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No es fácil ponerle precio a una biblioteca. Hay que estudiar no solo su contenido, sino el trabajo que sobre ese contenido hizo, o no, su dueño. “Hay un valor distinto si la biblioteca es de autor o si es de un coleccionista. Las bibliotecas de autor tienen en general un valor agregado porque contienen libros autografiados por escritores, tienen anotaciones, frases marcadas. Ni que hablar si el archivo tiene cartas o manuscritos originales. La biblioteca de autor está personalizada y por eso es única. La de un coleccionista se puede reproducir”, explicó a Búsqueda Álvaro Risso, presidente de la Cámara Uruguaya del Libro y uno de los dueños de la librería Linardi y Risso.
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Risso, que ha comprado varias bibliotecas, dice que las más “apetitosas” son las de autor. “Son como un óleo frente a un grabado de 300 copias. Pero siempre hay que ver y revisar porque también importa qué tipo de libros tiene, qué ediciones, si son libros raros, por ejemplo”.
Según su experiencia, una biblioteca de autor de renombre, si está acompañada de un trabajo personal, puede pagarse entre 30.000 y 40.000 dólares.
En los últimos años lo más solicitado está vinculado con los archivos personales. “Eso quedó claro con la venta del archivo de García Márquez a la Universidad de Texas. También están los papeles de Vargas Llosa, que yo vi en la Universidad de Princeton, son fabulosos, hay como tres versiones diferentes de La tía Julia y el escribidor. Esas cosas tienen el precio que quieras ponerles. Son irrepetibles”.
Hace años que el Estado no compra bibliotecas privadas. Las últimas grandes que pasaron al Estado fueron donaciones, entre ellas, la de los escritores José Pedro Díaz y Amanda Berenguer.