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    Trilogía maestra

    N° 1832 - 10 al 16 de Setiembre de 2015

    Ante una cartelera empobrecida, hoy en día las series dominan el espectro cinematográfico: hay muchas y muy buenas. Pero la historia del cine conserva sus joyas y una de ellas es la impresionante trilogía autobiográfica del escocés Bill Douglas (My Childhood, 1972; My Ain Folk, 1973; My Way Home, 1978, todas en Cultmoviez). Este señor, que vivió una infancia en la más absoluta pobreza y ausencia de afectos, tal como lo retrata en su trilogía, hizo… cuatro películas.

    My Childhood dura apenas 46 minutos y es un monumento épico a la supervivencia. Pero lo que importa más allá de la anécdota, que es mínima (dos hermanos intentando sobrevivir con su abuela en un mísero pueblo minero de Escocia), son las imágenes en blanco y negro, de un poder pocas veces visto. Sí, pocas veces visto, no es exageración. Cada plano tiene una vibración, una esencialidad y una fuerza poética máximas, lo que al final hace una historia imponente.

    Douglas era hipermeticuloso, neurótico, solitario, genial. El guion técnico de esta trilogía apenas tenía otra especificación que no fuera un “interior” o “exterior”, “día” o “noche” para cada secuencia. Nada más. Acaso algún diálogo. Cine puro, de finísima sensibilidad e invisible complejidad. Tenía las imágenes en la cabeza y así llegaba al rodaje y las transmitía. Trabajaba con actores no profesionales, como el protagonista Stephen Archibald, y algunos profesionales. Un director de directores.

    My Ain Folk tiene 55 minutos y un comienzo desconcertante: un niño ve una película de Lassie en color. Será el único momento de color (el cine dentro del cine), porque inmediatamente Douglas vuelve al blanco y negro, al pueblo de mineros (es imponente el descenso en el ascensor, hasta quedar la pantalla en negro total) y a la vida de los hermanos, que ahora se separan. La promiscua relación familiar, los mínimos y miserables detalles cotidianos —el fuego en el hogar, una manzana, las rodillas sucias, el pasaje de un tren, una ventana por donde entra una camilla y sale un ataúd— y la notable expresividad de los actores agrandan todavía más la experiencia de la primera parte.

    La tercera y última entrega, una vez más en soberbio blanco y negro, My Way Home, es la más larga: 72 minutos. Allí el protagonista (siempre el mismo actor, Archibald) ya es un joven y se encuentra en El Cairo, enrolado en la RAF. Realiza pequeñas tareas, como lavar los retretes y alisar la arena que rodea al barracón donde duerme la tropa. Y encuentra su vocación: será director de cine. La genialidad sigue o aumenta: hay planos y tomas difíciles de olvidar, incluso luego de varios días.

    Se ha dicho que el cine de Douglas (1934-1991) tiene un sesgo documental y un estilo similar al de Robert Bre­sson. Es verdad, pero con una elaboración absolutamente singular, única, increíble. Se completa su filmografía con Comrades (1986), sobre granjeros ingleses del siglo XIX.