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    Un conglomerado de tribus

    Las limitaciones cada vez más fuertes de la economía nacional, por un lado, y la incapacidad de la clase política para resolver los problemas de primera urgencia y elaborar un proyecto de futuro, por el otro, fueron el caldo de cultivo en el cual se hirvieron todas las contradicciones que se habían ido gestando en la sociedad uruguaya a partir del comienzo de la decadencia que tomó impulso a partir de 1950.

    Un elemento clave en este proceso, aunque poco tenido en cuenta, es el del déficit ideológico en el seno de los dos partidos tradicionales. Amparados bajo el paraguas de la ley de lemas y alimentados por la épica de los mitos histórico-partidarios (sobre todo las “patriadas” del siglo XIX), ambas colectividades carecían de respuestas.

    Incapaces de delinear un programa de acción coherente, realista, practicable (incluso a mediano plazo), blancos y colorados destinaban el grueso de sus fuerzas a combatirse entre sí y dentro de sí. Un caso emblemático fue la verdadera “guerra de guerrillas” que el grupo herrerista practicó contra la mayoría del Partido Nacional, representada por la UBD. También dentro del Partido Colorado se cocían habas a paladas.

    Esto explica que a fines de los 60, a pesar de tener una abrumadora mayoría parlamentaria (92 de 99 diputados y 30 de 31 senadores), los partidos tradicionales no pudieron (ni intentaron) echar las bases de un programa de acción destinado a revertir los problemas más viejos en la economía, la cual, con índices de inflación de más del 140%, no había podido ser curada a pesar de las duras medicinas devaluatorias que se aplicaron (50% en noviembre de 1967, 25% unos meses más tarde).

    La política se inventaba en el día a día; se improvisaba según las necesidades más urgentes. Detrás de esta dinámica encontramos el individualismo dominante en la sociedad uruguaya y (es la otra cara de la moneda) la falta de una verdadera solidaridad nacional, es decir, la ausencia compacta de una conciencia generalizada de nación que traspasara la esfera deportiva. La sociedad uruguaya es, en muchos aspectos, un conglomerado de tribus siguiendo a caciques más o menos poderosos y astutos.

    Bajo estas condiciones de lucha de todos contra todos y bajo la égida de un sistema político (el Colegiado) que era un efectivo freno para la ejecutividad que el país necesitaba, las posibilidades de un cambio radical parecían ínfimas. Pero nadie estaba dispuesto a reconocer el calado de la crisis, no sólo económica o política sino que también social y moral, y un tan infundado como voluntarioso optimismo terminaba imponiéndose cada vez que una voz disonante señalaba la precariedad existente.

    La reforma constitucional aprobada en 1966 y la vuelta al presidencialismo no lograron mejorar esa fallida ejecutividad pues más allá de la forma de gobierno vigente, lo que fallaba era la ausencia de un proyecto nacional.

    La primera mitad de los años 60 estuvo caracterizada por las numerosas huelgas (a mediados de la década, más de una por día) y la asfixiante situación fiscal: de los 200 millones de dólares que dejaron las exportaciones en 1965, 150 millones fueron destinados al pago de los servicios de la deuda. También se dieron los primeros enfrentamientos armados con el MLN-T, que aportaron una nube desconocida y espesa sobre el ya encapotado cielo nacional.

    Con la multiplicación de ataques terroristas contra las instituciones republicanas y sus funcionarios, en el país se instaló un estado de turbulencia como no se había visto desde el lejano siglo XIX. El grueso de la clase media uruguaya reaccionó pueril e infantilmente, como si estuviera presenciando una divertida película de Robin Hood y sus chicos buenos contra el señor feudal y sus chicos malos.

    Al aumento exponencial del aparato público y la clase pasiva, a los hechos de notoria corrupción (como el caso del Banco Transatlántico), a la falta de respuestas políticas a los problemas que exigía el país y a los desafíos que presentaba un mundo en acelerado proceso de globalización, se le sumaron el efecto enceguecedor de la revolución cubana, el extraño entusiasmo por la sangrienta aventura del Che Guevara y la más compacta incapacidad y falta de voluntad de la izquierda vernácula para comprender las fallas que amenazaban al imperio soviético, cuyas directivas se seguían a pie juntillas por el Partido Comunista uruguayo y su universo de grupos satelitales.

    Pero de pronto apareció un rayo de sol, pues las elecciones de 1966 liquidaron el armatoste del sistema colegiado y pusieron a Oscar Gestido al frente del nuevo Poder Ejecutivo.

    Mejor y más contundente análisis del que hizo Gestido al asumir su cargo es difícil encontrar. Su discurso inaugural fue una obra maestra de la retórica nacional y la muestra de que, por lo menos una persona, había comprendido el calibre del drama uruguayo y, también, identificado la única salida posible.