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    Teoría de la tercera libertad

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2272 - 18 al 24 de Abril de 2024

    La prueba de que Bernard de Clairvaux fue figura capital en su tiempo y desde allí extendió su benévola influencia a toda la sociedad medieval y al desarrollo del pensamiento crítico de base teológica se encuentra en su tratado De consideratione. Más como indiscutida y tal vez máxima autoridad que como humilde feligrés que debe inclinarse al primado papal, se muestra aquí exigente, colaborativo, implacable en lo que entiende son los deberes del sumo pontífice.

    En este escrito habla sin reservas ni concesiones respecto de todo lo que incumbe al papa, desde su relación con la Iglesia hasta los asuntos del patrimonio y la curia, busca acercar la vida del sumo sacerdote y su corte a la severidad monástica, exigiendo del propio papa las cualidades excepcionales que justifican su posición en la Iglesia como “obispo de obispos”, “Pedro por poder y Cristo por unción”. Al contrario de lo postulado por la circunspección de su contendor Arnoldo de Brescia, el bueno de Bernard no niega al papa la “espada secular”: ambas espadas (la secular y la espiritual), cree, están en sus manos y debe ejercerlas según la discreción de su justicia. Pero advierte: el papa debe actuar no con la espada, sino de modo neto y contundente, sin dejar dudas ni obviar ningún tema que afecte al rebaño, con la palabra. “Tu espada es también la espada del mundo que debe ser desenvainada por tu orden, aunque nunca por tu mano. Ambas espadas, la que tienes en tu mano y la del imperio, pertenecen a la Iglesia”. Ejercer ese deber que es una libertad exige el máximo de entrega a la bondad de Dios, dice.

    Todo esto lo vincula en un sentido lógico con su idea de los deberes y con la cuestión de la libertad, donde la inteligencia, la razón y la naturaleza entran en litigio y deben unificarse en el vértice que es la voluntad de Dios o, mejor dicho, en sus palabras, su misericordia. En su detenido examen sobre el libre albedrío subraya que la libertad se presenta bajo tres formas: libertad del pecado, libertad del sufrimiento, libertad de la necesidad. Esta última, dice, nos es dada por la naturaleza, en la primera somos restaurados por la gracia, en la segunda nos es preservado en nuestra patria (reservatur in patria). Le llama a la primera libertad por naturaleza, a la segunda, libertad de gracia, a la tercera, libertad de vida o gloria: “Porque, en primer lugar, nosotros, la noble creación de Dios, nos basamos en el libre albedrío o libertad voluntaria; en segundo lugar, somos restaurados a la inocencia como una nueva creación en Cristo; en tercer lugar, somos exaltados en gloria como criatura perfecta en espíritu”.

    Explica, en tono menos dogmático y más conjetural y reflexivo, que la primera libertad de las mencionadas tiene mucho de honor, la segunda, aún más de virtud, la última es el pináculo de la felicidad: “Teniendo la primera, estamos por encima de todos los seres animados; teniendo la segunda, conquistamos la carne; disponiendo de la tercera, pisoteamos la muerte. O así como, con la ayuda del primero, Dios hace descender a nuestros pies todo ser viviente y ganado, así con la ayuda del segundo pone a nuestros pies a las criaturas espirituales de este mundo, de las cuales se dice: ‘No entregues el alma de tu tórtola a las fieras’ (Salmo. LXXIII, 19). En cuanto al último tipo de libertad, pretende subyugarnos a nosotros mismos mediante la victoria sobre el pecado y la muerte, es decir, cuando la última muerte sea vencida y pasemos a la libertad de la gloria de los hijos de Dios; con tal libertad Cristo nos liberará y junto con nosotros transferirá el reino a Dios y Padre”.

    Su conclusión en este punto es que la libre elección significa la necesidad de un libertador que liberare no de la necesidad, que la voluntad como tal no conocía en tiempos del Edén, sino del pecado en el que cayó tan libre como voluntariamente, “y también del castigo por el pecado que imprudentemente provocó y cargó contra él con su voluntad”. Tal es la función que observa en Cristo, tal es la síntesis que realiza entre redención y libertad. Luego de 10 siglos de presentada esta tesis, en medio del choque de civilizaciones al que penosamente asistimos, parece recuperar mayor potencia y hondo sentido.

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