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    Sombras en todas las direcciones

    Denis Johnson (1949-2017), uno de los grandes escritores ocultos

    Imaginen este panorama: el padre es un alto funcionario del departamento de Estado. Viaja por Alemania, por Japón y por Filipinas, que son sus hogares temporales; luego reside en Wa­shington. El mundo está en plena Guerra Fría. Las llamadas telefónicas a veces son extrañas. Los individuos al otro lado del aparato, militares y diplomáticos, se presentan simpáticos, amables, pero las conversaciones parecen encriptadas. Siempre hay algo no dicho, no explicitado, al margen. Cada tanto, en la tele, se ve un hongo atómico en blanco y negro.

    Ahora pongamos a un niño con desbordada imaginación en semejante ambiente: los telefonazos que preguntan por papá a altas horas de la madrugada, los señores extraños que a veces contactan con papá, los lugares de la biblioteca donde papá dio órdenes estrictas de no acercarse, los cajones bajo llave, los papeles que es mejor ignorar, la pistola automática que se intuye escondida. Y la cultura y los idiomas y las costumbres y la gente, lejos de casa. El niño alucina, descubre el costado lúdico de los espías pero aborrece el trabajo real, sucio, que eso implica. No quiere estudiar ninguna carrera tradicional ni tampoco ser funcionario, ni agente, ni espía: quiere ser poeta, escritor. Ese niño es Denis Johnson y nació en Munich un 1º de julio de 1949, a la salida de la II Guerra Mundial, en el comienzo de la Guerra Fría, una etapa donde se cruzaron amenazas y se liberaron neutrones y demonios radiactivos. Novelista, cuentista, poeta, dramaturgo, periodista y también alcohólico y heroinómano en su juventud, el talentoso Denis Johnson, como un viejo caserón lleno de humedad y fantasmas que vivió una vida percutida, dejó de latir a los 67 años el miércoles 24 debido a un cáncer de hígado, en su casa de Gualala, un idílico pueblo costero de dos mil habitantes, al norte de California. Entre el niño y el hombre que ya no existe, se abre un enorme trayecto que llena la literatura.

    A los 19 años sorprendió como un hiperlúcido poeta con aureola trágica gracias a la publicación del libro The Man Among The Seals. Había sido alumno en la Universidad de Iowa de Raymond Carver y consideraba que la sobriedad no conduce a nada bueno a nivel creativo, aseveración que con el tiempo y luego de tres matrimonios y largos períodos de inac­tividad —en una década amarga solo escribió dos cuentos y un puñado de poemas— cambiaría de forma radical, aunque con una eterna simpatía por los colocones. “Puedes tomar drogas sin escribir”, dijo alguna vez en público, “y puedes escribir sin tomar drogas. En lo personal, pienso que es un milagro que me haya convertido en escritor habiendo consumido todo lo que consumí cuando era joven. Lo que quiero dejar claro aquí es que no debes tomar drogas si piensas en ser escritor… Lo que tampoco significa que tengas que tirar las drogas que tienes ahora en los bolsillos”.

    En los 80 ya estaba sobrio, pero igualmente el mundo se iba a enterar de lo que es el infierno tan temido. En 1983 dio a conocer su primera novela: Ángeles derrotados (Anagrama), una epopeya de perdedores, delincuentes de cuarta y reventados, un universo tan terrible como poético, surcado por imágenes de la América sucia, con moteles de paso, camas deshechas y piletas sucias, corredores descascarados con puertas que anuncian a doctores que extirpan demonios y poseen percepción extrasensorial, o estaciones atiborradas de mendigos y dealers. Así marca el termómetro en Chicago: “A las nueve de la noche la calle Clark configuraba una película: miles de seres extravagantes rondaban por allí sin mirarse, y uno de cada tres tenía algo que vender. Timadores, proxenetas negros totalmente vestidos de negro, y una selva de zapatos de tacón, rojos. Había muchas luces: todo el mundo arrojaba media docena de sombras que se escurrían de sus pies en distintas direcciones”.

    Cómo no va a remover el mundo literario un escritor que es capaz de escribir sobre personajes que de pronto toman conciencia de despertar en ciudades inesperadas con grandes lagunas en su memoria. O de tipos que empuñan su Colt 44 o Magnum, como la de Harry el Sucio pero en peores manos, y disparan bajo un límpido cielo azul, con el sol de oro de los conquistadores sobre sus cabezas, “el oro de la obsesión y de la servidumbre”. O de violentos y paranoicos despechados con el corazón partido por el amor, que sienten que todas las canciones de la radio hablan de su triste experiencia. Esos son los ángeles de Denis Johnson, hombres y mujeres que apenas sobreviven, que se difuminan en una historia que podía empezar en un papelito o en una anotación de bar, sucia de café, y luego convertirse en una maravillosa primera novela.

    Johnson dijo que sus influencias poéticas fueron Dylan Thomas, Walt Whitman y T. S. Eliot, tanto como los solos de guitarra de Eric Clapton y Jimi Hendrix. Tiene sentido.

    Su libro de cuentos Hijo de Jesús (Penguin Random House, como todos los títulos de John­son que se citarán a continuación) reúne once relatos de yonquis rurales y fue llevado al cine por Alison Maclean (Jesus’ Son, 1999), con Bill Crudup, Samantha Morton, Holly Hunter, Michael Shannon y Dennis Hopper, mientras que su novela Árbol de humo, sobre la guerra de Vietnam, obtuvo el National Book Award en 2007, premio que Johnson no pudo recibir porque estaba en Irak trabajando como periodista. Honró el policial gracias a Que nadie se mueva, que destila diálogos chispeantes y mucho humor, y nos volvió a sumergir en el terreno de las sombras y la desesperación con El nombre del mundo, acerca de un profesor viudo.

    Su último trabajo es el thriller Los monstruos que ríen (2014), que podría definirse como un viaje en el tiempo hacia el hogar del niño Denis y aquellos espías que llamaban por teléfono a su casa, esta vez en la piel de un agente secreto escandinavo y un mercenario ugandés. No tiene el filo de sus mejores cosas, pero hay pasajes de antología, como la carrera enloquecida de Uganda hacia el Congo por caminos pedregosos, usando únicamente la bocina del auto como freno y espantando a los ciclistas y a las mujeres que llevan fardos sobre sus cabezas con hormigas blancas, “termitas de un centímetro de largo que se venden como aperitivo en los mercados”.

    Una obra maestra es Sueños de trenes, que relata en 137 páginas la vida de un jornalero del Oeste norteamericano, que se ramifica en muchas otras vidas de trenes, lobos y coyotes, y en muchos otros personajes, con la eficacia de los fuegos artificiales: se presentan con intensidad de luz, suben al cielo y estallan, en cinco o diez líneas.

    Tres consejos de Johnson:

    —Escribe al desnudo. Esto significa escribir lo que nunca dirías.

    —Escribe con sangre. Como si la tinta fuese demasiado preciosa para malgastarla.

    —Escribe desde el exilio. Como si ya nunca fueses a volver a casa y tuvieses que recordar cada detalle.

    Era un defensor de educar a los hijos en el propio hogar, en su caso, en una verde y apacible granja con vista al océano Pacífico. No confiaba en el mundo. Y nos deja nueve novelas, cinco libros de poesía, tres de teatro, dos guiones y un libro de ensayos periodísticos sobre la identidad norteamericana, desde Texas hasta Alaska. En todo caso, un escritor oculto, de los que salen de un rincón, te asaltan, apuntan a tu frente e impactan.