El autor también destaca que integró la oposición a los entes autónomos y “entabló una relación de nuevo tipo con los intendentes de todo el país” —que dejó como resultado el fin de la guerra de las patentes y el comienzo de la Universidad Tecnológica— aunque “como sus antecesores sucumbió ante los funcionarios del Estado”.
Según lo definió un ministro consultado para el libro, Mujica es “alguien a quien le gusta que uno siempre tenga una tachuela en el zapato, para que no se sienta demasiado cómodo”. Israel dice que “se caracterizó por un estilo de conducción controversial, armando equipos que se enfrenten y controlen entre sí, y el presidente luego decidir según su criterio”.
Baalbek y los díscolos de Antel.
Una de las historias incluidas en el libro refiere a la presidenta de Antel, Carolina Cosse —llamada con ironía “la Señora”—, quien “conduce la empresa con un estilo eficiente pero autárquico y basado en miedo y servilismo”.
Israel cuenta que “desde su llegada dejó claro que quienes estuvieran dispuestos a seguirla en sus planes serían bienvenidos, pero para el resto tenía pensado un pacífico pero deprimente futuro llamado Baalbek”.
“El Baalbek es un edificio ubicado en Paraguay y Lima, donde Antel ocupa siete pisos con ocho oficinas cada uno. Además de sala de teleconferencias, el recinto sirve para ‘depósito’ de alrededor de 50 gerentes, que por diversas razones no están en la línea de la presidenta. El edificio, cuyo nombre homenajea a un lugar sagrado fenicio del valle de la Beká (hoy Líbano), sirve para alojar a funcionarios díscolos. Algunos de esos empleados públicos, muchos de los cuales en el horario de trabajo se dedican a trabajos personales pera no perder el sano juicio, están capacitados para colaborar con sus vecinos de AFE, que carece de ingenieros y técnicos y cuenta con sus oficinas centrales en el mismo edificio”, relata el libro.
Según la información allí incluida, Cosse “prefiere gastar en estos gerentes unos 250.000 dólares por mes a cambio de muy poco, con tal de que no entorpezcan su proyecto”.
Al borde del accidente.
También el caso de Pluna, liquidada durante este gobierno, merece un capítulo aparte en el libro, que cuenta que los juicios laborales a los que Pluna se veía expuesta en Brasil no fueron los únicos motivos que llevaron a que el gobierno cerrara la aerolínea de bandera nacional.
De acuerdo con el texto de Israel, Pluna “estaba peor de lo que parecía” y el ex ministro de Economía Fernando Lorenzo —luego procesado por “abuso de funciones” por el caso Pluna— “no quería ser responsable si llegase a ocurrir un accidente”, por lo que su opinión tuvo mucho peso en la decisión de bajar la cortina de la compañía.
De hecho, la falta de mantenimiento de las aeronaves provocó algunos “incidentes” que no tomaron estado público.
Según el libro, “en la primera semana de junio” de 2012, coincidiendo con el accidente del avión de Air Class en el Río de la Plata en el que murieron dos pilotos, “uno de los Bombardier” de Pluna tuvo un “incidente serio que lo llevó a entrar a taller durante tres meses”.
“La empresa había presionado a los técnicos para que tuvieran listo el avión y en la prisa se saltaron todos los protocolos de control y quedó sin colocar el broche de una de las tapas posteriores que protegen el motor auxiliar y completan el fuselaje”, agrega.
“La tapa salió de su lugar en pleno vuelo rumbo a Punta del Este y cayó en Pan de Azúcar. Como ese día había turbulencias, los tripulantes no se dieron cuenta de que al saltar la tapa golpeó contra el estabilizador de vuelo. Este permite al avión subir y bajar y el accidente pudo haber causado una catástrofe. El avión estuvo parado tres meses y para su reparación hizo falta que llegaran técnicos de Canadá”, prosigue.
Israel cuenta que el “crecimiento rápido de la compañía” dispuesto por la empresa Leadgate “trajo también otros problemas de seguridad aeronáutica”, cuando “por malas maniobras de algunos pilotos nuevos los aviones habían entrado en pérdida, es decir que dejaron de volar por unos segundos”.
“Todos estos problemas conducían fatalmente a la decisión de cerrar”, concluye.
A “las ocho horas”.
En el capítulo titulado “El entorno de un presidente carismático, trabajador y caótico”, Israel cuenta cómo fue el proceso de debate, la gestación y los planes inconclusos de la llamada reforma del Estado.
En ese marco, el autor cuenta cómo el entonces subdirector de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), el politólogo Conrado Ramos, preparaba en marzo del 2010 “la creación del Ministerio de la Presidencia tomando la experiencia de Brasil y Chile”. Describe una conversación de Ramos con el entonces secretario de la Presidencia, Alberto Breccia, en la cual el primero le plantea que junto al prosecretario, Diego Cánepa, estaban “sentados en una cáscara”, por lo cual era necesario “armar una estructura más firme, una herramienta que sirva para ordenar las cosas del gobierno”.
Ante ese planteo Breccia le preguntó cuál sería su futuro y el de Cánepa. “¡ Y bueno, van a tener que arrancar para las ocho horas!”, le respondió, aclarándole luego que era una broma. Pero sí le dijo que ambos, Cánepa y él, “quedaban para asesorar en temas jurídicos”.
Eduardo Bonomi, Javier Salsamendi y Ruben Villaverde ocuparían la cúpula del futuro ministerio “mientras que Ramos, desde una posición más técnica, ocuparía la dirección de la reforma del Estado”.
Según el periodista, a Cánepa “se le ocurrió un buen argumento para convencer a Mujica de desistir de la idea: el Bicho (como casi todo el mundo llama a Bonomi) iba a ser interpelado a cada rato”. Israel vincula el posterior fracaso de esta reforma, que terminó en la renuncia de Ramos, “a la lucha por posiciones de poder en el entorno de Mujica”, que a su entender comenzó poco después de la navidad del 2009. Israel asevera que “la idea de que Bonomi fuera una especie de primer ministro afectaba no solo a Breccia y a Cánepa”. También, según el autor, impactaba en el poder del director de la OPP, Gabriel Frugoni.
“A Ramos lo empezaron a correr por izquierda y pronto pareció que sus ideas eran demasiado liberales”, dice el autor.
Recuerda que un día se le acusó de “filtraciones” a la prensa. Molesto, relata Israel, ingresó al despacho de Mujica, y el jefe de Estado le respondió “con carpeta”.
“Si tuviera que echar a alguien por operar me tendría que echar primero yo mismo. Andá a tomar unas grapas y bajá un cambio”, le dijo Mujica, según se consigna.
En ese marco cuenta que Frugoni “desarrolló inmediatamente una estrategia de aislamiento”. Ramos fue perdiendo poder y terminó renunciando. Incluso, relata Israel, al director general de Rentas, Pablo Ferreri, “lo obligaron a suspender una consultoría que había encargado a Ramos mediante un contrato de obra”.
Ramos ingresó luego al Partido Independiente y ahora es su candidato a vicepresidente.
Información Nacional
2014-05-15T00:00:00
2014-05-15T00:00:00