el living no hay lugar que quede libre. Sus paredes están tapizadas de dibujos, fotografías, máscaras y muñecos de varios tamaños: un capitán Garfio, un Playmobil, una calavera, varias artesanías. “Estoy lleno de muchos mamarrachos que compré por ahí”, dice Ombú, apodo con el que firma sus obras.
“Ese es uno de los tantos retratos que me hizo Arotxa”, dice mientras señala su propia caricatura, donde luce más joven, flaco y de barba. Más arriba, otro retrato muestra a un adolescente de perfil. “Lo hizo mi vieja, que era muy buena dibujante. Nos dibujaba de perfil a mí y a mis hermanos. Yo ahí tenía unos 17 años”.
También el artista Pepe Montes lo tuvo de modelo. “Fue mi primer maestro importante. Ese retrato es más o menos de 1976. A él le gustaba mucho porque lo hizo muy rápido, en dos o tres poses”, explica. Y después están sus propias ilustraciones que hablan de una larga trayectoria como ilustrador, dibujante erótico y caricaturista.
Cuando era adolescente, un compañero del liceo comenzó a jugar con su nombre y a llamarlo Jazmín Ombú. “Era una forma de bullying”, piensa ahora Hontou y se ríe. Lo cierto es que esa ocurrencia de su compañero le regaló una firma. “Cuando empecé a dibujar en el liceo, por el año 1971 o 1972, yo firmaba así. Después le saqué el Jazmín, más que nada cuando trabajé en México, porque siempre escribían mal mi apellido. Además, allá nadie sabe lo que es un ombú”, dice y se ríe.
Este mes Ombú inauguró una exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV). Con curaduría de Inés Bortagaray, la muestra se llama Noche de Ronda, que puede evocar tanto al bolero de Agustín Lara como a La ronda nocturna de Rembrandt, pero en realidad lleva su nombre por el boliche La Ronda, de Ciudad Vieja. Durante muchos años, Ombú fue un asistente frecuente del lugar, pero no solo como cliente. Aparecía con su sobretodo y sombrero de fieltro y allí con un bloc de hojas A4 se sentaba a dibujar lo que veía y también lo que escuchaba.
Así surgieron una serie de dibujos y caricaturas, o “fotogramas”, como los llama Bortagaray, que retratan situaciones y personajes de la noche “de ronda”. Principalmente fueron hechas entre 2011 y 2015, pero también hay obras anteriores del mismo lugar.
“Por el 2014, Enrique Aguerre (director del MNAV) me propuso hacer una muestra en el museo. Yo tenía muchos cuadernos con estos dibujos que nunca había mostrado y era una oportunidad. La exposición la programamos mucho antes de que se supiera que venía Picasso. Ahora me beneficié porque pasa mucha gente por el museo”.
Ombú eligió La Ronda porque en esos años vivía cerca y le gustaba la música que pasaba Felipe Reyes, su dueño. Dibujaba directo en sus cuadernos con tinta, en blanco y negro. Algunos los coloreó después con tintas, ecoline y acuarelas.
La Ronda, ubicado en la calle Ciudadela, casi Rambla Sur, es pequeño y tiene tanta vida afuera como adentro. Sus paredes alguna vez estuvieron recubiertas de discos de vinilo, y hoy siguen luciendo leyendas escritas con tiza.
Adentro hay música que es raro escuchar en otros boliches, a veces rock argentino, a veces Joni Mitchell o Tom Waits o Ryan Adams, y la lista sigue entre clásicos del rock y bandas actuales. Reyes preparó una playlist que fue la banda sonora de la muestra el día de la inauguración.
Es justamente por la música que muchos jóvenes comenzaron a acercarse y también por la impronta que le puso su propietario. En verano la vida está afuera, en una mesa larga de madera y en las redondas de tres patas, y el público se entrevera con el de Santa Catalina, el otro bar popular de la zona. Todo ese ambiente aparece en la muestra que no tiene una historia lineal, más bien cada dibujo es una historia en sí mismo.
Ombú busca entre sobres de su biblioteca, colmada de libros de pintura, fotografía y literatura, y encuentra otros dibujos, los que hacía en el puerto y en el Club de Bochas que está al lado del MNAV. “Dibujo desde hace años al natural. Iba mucho a las canchas de bocha, justo hoy encontré dibujos viejos de esa época. Cuando estaba abierto el puerto había boliches y me dejaban entrar. Son dibujos de ejercicios. Lo de La Ronda no es lo mismo, pero es la continuación de ese ejercicio”.
En los dibujos de la muestra hay algunos oníricos y otros descriptivos. Algunos tienen leyendas mínimas que a veces son letras de canciones y otras fragmentos de conversaciones. En conjunto son una estampa de época. “Me gustaba el tipo de público, gente joven, más joven que yo, entre 25 y 40 años”.
Ombú comenzó muy joven a publicar sus trabajos. Vivió tres años en México, donde trabajó en el diario Uno más uno, que luego se transformó en La Jornada. “En México aprendí sobre la caricatura política que allí tiene mucho desarrollo desde la época de la guerra civil. No iba a clases, aprendí mirando a los caricaturistas políticos como Naranjo o Rius que hacían lo que llamaban ‘cartón político’. Yo hacía cinco caricaturas políticas por semana. Así aprendí y es lo que hago hasta hoy en Brecha”, explica.
Antes de irse a México en los 80, Ombú había ilustrado la tapa de El Dedo y fue el creador de su logo. “Hasta ese momento la única caricatura que había hecho era la de Leo Maslíah y por él conocí a Antonio Dabezies, que había sacado una revista antes de El Dedo. Se iba a llamar A, después B, después C, y así hasta la Z, pero creo que solo llegaron a la B”. Después de esa experiencia, colaboró en la revista Opción, donde creó con el dibujante Dilo el personaje El Manicero. Cuando en dictadura cerraron esa revista, apareció El Dedo.
“Me acuerdo de que era el invierno de 1982. Antonio nos juntó y nunca nos imaginamos que iba a tener tanto éxito. Yo trabajaba desde México. No existía el mail, tenía que enviar el paquete por correo”.
Ombú dice que nadie se enojó nunca por los dibujos que hizo al natural en diferentes boliches. Pero sí tuvo algunos problemas con sus publicaciones en Brecha. Recuerda que una vez Julio María Sanguinetti, en su primera presidencia, se enojó por una de sus caricaturas que salió en tapa sobre “el cangrejo rojo”, que involucró a su hijo. “Se calentó porque decía que había tomado partido en la situación de su hijo, por el asunto del ‘cangrejo rojo’, pero yo dibujé la situación y no decía si era o no culpable. A Sanguinetti lo había dibujado vestido de mujer, de cocodrilo, de carpincho y nunca se había enojado. Pero entiendo que cuando te tocan el hijo es bravo”.
Cuando el atentado a las Torres Gemelas, dibujó a Yaveh, a Dios y a Alá, que se acusaban entre sí. Entonces recibió la queja de un miembro de la comunidad judía que decía que en su dibujo se acusaba a Yaveh. “La gente interpreta cosas insólitas en lo que ve dibujado”, explica ahora.
Este año, una selección de sus obras, hechas entre 1980 y 2019, se publicarán en un libro. Dos de sus estudiantes, Graziella Deambrosis y Mariano Arbelo, ganaron un Fondo Concursable y son los encargados de diseñarlo. En el libro participarán varios autores, entre otros, Antonio Dabezies, Fernando Andacht y Mario Sagradini.
“Soy hijo de una época y el dibujo sobre papel es lo que sé hacer. Pero no me niego a la tecnología. En definitiva, esto (señala un pincel) es tecnología. La computadora es una ayuda del creador gráfico, pero para mí tiene muchos chiches y te podés perder”. Ombú se siente parte de un “entronque” que viene de grandes dibujantes rioplatenses. Él menciona una larga lista en la que aparecen Hermenegildo Sábat, Juan Carlos Nine, Fontanarrosa y los dibujantes de Caras y caretas de la primera época que llegaron de Europa.
Una muestra de ese “entronque” se puede ver hasta el 9 de junio en el MNAV. Allí hay otra tradición que tiene que ver con la noche, las copas y sus protagonistas, incluso alguno malhumorado que dice: “¡Otra vez este pesado! ¡Dibujante de boliche!”.