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Ya despegó los dos pies del suelo y acomodó su cuerpo perpendicular a la línea del arco. Tensa todos los músculos del cuello al cabecear el centro que viene desde su izquierda. El golero estira el brazo como saludando a la pelota, que todavía está en el aire cuando una sonrisa se empieza a dibujar en el rostro del número nueve de la selección uruguaya. En la tribuna el hincha, que cuatro días después del partido seguirá tosiendo restos de afonía, abre los ojos y la boca con incredulidad al ver consumarse una épica que, de tan obvia, parecía improbable.
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Un mes después de quedar en silla de ruedas por una lesión de meniscos y tras una sorpresiva derrota ante Costa Rica, el “pistolero” Luis Suárez vuelve en la Copa del Mundo de Brasil el día que se conmemora el nacimiento de José Artigas y se carga a Inglaterra, el país donde fue héroe y villano, criticado por un insulto racista, suspendido por una mordida a un rival, consagrado goleador y figura.
Olfateando el drama, miles de uruguayos se desplegaron por Brasil con el convencimiento de que existe alguna posibilidad de que Uruguay, de la mano del mejor goleador del mundo, pueda volver a golpear en Maracaná y gane un Mundial especialmente entretenido, con golazos decisivos de Messi y Neymar, eliminaciones resonantes de España, Inglaterra e Italia y aplastantes goleadas de Holanda, Alemania y Francia.
Se respira ansiedad mundialista el miércoles 18 en el aeropuerto de Porto Alegre. El centro de canje de entradas abre en teoría recién a las nueve, pero una hora y media antes los empleados ya empiezan a repartir. Van y vienen las camisetas de varias selecciones. Holandeses y australianos llegan libres de equipaje para ver el partido que los enfrentará a la una en el estadio Beira Rio. El vuelo de las 10.40 al aeropuerto de Guarulhos está copado por hinchas uruguayos que emprenden la cruzada al grito guerrero de “soy celeste”.
San Pablo es cielo gris sobre calles saturadas túneles, puentes, y edificios opacos enredados en los árboles. Pese a las cientos de banderas en casas, comercios y autos, los brasileños también están preocupados por otras cosas. “La política y el dinero”, resume un empresario paulista que conduce en medio de un embotellamiento mientras la radio cuenta cómo Chile le mete dos goles a España y la elimina. Es el comentario de varios brasileños: “No quiero que gane Brasil porque taparía los problemas políticos”. Los indigna el despilfarro de recursos en estadios que apenas se usarán. Les preocupa el turismo sexual: voluntarios de la organización abordan a los hinchas en estadios y eventos para pedirles que colaboren con las autoridades si ven algo sospechoso.
Frente al bar Boteco São Bento, en la esquina de las calles Aspicuelta y Mourato en Vila Madalena, hinchas de varias selecciones beben y cantan el miércoles 18 de noche. Resuenan las voces de las tropas uruguayas: “¡Volveremos a ser campeones como la primera vez!”. Se pasean mexicanos, chilenos, holandeses, brasileños, vendedores ambulantes de bebidas, integrantes de la barra brava de Peñarol. Los ingleses cuelgan una bandera y corean la versión futbolera de su canción clásica de la Segunda Guerra Mundial: “There were ten German bombers in the air... And the RAF from England shot one down”. Algunos muestran las nalgas, otros se refieren a Suárez con gestos onanistas. El duelo se tensa sin llegar a la violencia.
El jueves 19 es el día. Alrededor del estadio los aficionados deambulan entre puestos de Coca-Cola y cerveza. Suena música a todo volumen. Escaleras y pasillos como los de un centro comercial conducen a las tribunas, donde el panorama es el de un concurso de disfraces. Hay dos tipos vestidos de guardias de Buckingham que resultan ser brasileños; hay una pareja de ingleses con trajes medievales salidos de una película de Monty Python. No falta algún “fantasma del 50”, aunque el hincha uruguayo no está ahí para aparecer en la pantalla gigante sino para acudir a la guerra. Tensa los músculos, se muerde los labios, aprieta los puños. “Mientras los estadounidenses festejan, los australianos beben, los japoneses sonríen y los ghaneses bailan, los uruguayos solo se preocupan por una cosa: el partido”, escribió el periodista Ryan Rosenblatt para el sitio SB Nation.
En el campo de batalla hay tiros que se estrellan en los palos o pasan raspando, hay barridas en el suelo, rodillazos en la cabeza. Suárez apremia a los defensas, protesta fallos arbitrales, arroja una segunda pelota al medio del campo. El goleador que entró a la historia por una atajada ilegal se comporta como un niño con mala conducta pero cuando recibe un pelotazo largo con el partido empatado libera a su genio: entra al área y fusila al golero. El héroe corre con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos. El hincha explota en un grito deforme y abraza al cuerpo más cercano.
Cinco días después la selección vuelve a jugarse la clasificación, esta vez contra Italia. Cerca del final del partido, un minuto antes del gol de Diego Godín que daría el triunfo a los celestes, Suárez acerca su cabeza a la del defensor Giorgio Chiellini y ambos caen. Las imágenes sugieren que le clavó los dientes en el hombro al jugador italiano. La FIFA abre una investigación contra el jugador y la opinión pública internacional reclama su suspensión. Para los uruguayos el triunfo nunca puede estar muy alejado de la derrota. Amenazados por la caída del caudillo, vuelven a agazaparse en la trinchera ante otro giro dramático provocado por un genio demente hecho a la medida de su hinchada.