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Los profes nunca sabremos cuándo habrá clase. Ir a trabajar es obligatorio durante las alertas meteorológicas. Pero los protocolos establecen que los días con alerta naranja no se pasa lista. Entonces, los liceos, facultades e institutos están vacíos. El alumnado no concurre. Solo algún estudiante que desea repasar algún tema específico y cubrir sus carencias frente al parcial aparece sonriendo, contra viento y marea.
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Y yo voy a trabajar, con mucho entusiasmo, y me encuentro en cambio con aulas desérticas y unas pequeñas salas de profesores a tope donde intentamos concentrarnos en algo productivo (estudiar, planificar, corregir), pero ante la acumulación de gente las cosas se ponen difíciles. Entonces me deprimo.
Afuera, las tormentas a menudo vaticinadas no son tales. Una lluvia, a veces solo unas oscuras nubes, un paraguas roto (en un país signado por los vientos).
La mayoría de las alertas son falsa alarma. Me pregunto si mi descrédito ante las profusas alertas no se revertiría si me hubiese tocado una turbonada como la de mi adorado Piriápolis.
El temporal del 2005 me tomó en plena calle, concretamente en la Plaza Matriz con los árboles arrojando sus copas sobre mí como en un siniestro cuento de hadas. Esa noche fatídica un árbol cayó a pocos centímetros de mi cabañita en Rocha. Se salvó. Otros no se salvaron.
Existe el cambio climático, lo sé. Firmo todos los petitorios de Avaaz. Y las cosas se pondrán mucho más apocalípticas, porque Donald Trump es un enemigo acérrimo de la ecología, las energías limpias y la represión de gases.
Y Donald Trump ganó… Gulp. (De noche tuve pesadillas).
Pero desde que el mundo es mundo ha llovido. El Uruguay se fundó azotado por lluvias y vientos. ¿Por eso nuestros arbolitos autóctonos serán tan achaparrados?
¿Y si en Uruguay nevara como en Finlandia? ¿O si lloviera casi todos los días, como en Gran Bretaña y Holanda? ¿O si soplaran tremendos vientos gélidos desde el Cáucaso, como en la Europa del Este?
Vivir bajo climas crudos no impide que en el hemisferio norte los niños vayan a la escuela, los estudiantes a los liceos y los jóvenes a las facultades. Es verdad que las casas tienen techo y no chapa, los árboles se podan y los cables corren subterráneos.
Aquí, en lugar de un plan de viviendas para eliminar la precariedad, un control de arbolado y renovación eléctrica se opta por borrar la educación, en los hechos, del mapa. Durante los días grises, lluviosos, ventosos, etc.
Se dice que es la familia la que debe decidir si sus hijos concurren o no al centro educativo bajo alerta naranja.
La familia a menudo está constituida por una mujer sola y pobre que tiene que configurar su autoridad ante unos hijos a quienes las pantallas y toda suerte de inventos han vuelto muy reacios a las normas.
Pero en verdad, ahora no estoy preocupada por las alertas naranjas.
Estoy preocupada por el impresionante mapa rojo de Estados Unidos que muestra que, salvo en algunas costas, Trump fue elegido en casi todos los estados.