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    jueves 13 de junio de 2024

    Spinetta, Messi y los unicornios: ejemplos de un país posible

    Nº 2239 - 24 al 30 de Agosto de 2023

    En el año 2004 se difunde la película Yo, robot, basada en un relato de Isaac Asimov, dirigida por Alex Proyas e interpretada por Will Smith. Se trata de un detective que odia los robots e investiga el supuesto suicidio de su mentor, un científico creador de robots y especialista en inteligencia artificial, interpretado por James Cromwell, quien previendo que sería asesinado deja una serie de pistas, al estilo Hansel y Gretel. Lo hace a través de su propio holograma, que como bien supone solo Will Smith podrá descifrar, siempre y cuando formule las preguntas correctas, como le marca el holograma cada vez que realiza una que no lo es. “Hay que hacer las preguntas correctas”, repite una y otra vez…

    El triunfo de Javier Milei en las PASO hace poco más de una semana refleja con bastante precisión el dilema del holograma. Lejos de ser un cisne negro, la irrupción de Milei es casi una obviedad, tan obvia que la pregunta correcta debería ser: ¿cómo tardó tanto en llegar en una sociedad donde su clase dirigente hace décadas que decidió que era conveniente no formular las preguntas correctas? Y no las hace porque las respuestas a esas preguntas necesariamente serían muy incómodas e implicarían acciones que atentarían contra el statu quo (privilegios, poder, derechos especiales). De alguna manera me recuerda a uno de los primeros diálogos de esa maravilla de la literatura oriental medieval popular que es Las mil y una noches, donde uno de los interlocutores le dice con tono firme y sereno al otro: “No hables de lo que no te interesa o de lo contrario escucharás cosas que no te gusten”. Pareciera ser que la clase dirigente argentina tomó literalmente este consejo, por supuesto, sin leer el libro y sin comprender que lo que había que hacer era preguntar lo que no se quería escuchar. Pedir a nuestros políticos, periodistas, sindicalistas, empresarios y académicos que se tomasen el tiempo de leer Las mil y una noches es demasiado. Estoy generalizando, por supuesto, porque en cada uno de los sectores que mencioné hay personas con enorme cultura, curiosidad, capacidad de crítica y autocrítica, pero eso forma parte del cada uno y no del todos, como solía comenzar varias de sus charlas Jorge Luis Borges.

    Dos mensajes contundentes nos dejan las PASO:

    1. La ciudadanía se hartó de una manera de ser que tiene la dirigencia argentina (algo que vemos se está dando en todo el mundo, ya que por más que nos pese no somos originales en esto).

    2. La ciudadanía considera que Milei no es responsable de lo que llevó al desastre ético que terminó rompiendo los tejidos sociales de nuestro país.

    Yo no concuerdo con las soluciones que propone, de las que disto por completo en su enorme mayoría. Tampoco concuerdo con la totalidad de su diagnóstico. Pero sus ideas no son el eje de este artículo de opinión.

    Hace muchos años un periodista le preguntó a Giulio Andreotti, uno de los políticos más importantes del mundo en la posguerra, varias veces primer ministro de Italia, si el poder hacía mal. Andreotti respondió, acorde al legado de pragmatismo político que inició Niccolò Macchiavelli, que por supuesto que hace mal. Pero al que no lo tiene… Y hoy la clase dirigente argentina sigue teniendo poder, pero ha dejado de tener legitimidad.

    Silvio Berlusconi tampoco fue un cisne negro. Fellini en Ginger y Fred, Roberto Benigni en sus shows y sobre todo esa obra maestra del cine que fue Aprile de Nanni Moretti anticiparon lo que sería no un simple cambio de gobierno, algo que para los italianos es tan normal como tomar un ristretto o un cappuccino, sino un cambio de coordenadas de la cultura. ¿Pero qué fue lo que permitió el ascenso de Berlusconi y la destrucción de los dos partidos políticos más importantes de la historia italiana (y por consiguiente del mundo), la Democracia Cristiana y los partidos Socialista y Comunista (recordemos que el comunismo italiano jamás se alineó con la URSS y que además fue el único Partido Comunista de Europa que estuvo a punto de ganar una elección en 1976)? La corrupción, el proceso que conocemos como Mani Pulite, que desenmascaró la connivencia entre la política, las finanzas y las empresas (una vez más, no todas, pero muchas), y por supuesto las malas preguntas que el periodismo y la intelectualidad se formulaban, como si la corrupción fuese potestad o pecado de un solo bando. Luego del Waterloo de la izquierda italiana en 1994 y la llegada de Berlusconi como primer ministro, se realizó una convención de todos los partidos que conformaban la centro izquierda, con esa estética opulenta a las que nos tienen acostumbrados los italianos, para tratar el problema Berlusconi. Sobre el final, Nanni Moretti pidió la palabra, ante el aplauso y la aprobación de los miles de presentes, conociendo la lucha acérrima que había librado contra Silvio para evitar que fuese electo primer ministro. Tembloroso, por miedo y por nervios, dijo: “¿Saben por qué perdimos? Por culpa de todos estos inútiles que están acá”, señalando a toda la dirigencia que estaba en el estrado (se tuvo que ir custodiado y tratado como traidor, que es lo que sucede muchas veces cuando se dice la verdad).

    Y entonces, ¿cómo seguir? Llueven explicaciones del día después. Pero la realidad es que no hay mucho para hacer. Cada candidato dirá y hará lo que considere conveniente, ganará el que más votos tenga y gobernará haciendo acuerdos en el Congreso. Convivirá con el Poder Judicial y con las protestas en las calles, de autoconvocados, sindicatos, movimientos sociales, y por supuesto deberá soportar las distintas formas de presión y lobby tanto de las bases políticas como del poder financiero, gremial y empresarial. Y en dos años se vota de nuevo.

    Pero también llegó el momento de que los de a pie, es decir, los ciudadanos comunes y corrientes, nos hagamos cargo de nuestra parte, y el primer paso es no dar, por comodidad, un lugar central en nuestra vida cotidiana a quienes nos van a gobernar. Ya tuvimos claras muestras de lo que son capaces. Finalmente, en los últimos años votamos a candidatos que directa o indirectamente estuvieron involucrados con los bolsos de López, los Panama Papers, los cuadernos, el accidente de Once, las diferentes rutas del dinero… (si bien Milei no nos gobernó, apoya y respeta a varios que sí lo hicieron, de manera que también este pasado forma parte de su espacio).

    Pero seguimos teniendo una democracia sólida, con defectos pero sólida, donde los que pierden aceptan la derrota, a veces sin buenos modales, pero democráticamente. Por eso es que seguimos siendo una sociedad que puede existir y reciclarse con resiliencia y clase, como cualquier turista pudo constatar al visitar por ejemplo la Ciudad de Buenos Aires y ver de qué manera los locales gastronómicos, los que atravesaron la pandemia, pudieron rearmarse, repensarse y recrearse con una categoría y una clase admirables. Y lo hicieron de espalda a los políticos, que no es darle la espalda al Estado, simplemente creyendo y apostando por la creatividad y la belleza a pesar de los políticos. Paul Dirac, uno de los físicos más importantes y geniales de todos los tiempos, decía que era más importante que una ecuación matemática sea bella a que sea comprobable, ya que si era bella seguramente en un futuro demostraría ser correcta. El Flaco Spinetta, el músico más importante de Buenos Aires, insistía en que había que crear obras bellas, utilizando nuestro propio lenguaje, el castellano, que es uno de los más ricos del mundo, y no menospreciar al oyente, generarle inquietudes, y no ofreciéndole obviedades. Y por qué no hablar del físico teórico más influyente del mundo en estos momentos, Juan Martín Maldacena, o del matemático Luis Caffarelli, que este año fue galardonado con el Premio Abel (equivalente al Nobel en matemáticas). Por qué no mencionar a Bizarrap, Duki, Thiago PZK, Nicki Nicole, que hoy son los principales referentes de la música urbana mundial, o a Fito Páez. Por qué no hablar de los unicornios argentinos, que han traspasado los límites de Latinoamérica para transformarse en jugadores globales. Recuerdo una charla con uno de los dueños de Globant, la primera y única que quizá tuve. Cuando le pregunté dónde habían estudiado, me respondió: “Los cuatro socios y el director general (disculpen sin son cinco los socios y el cargo no es el de director general), salvo uno que hizo un máster en el extranjero, todos estudiamos en la Argentina (Balseiro, La Plata, Tandil y creo que la UBA)”. Durante el mundial se veía a otro de ellos siguiendo paso a paso a la selección con la camiseta argentina, con la sonrisa de un niño argentino, como el acento rosarino que jamás perdió Messi. Globant es argentinidad al palo, como decimos en mi país (en lo bueno, en lo sobresaliente y en lo que no comparto). A lo que voy es que el proceso de recuperación es largo pero posible. Tenemos que generar una mejor sociedad para que dentro de ocho años tengamos mejores propuestas políticas. Los gastronómicos, los científicos, los músicos, los empresarios (no solo los unicornios) y los deportistas argentinos son quienes nos están hablando con hechos concretos. No podemos ni debemos esperar ni confiar en las soluciones mágicas (recuerden que hubo presidentes que dijeron que combatir la inflación era fácil, y es lo que hoy repiten todos los candidatos) que nos vengan de mesías autoproclamados. Pero sí podemos quitar la centralidad que tienen en nuestras vidas los políticos y reubicar a todo ese entorno oscuro y mediocre del poder en el lugar que les corresponde. Es quizás por el absurdo que debemos recrear nuestra sociedad, es decir, creando belleza de manera colectiva o individual, sin alejarnos un milímetro de las reglas básicas de convivencia, quitándole centralidad a quienes nos quisieron hacer creer, con nuestra complicidad, que eran importantes, para que la política (con mayúsculas) vuelva a ser importante y no los ocasionales profesionales de la política (muy con letras minúsculas). Vayamos por el absurdo de la creatividad y la belleza, quizás por ahí veamos una Argentina mejor. Debemos recuperar nuestra autoestima como pueblo, para que nuestros dirigentes sean distintos. Richard Feynman, premio Nobel de Física, decía que la mecánica cuántica describe la naturaleza desde un punto de vista absurdo para el sentido común. Sin embrago, concuerda absolutamente con los experimentos. Espero que acepten a la naturaleza como lo que es, absurda. Tenemos que hacernos las preguntas correctas, aunque hoy nos resulten absurdas.