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Las instituciones internacionales que han estudiado el crecimiento económico de cada país en el último siglo y medio muestran series estadísticas notablemente pedagógicas. El crecimiento de Uruguay siguió en paralelo e íntimamente pegado al de Europa occidental hasta fines de los años ‘40. A partir de ahí, Europa despegó y Uruguay se estancó. Las diferencias fueron aumentando sin cesar, incluso luego de que Uruguay despertase de su largo sueño de bella durmiente a inicios del tercer milenio gracias al beso que le diera el príncipe de los precios internacionales de las materias primas, esas que Uruguay ha producido desde antes aún de ser entidad política.
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Estos y otros análisis me han convencido de que el tercer Uruguay comenzó a tomar cuerpo hace más de 60 años, si bien su infancia fue opacada por la muy edulcorante sensación de bienestar que el estómago lleno y la billetera opulenta del segundo Uruguay tuvo en la población.
No es raro en los humanos que un cáncer que ha invadido todo el cuerpo recién sea descubierto en su fase final, cuando ya no hay tratamiento que pueda combatirlo. Lo mismo sucede con los países: así murió, por ejemplo, la supuestamente todopoderosa Unión Soviética.
Pero no nos adelantemos.
Existe consenso entre los estudiosos en cuanto a que en ningún momento de la historia uruguaya ha habido números tan brillantes para colgar en el arbolito navideño de sus estadísticas macroeconómicas como los que se han registrado en los últimos años. Esto no se debe a la alta capacidad de los actuales gobernantes, a un radical cambio de estructuras generales, a un revolucionario procesos de innovaciones o a un supuesto nuevo rumbo nacional. Esto se debe, sencillamente, a la descomunal demanda de materias primas por parte del nuevo motor de la economía mundial (China) y sus colegas menores. Uruguay sigue exportando la misma carne hernandárica, sólo que ahora cobra mucho más por ella. Las grandes novedades que ofrece son la soja transgénica que trajeron los argentinos y la pasta de eucaliptus que promueven los europeos.
Pero no obstante esta prolongada bonanza macroeconómica, la fractura social y la implosión del sistema educacional han avanzado impertérritas. Y avanzan impertérritas a pesar de las millonarias descargas que el gobierno hace en forma de ayudas sociales, planes, inversiones, programas solidarios y demás artilugios propios de gente que es profesional en el triste oficio de vender humo.
Analizando estas cosas, en mi libro El tercer Uruguay escribí: “Vaya la economía muy bien o vaya la economía muy mal, haya plata o no haya plata, se exporte o no se exporte, quede superávit o no quede superávit: cada día hay más uruguayos desintegrados, habitantes de un país que poco tiene que ver con el resto de la población. De la misma manera, cada vez que estudiantes uruguayos participan en un test internacional de conocimientos el país termina más abajo (y ya no quedan muchos puestos más para descender). En este, como en otros campos fundamentales, estamos peor que ayer, mucho peor que anteayer, muchísimo peor que trasanteayer, pero mejor que mañana…”.
No se trata pues de un problema económico o financiero. No se trata, a pesar de que los economistas lo sostengan tozudamente, de niveles de PBI y de promedios anuales de entradas per cápita. Una entrada per cápita abultada no es sinónimo de progreso: baste ver lo que sucede en países como Arabia Saudita o Qatar para comprender que el progreso de una sociedad no pasa por ahí.
Se trata, por el contrario, de un problema netamente cultural. Por eso, independientemente de la cantidad de dinero asignado al ámbito educacional, el analfabetismo en Uruguay sigue ganando adeptos. Nunca se invirtió tanto en educación y nunca estuvo la educación peor que ahora desde los días de Varela. Exactamente lo mismo se puede decir en el campo de la marginación social: cuanto más grande es la suma de dinero invertido en planes sociales, mayor es la cantidad de marginados.
No existe en la historia de la humanidad el campesino que haya sembrado trigo y cosechado tomates. Se cosecha lo que se siembra. Por eso, quien siembra odio social cosecha resentimiento. Quien siembra la cultura de la pobreza, sólo puede cosechar miseria. Es imposible alabar los valores inherentes a la pobreza, cantarle himnos al pobre por ser pobre y luego esperar crecimiento económico.
Es necesario tener en cuenta estas cosas básicas, elementales (pero no por ello fácilmente aceptables para la mayoría), para poder comprender la naturaleza de los procesos nacionales en sus diferentes niveles, los motivos de esa naturaleza y las perspectivas de futuro: no las perspectivas de un futuro idealizado, pensado a medida del consumidor de sueños, sino que las perspectivas de un futuro realista, fuertemente anclado en lo que ha sido y en lo que es la historia de la República Oriental del Uruguay.
Dice el dicho que soñar no cuesta nada. A veces, como en este caso concreto, soñar está costando muchísimo.