N° 1804 - 19 al 25 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos en 1949. Stalin cumple 70 años. Para festejarlo, las autoridades checas deciden que nueve de los catorce millones de habitantes lo hagan por escrito: “¡Feliz cumpleaños, camarada! ¡Y larga vida al Partido!”. Como el regalo no es suficiente, las mismas autoridades deciden levantar un monumento, el más grande de todos, en su honor. Se llama a concurso. Nadie se quiere presentar. Los proyectos son todos deliberadamente horrorosos, con la finalidad de no ser elegidos. Pero por desgracia, uno siempre sale. Es un monumento a Stalin de 30 metros, en granito. El líder delante, y detrás y más pequeños, un obrero, un campesino, una guerrillera, un soldado, las figuras accesorias de la revolución. Se emplean modelos para dar forma al líder. El modelo de Stalin, a quien en Praga todos conocen como “Stalin”, muere debido al exceso de bebida y desesperación. Pasan los años y mueren más participantes del proyecto, que son sistemáticamente sustituidos.
Finalmente, el espantoso emplasto se coloca en la colina del parque Letná, cerca del castillo, el 1º de mayo de 1955, dos años después de la muerte de Stalin. Es un monumento tan grande que se ve desde la Plaza Vieja de Praga. La bella Praga, ahora con esa cosa ahí. El escultor responsable teme ir a la inauguración. Toma un taxi. El taxista le pregunta por el destino. “El monumento a Stalin”, dice el escultor. El taxista ríe y dice que desde determinada perspectiva parece como si la guerrillera le estuviera metiendo la mano en la bragueta al soldado. El escultor infarta.
Por ese entonces, en la Unión Soviética ya se hablaba de los crímenes cometidos por el dictador. La noticia llega a Checoslovaquia de modo oficial, y cuando es oficial, es oficial. En las inmediaciones del monumento, y en algunos casos debajo de él, las prostitutas tienen sus encuentros furtivos con los clientes. La orden es derribar la estatua “pero con respeto”, sin bajarlo a martillazos, sin colocarle cargas explosivas en la cabeza. Que la estatua de treinta metros de granito desaparezca de modo inadvertido. Ahora son los ingenieros los que infartan con la empresa.
—Fue lo peor de mi vida, esa explosión...— dijo el pirotécnico encargado de borrar a Stalin con dignidad. Desde entonces, sus nervios han quedado destrozados. Echa cabezaditas de cinco minutos, no más.
Esta pequeña gran historia es una de las tantas en el maravilloso libro de ensayos Gottland (Acantilado, 2011), del polaco Mariusz Szczygiel, literatura que ahora nos presenta en todo su esplendor lo que antaño fue la Checoslovaquia del bloque socialista.