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    UPM

    Sr. Director:

    Un día sí y otro también, mis ojos y oídos recogen —en órganos de prensa y radio— comentarios sobre el “interés” de UPM de un nuevo emprendimiento de planta de celulosa. Mi reacción ante las palabras de la Sra. Ministra de Industria, Energía y Minería, Ing. Carolina Cosse, sobre el particular, es de franco estupor.

    En el ejemplar de Búsqueda Nº 1.982, el ciudadano Juan Martín Posadas refiere a un cuento al que quisiera agregarle (recuerdo muy bien la historia) que los dos “pillos” que se hacían pasar por sastres, su real intención era estafar al rey al que pedían una y otra vez oro, plata, perlas, piedras preciosas para elaborar tan fastuosa como original vestimenta.

    En el orden de las patologías oculares, una muy común es la conocida como “cataratas”. Su resolución quirúrgica devuelve en un porcentaje importante parte de la visión que se pierde, ya por edad avanzada u otras razones que no hay necesidad de ilustrar al lector. Uso ese recurso como tiro por elevación.

    El caso, Sr. Director, es que, tanto las autoridades nacionales como otros representantes de la opinión pública no logran percibir otro punto de vista, y es sobre el que me quiero extender.

    En su momento, cuando las “papeleras” no pasaban de ser simples proyectos, el Estado determinó —escribámoslo en términos sencillos— facilidades para su instalación en nuestro territorio.

    Hoy, UPM, tal como lo haría un prestidigitador, pone sobre la mesa su disposición a considerar la instalación de una nueva pastera, esta muy cerca del río Negro, condicionado a obtener las mismas canonjías que en su primera experiencia en Uruguay, y ahora no solo creyendo que el “rey” continúa siendo un soberano idiota, sino imaginando que el mismo también está disminuido de visión.

    Autoridades, lectores: el negocio de UPM es brillante. Lo señalan las cifras dadas a conocer recientemente a sus accionistas en Finlandia. Aplausos para ellos. Enhorabuena que exista un rédito positivo.

    El “rey” de esta historia ya “pagó” con creces lo que se me ocurre tildar como precio, resultado de la “potenciación” de la generosidad que implicó ayer e implicaría mañana, la suma de una nueva zona franca, exoneraciones fiscales y unas infraestructura vial por rieles y carreteras, que impondría al bolsillo ciudadano un peso considerable (el término potenciación lo utilizo en un sentido químico: cuando dos drogas suman sus cualidades y la suma de ello es mayor que el beneficio de su partes independientes; algo así como que dos más dos resulta cinco).

    El rey de nuestro modelo, llevado de lo que puede significar una inversión de cuatro mil millones de dólares, se desliza en una tabla de surf, una dialéctica suma de ingenuidad y credulidad ante el plan finlandés. Vamos a no engañarnos. En esta oportunidad no tenemos necesidad de otra fábrica de celulosa. UPM, sí. Tampoco está corto de vista, pero, de estarlo, los ciudadanos tenemos la obligación de espabilarlo. Si el Estado concediera a UPM las mismas concesiones que la vez primera, a regañadientes yo aceptaría, tragando saliva, pero no tiene por qué sumar el resto de “facilidades” que pretenden en acuerdos que no están suficientemente claros. Si es menester que Uruguay disponga de nuevas vías férreas (al menos el tramo en cuestión), locomotoras, vagones apropiados, etc., ahora el negocio es nuestro, ya que definiríamos cuál es su costo operativo y el rédito consiguiente. ¿Costo de fletes? A considerar. Ahora, el problema es de ellos, no nuestro, UPM tiene, compradas o arrendadas, decenas de miles de hectáreas plantadas de árboles, a considerable distancia de su planta actual. La planificación y presencia de UPM en nuestro pequeño país no es un arrebato iluminado, sino la consecuencia de factores exógenos a los que no consideraron convenientes someterse. Hoy son conscientes de la especulación que por un lado despierta en las autoridades uruguayas la idea de una nueva planta. Del rédito político podemos prescindir. Pregunto, apreciados lectores, ¿y si no la ponen?

    A los uruguayos no nos afecta. Piensen ¿qué harán con los árboles? O los transportan hasta la primera planta instalada, a sus expensas, o deberán pensar alternativas (hacer mondadientes — perdonen la humorada), o lo que se les ocurra. ¿Levantar una segunda planta en las cercanías, en algún territorio vecino?

    No nos olvidemos del revuelo de la supuesta contaminación, la oposición que hubo sobre la afectación del río Uruguay o quizás del Paraná. A lo mejor un nuevo juicio internacional. Es todo muy problemático.

    Autoridades, lectores, insisto: la planificación de UPM para hacerse de materia prima suficiente quizá —imagino— haya excedido las necesidades calculadas para una sola planta.

    Hay un refrán que reza: “El que mucho abarca, poco aprieta”.

    Insisto: el problema no es nuestro. Es de ellos. Esta es mi visión.

    En consecuencia, sugiero ser mejores orientales y pelear por causas justas. Negocios, sí. Entrega de soberanía, no.

    GM

    CI 779.741-0

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