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    Un caso para el comisario Colombo

    Vimos la semana pasada los bordes de una historia acaecida en Italia en el siglo pasado. Un hombre (“El desmemoriado de Collegno”), al ser apresado mientras robaba un florero de bronce de un cementerio, sostuvo que no sabía quién era ni qué estaba haciendo en ese lugar. Fue internado en un manicomio de Torino. Publicada su foto en todo el país un año más tarde, apareció una distinguida dama de la sociedad veronesa que aseguró que se trataba de su marido, desaparecido doce años antes durante la primera guerra mundial.

    Días más tarde de que 44.170 (ese era su número de identidad en el manicomio) fuese dado de alta y pasase a vivir “en familia” bajo el nombre de Giulio Canella, conocido profesor de filosofía en Verona, la policía recibió una carta anónima, según la cual “el desmemoriado” era Mario Bruneri, anarquista, ex presidiario, ladrón y desfalcador que había abandonado a su familia y vivía clandestinamente con una amante con prontuario propio. Como respuesta a la carta, las autoridades lo volvieron a internar.

    Comenzó así una larga disputa por la “propiedad” del hombre y un caso especialmente raro para el comisario Colombo, quien muchas décadas antes de actuar en la TV de Estados Unidos trabajaba en la policía de Torino.

    Reflexiones necesarias. En el manicomio, luego de que apareciese su foto en la prensa, el desmemoriado recibió la visita de muchas personas. Se trataba de familiares del profesor Canella (entre otros un hermano y la propia esposa), de compañeros de colegio y de armas, de colegas, de condes y condesas y demás figuras de la sociedad veronesa.

    En diálogos ricos en lagunas, el desmemoriado pudo juntar retazos del mundo del profesor desaparecido; saber algo, cada vez más, de su vida. El bloqueo mental que decía sufrir justificaba su falta de respuestas y su desconocimiento de cuestiones elementales. Con el tiempo, las certezas de que 44.170 fuera realmente Canella pasaron a dominar.

    Quien más rápido se convenció de que el desmemoriado era el profesor buscado fue quien más lo conocía: su esposa, quien incluso tuvo oportunidad de compartir casa, mesa y cama con él durante la semana anterior a la carta anónima.

    Si los canellanos insistían en que se trataba del rector perdido, los brunerianos, que sabían cómo era convivir con Bruneri, no tenían interés alguno en llevárselo a casa. Pero el contacto de los modestos familiares con una miríada de abogados y policías terminó convenciéndolos de que debían litigar por su propiedad.

    Los Bruneri acusaban a los Canella de pretender apropiarse de un familiar propio y los Canella acusaban a los Bruneri de ser instrumentos de la policía.

    Enfrentado cara a cara con su esposa Rosa Negro, su concubina Camilla, sus hermanos y su hijo, 44.170 negó en todo momento ser Mario Bruneri (hubiera vuelto directamente a la cárcel, en donde le esperaban varios años por varios delitos cometidos) e insistía en llamarse Giulio Canella.

    Para el comisario Colombo el caso era claro: las huellas digitales demostraban contundentemente que 44.170 era Mario Bruneri. Pero este dato, sorprendentemente, pesó poco y nada en todo el proceso (hay que aclarar que cuando el fiscal solicitó información de la autoridad carcelaria en Roma, en donde por ley se archivaban todos los datos de los criminales procesados, para confrontar las huellas con las del desmemoriado, se descubrió que allí no había nada archivado sobre 44.170. Y si antes lo había habido, ya no existía).

    Tampoco se tuvo en cuenta que el desmemoriado era cuatro centímetros más bajo que Canella o que no tenía las heridas y las huellas físicas que este había coleccionado en vida: ¿dónde estaba, por ejemplo, la marca del balazo recibido en la guerra?

    El comunicado emitido por la Agencia Stefani (la agencia de prensa oficial del fascismo) sentenció desde el inicio que el hombre en cuestión era Mario Bruneri. Para no tener problemas con el gobierno, la prensa adoptó como propia esta postura. Sin embargo, los canellanos sumaron 170 testimonios de peso a favor de la tesis contraria. Entre estos se encontraban la esposa de Canella, los tres hermanos y una larga lista de primos y cuñados, además de unos 140 conocidos personales.

    Nueve meses más tarde, en vísperas de Nochebuena de 1927, la Justicia dictaminó la libertad de 44.170. Los Canella habían recuperado al supuesto padre de familia justo para la mesa navideña, pero los Bruneri exigían que el desmemoriado fuese reconocido como Mario Bruneri y “respondiese materialmente (sic) por el mantenimiento de la esposa abandonada y el hijo adolescente”.

    Y mientras el expediente pasaba de un tribunal a otro y los meses y los años se sucedían, en casa de Giulia y el supuesto Giulio, los que se sucedían eran los hijos…?