En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En 1893, Paul Groussac escribió sobre Argentina: “La historia sancionará esa hegemonía sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado, ¡oh nación argentina, nave del porvenir!”. Dos décadas antes, Carlos Pellegrini había sentenciado que el liderazgo argentino era “un hecho forzoso y fatal”. O sea, inevitable. En Buenos Aires nadie dudaba de que Argentina tomaría la dirección del continente por sobre Estados Unidos. Sin embargo, en la medida que ese pronóstico no se cumplía y se postergaba año tras año, el sentimiento de superioridad se iba transformando en resentimiento y el resentimiento en alimento del antiestadounidismo.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Mientras tanto, surgían nuevos paladines de la causa hispanoamericana. Uno de ellos fue Manuel Ugarte, escritor argentino de renombre, político y responsable de una larga serie de enojados textos contra el panamericanismo de Washington y en pro de la patria latinoamericana.
Todo nos une a Europa —sostenía Ugarte—, desde la cultura hasta los emigrantes; pero con Estados Unidos no nos une otro vínculo más que el espanto y el temor. En su carta abierta al presidente de los Estados Unidos, de 1913, Ugarte condenó la intervención financiera norteamericana en la región y exageró la solidaridad existente entre los países latinoamericanos. En otra obra (“El porvenir de América Latina”) desarrolló ideas ya defendidas por Groussac y Ruben Darío, como por ejemplo revalorar la grandeza y la gran herencia de España y recordar que los anglosajones representaban “la raza enemiga”.
La gloria de que hoy goza Ugarte en el mundo del revisionismo histórico latinoamericano se debe a dos ideas centrales: mantener a América Latina separada de Estados Unidos y crear una gran patria latinoamericana (bajo el liderazgo argentino, según dejaba entender). “Tengamos fe en el porvenir”, insistía, “América Latina puede aspirar a los triunfos más altos y más duraderos. Todo contribuye a hacer de ella una de las cimas del mundo”.
Por senderos similares deambuló otro conocido intelectual ítalo-argentino: José Ingenieros, sociólogo y autor del célebre “El hombre mediocre”. En 1922, Ingenieros redactó “Por la Unión Latinoamericana”. Allí sostuvo que Argentina era la única nación calificada para ejercer el liderazgo en América del Sur.
El lector atento ya ha comprendido el proceso de revaloración de las propias capacidades y del poderío norteamericano: en los años 20, el liderazgo argentino ya no sería mundial, y ni siquiera continental, pero sí latinoamericano. Tan tarde como en 1971, el argentino Arturo Jauretche escribió: “Sólo Argentina puede vertebrar Hispanoamérica”… ¡Evidentemente, hay veleidades a prueba de pruebas!
Las banderas se replegaban, pues, pero este repliegue, obligado por la contundencia de los hechos, no pasaba de la esfera mental de ciertos intelectuales iluminados: el grueso de la opinión pública nacional seguía creyendo que Argentina estaba condenada al éxito. Ese era justamente el eslogan que repetía el ex presidente argentino Eduardo Duhalde hasta hace menos de diez años.
Los norteamericanos opinaban otras cosas. Según el relato de viaje de un escritor estadounidense, publicado en la North American Review, “cuando uno va hacia América Latina piensa que la estrella de la libertad, como la de Belén, es la que nos guía y que allí encontraremos a los hombres animados de nobles resoluciones, luchando por ellas como lo hacemos nosotros. Esta suposición parece cierta al leer las profusas declaraciones en favor de la libertad, la igualdad y la justicia; pero pronto conoce el viajero que todo eso solo sirve para vociferar desde lo alto de esas comunidades, en donde la anarquía y el despotismo reinan como soberanos. Todas esas visiones de Constitución con sagradas garantías de la libertad personal, todas esas leyes cuajadas de rotundos períodos sobre la igualdad se disipan en breve, y el observador encuentra, en vez de ellas, los decretos de los dictadores y de los déspotas militares. A la verdad, los tales decretos están llenos de animosas protestas de imperecedero patriotismo de referencias a la sagrada voluntad del pueblo y de llamamientos a la Divinidad, en testimonio de la pureza de intenciones y de la inmaculada nobleza de carácter de sus promulgadores. Pero nada de esto engaña al observador inteligente, quien al poco tiempo de hallarse en el suelo latinoamericano, descubre que se halla fuera de los límites de la civilización”.
Y como si fuese poco, pegándole en la boina al caído, el autor agregó: “Al norteamericano le basta para ser feliz con tener excelentes ferrocarriles, buenos caminos, hoteles espléndidos y una vida sonriente de comodidades corporales. El hispanoamericano de ciertas regiones necesita (…) el derecho de alcanzarlo sin moverse de su hamaca. El primero, arrebatado por la actividad y el goce de una existencia vigorosa y fecunda, es un incomparable juglar de cifras y un gobernante ejemplar. El segundo, esclavo del ensueño, víctima de los abandonos, tiene todas las condiciones esenciales para ser escritor o músico y carece de los resortes indispensables para dirigirse. Si el yanqui busca el camino más rápido para llegar a un fin, el latino elige el más hermoso. De aquí que resulte un diletante mal adaptado a la época en que nació, de aquí que cultive celosamente el patriotismo de sus vicios, que son, por otra parte, los del Olimpo griego: la Pereza, el Amor, la Vid y la Discordia, y de aquí que sea violento en política como en todo”.
Conclusión del autor: “Las persistentes revoluciones han difundido la convicción de que las repúblicas sudamericanas son entidades sujetas al capricho de tiranuelos absurdos”. Eso ya lo había anticipado Bolívar, cuando su dictadura personal no funcionó.