N° 1797 - 31 de Diciembre de 2014 al 06 de Enero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Atraso” y “riqueza” no son dos conceptos incompatibles. De hecho, hay muchos países atrasados que son muy ricos: Venezuela, Nigeria, Angola, Irak o Arabia Saudita. Basan su riqueza en recursos naturales, no en recursos mentales. El petróleo, los diamantes o el oro les permiten ocultar sus ineficiencias, sus frágiles instituciones civiles y su paupérrima modernidad en derechos ciudadanos, transparencia o libertades individuales.
La reciente caída del precio del petróleo dejó en evidencia estas grietas que provocaron graves heridas a Rusia, Venezuela o Irak, que serán difícil de curar, ya que “lo que Natura non da, Salamanca non presta”. Mientras tanto, el coloso Estados Unidos (aun con lo poco que le queda de genuino capitalismo) resurge desde las cenizas como el Ave Fénix: descubren una manera eficiente de obtener petróleo de los esquistos bituminosos (shale oil) y desde Silicon Valley, Tesla Motors perfecciona el auto eléctrico.
Es que con un petróleo a veinte dólares el barril y suministro en abundancia, no vale la pena invertir ni tiempo ni dinero en buscar formas alternativas de energía, pero con un valor de más de cien dólares por barril de crudo, las neuronas se activan, los inversores aparecen y los proyectos se concretan. El capitalismo entra en acción.
Es lo que ha hecho Tesla Motors, una empresa creada en 2003 en Silicon Valley, cuya finalidad es ofrecerle al mundo un auto de alta gama que funciona con energía eléctrica e iguales o mejores prestaciones que un auto a gasolina.
Esta compañía debe su nombre al magnífico ingeniero eléctrico Nikolai Tesla, inventor de la corriente alterna (AC), la radio y decenas de innovaciones que revolucionaron el mundo industrial. El Tesla de ayer y la Tesla de hoy comparten un entorno común: un sistema capitalista que fomenta la innovación, el deseo de superación y el hacerse rico en base a sus propios esfuerzos.
Por eso este motor de Tesla nos recuerda el motor de John Galt en la novela “La Rebelión de Atlas” de Ayn Rand, quien ya en 1957 también mencionaba que Ellis Wyatt (otro de sus personajes) había logrado extraer petróleo de esquistos, pero ni Galt, ni Wyatt estaban dispuestos a que los “saqueadores” vivieran a costillas de sus invenciones.
La Tesla Motors de hoy tampoco. Las corporaciones de vendedores de autos y distribuidores de Detroit le prohíben a Tesla que sea exitoso: no le dejan vender más que un reducido número de autos directo de fábrica y le “obligan” a pasar por los distribuidores aun cuando los consumidores no ven ningún valor agregado en ello. Una suerte de peaje mafioso impuesto por empresarios prebendarios.
Pero Tesla no se inmuta. Como respuesta a esa acción corporativista basada en el miedo y en la mentalidad de escasez, Tesla respondió desde su “misión” (que es “acelerar la llegada de un transporte sostenible”) y liberó todas sus patentes inspirados en la filosofía open source, de modo que puedan ser usadas incluso por sus propios competidores.
Este caso de Tesla nos hace pensar que los países que pretendan vivir básicamente de sus materias primas tendrán sus días contados, pero aquellos que elijan vivir de su materia gris, liderarán el mundo.
Uruguay puede escoger entre ambos caminos: crear fábricas como la de Tesla o descubrir petróleo para “repartir” una “renta social” entre sus ciudadanos/súbditos. Una mentalidad capitalista optaría por Tesla; una socialista, por el petróleo. Y no parece difícil pronosticar cuál será la preferida por nuestros compatriotas.