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    Todo trucho

    N° 1836 - 08 al 14 de Octubre de 2015

    Las falsas bodas llegaron a Uruguay, ustedes lo pedían, apronten sus billeteras para este magno espectáculo. No hay tal casamiento, solo una fiesta donde la gente paga una entrada que oscila entre los 40 y los 60 dólares, se viste como si fuese a un casamiento, bebe, come y baila como en un casamiento y hasta puede saludar a los novios, solo que estos son falsos (no los mozos y el discjockey, que son auténticos, y si no son auténticos, realizan ese servicio, que es lo mismo). Al parecer, un invento argentino para juntar unos mangos, o unos cuantos mangos. Los jóvenes que pagan la entrada, dicen, están hartos de las discotecas y acuden encantados a este falso casamiento porque muchos de ellos nunca han ido a ninguno de verdad. Y además van con sus amigos y no tienen que sentarse en mesas con viejos que no conocen. Eso es lo que dicen.

    Para esta gente que ama lo trucho y considera el festejo un fin en sí mismo, habría que dar un pasito más y también montar los velorios falsos, donde te podés reír a mansalva del muerto, de la enfermedad que lo mató y de sus deudos, morfar como un caballo, incluso bailar en la sala velatoria y tal vez por un poco más de plata hasta ver —y tocar— un fiambre posta dentro del cajón (aquí habría que ponerse en gastos y hablar con los pasantes de medicina fiesteros para que te faciliten algún cadáver que nadie reclama). Y las fiestas en embajadas truchas, con embajadores truchos que anuncian tratados truchos. Y se puede seguir así, imagine usted, querido lector. Pero lo que nunca debemos desatender, el corazón del asunto, lo que jamás debe faltar en el bolsillo del caballero ni en la cartera de la dama, lo que nunca debe ser trucho, son la comida y la bebida, por eso se paga, ahí está el curro, la teca, la pasta. Lo que la gente quiere es morfar y chupar; el resto es un tinglado, un cartón decorativo, un espejismo sin importancia, un mundo gaseoso. Una especie de vuelta brutal al reino animal, que alguna vez creímos abandonar.

    Al fin y al cabo, lo falso es un componente esencial de la vida. Te tomás un ómnibus que de golpe cambia su recorrido. Falso. Tenés que realizar un trámite en una oficina pública y no hay funcionarios porque están de paro. Falso. Vas a un partido de fútbol y no te dejan entrar porque es sin público. Falso. Mirás la hora y no es la hora. Falso. Estás en tu casa y de pronto te sorprende un apagón. Falso. Tenés que operarte de lo que sea, pagaste religiosamente la mutualista todos los años de tu vida y sin embargo también tenés que pagar por esa operación, y un fangote de plata. Falso. Y ni que hablar de los discursos políticos electorales (o los discursos a secas), de los números de algún ente autónomo o de la única aerolínea estatal. Falso, falso y falso. Amamos lo falso. ¡Pero que nos den chupi y morfi!