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Un elemento clave para entender el atraso crónico en el mundo hispanoamericano es la Inquisición española, creada por los Reyes Católicos en 1478 dentro del marco de su proyecto de unificación de los reinos de la Península, homogeneización de la legislación feudal y creación de un Estado fuerte bajo un poder central autoritario con base religiosa.
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El objetivo de Isabel y Fernando era un único Estado, una única corona y una única religión. Para concretar este programa había que eliminar el problema judío y el problema musulmán. Tanto judíos como musulmanes fueron obligados a convertirse al cristianismo. Quienes no lo hicieron fueron expulsados.
Muy pronto, el Tribunal del Santo Oficio se convirtió en la institución más poderosa del reino, pudiendo, incluso, arrestar al principal eclesiástico del imperio, el arzobispo Bartolomé Carranza, a pesar de las protestas de varios papas. Carranza murió 17 años más tarde, sin recuperar su libertad.
Con el correr de los años, la Inquisición española fue ampliando su campo de acción, combatiendo todo tipo de herejías y persiguiendo la sangre “con mancha judía” (fue en España que surgió el concepto de raza, como consecuencia de los Estatutos de limpieza de sangre —únicos en Europa— aprobados a partir de 1449). A los “falsos cristianos” se les sumaron los homosexuales, los librepensadores, los herejes protestantes, los separatistas y todos aquellos que cuestionasen el pensamiento único impuesto por el Tribunal. Una amplia red de espías y el temor a ser detenido por la Inquisición convirtió a España en un reino del conformismo y al pueblo hispano en un colectivo de delatores, en donde los hijos denunciaban a sus padres y los vecinos a sus vecinos.
El Tribunal mandó a la hoguera a una mínima parte de los que sufrieron persecución y prisión, pues el objetivo no era cuantitativo (matar gente) sino que cualitativo (sembrar el terror en la población). Esta fue la receta que aplicó Franco durante las casi cuatro décadas de su dictadura.
Hay quien considera que el bajo número de víctimas mortales de la Inquisición española la convierte en un mecanismo más benévolo que otros tribunales inquisitorios europeos. Me permito una comparación histórica. En 1926, mediante la ley Nº 2.008, Mussolini creó el Tribunal especial de defensa del Estado, para tratar los casos de actividad política subversiva. Entre su creación y su fin en julio de 1943, el Tribunal procesó a 5.619 personas y condenó a 4.596. De ellos, solamente 31 fueron condenados a muerte. Sin embargo, a nadie se le ocurriría pensar que esa modesta cantidad de condenados a muerte prueba que el fascismo fue un régimen benévolo.
La Inquisición española mató pues a algunas miles de personas pero maniató mentalmente a toda la población. La manera más segura de no correr riesgos en aquella España era adoptar una forma de vida propia de hidalgos. El hidalgo era “cristiano viejo”, no ejercía trabajos manuales (impropios de su clase), no necesitaba leer (de eso se encargaban los curas) ni escribir (para eso estaban los escribanos). Decía preferir el blasón al arcón.
Leer es de locos pues lleva al brasero, sostuvo Cervantes. Conviene hacerse mudo, constató Carranza. Hay que callar, pues por callar “a nadie se hizo proceso”, avisó Quevedo. Hablamos mucho, alto y hueco, sentenció Gracián. Azorado, Erasmo de Róterdam denunció: “España no me gusta”. “Todo es cerrazón y noche”, deploró el sabio Juan Luis Vives. Esto se va a pique, auguró el jefe de gobierno de Felipe IV y murió antes del año en manos de la Inquisición.
Consideradas actividades judías, pronto decayeron en el mundo hispano a ambos lados del mar el comercio, las ciencias, las finanzas y el artesanado (de lo cual doy muchos ejemplos concretos en mi libro La herencia. Cultura y atraso). Por eso, la persecución contra “lo judío” impidió que en España surgiese una clase empresarial como en el resto de Europa, en donde grupos católicos (Fugger, Welser, Medici, Bardi…) desarrollaron bancos, industrias y todo tipo de actividades financieras, incluso en sociedad con el papado.
La importancia de la Inquisición creada por los Reyes Católicos no se puede medir por la cantidad de muertos sino que por su condena al atraso a una buena parte del mundo. Aún hoy, los herederos de esa herencia padecemos la incapacidad de cultivar una democracia parlamentaria saludable y de aceptar la excelencia de la economía de mercado. Seguimos asociando el capitalismo al judaísmo. Seguimos subvalorando el valor del conocimiento científico (que otros se encarguen de inventar, como dijo Unamuno). Seguimos creyendo ciegamente en el dogma y en las utopías. Seguimos atacando molinos de viento. Seguimos cultivando un resentimiento visceral contra “la pérfida Albión”.
El terror de la Inquisición española apuntaba a doblegar la sociedad y a combatir las herejías. El precio a pagar era el atraso general del pueblo. A más de 500 años de su fundación, su triunfo es demoledor.