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    Un futuro lleno de incertidumbres

    Nº 2239 - 24 al 30 de Agosto de 2023

    Cosas que caracterizan a los empresarios agropecuarios uruguayos: su optimismo y su resiliencia. Asumen los golpes que les dan el clima y los mercados y vuelven a intentar, a pesar de los esquivos resultados. En la producción agropecuaria las variables que se pueden controlar no consiguen explicar la totalidad del resultado, sino que una parte importante termina a manos de factores difícilmente controlables, como el clima, los mercados y las decisiones de política macroeconómica, por solo citar algunas.

    En ese sentido conviene mirar el futuro desde otro ángulo. Hasta la pandemia la dinámica de los agronegocios era otra, totalmente distinta. Hoy estamos en un mundo diferente, con alineaciones estratégicas que llevan a cierta preocupación por sus desarrollos futuros (tanto por la guerra en Europa como un posible conflicto entre China y Taiwán) y también con crecientes problemas macroeconómicos que siguen sin encontrar una solución durable.

    En ese sentido, la principal preocupación es la dinámica de China en el corto y en el mediano plazo, junto con el rol cada vez más preponderante de Brasil como una potencia global en los agronegocios. Es muy difícil competir contra un vecino que produce muy barato, que tiene una escala sideral y encima es el que pone los precios con cada vez más intensidad en el mercado externo.

    China, por otro lado, parece estar entrando en una nueva etapa. Las dificultades para encaminar la economía llena de dudas tanto a vendedores como a compradores de todo cuanto tiene a China como mercado principal. ¿Qué pasa si China deja de ser el motor de la demanda de nuestros productos y se transforma en un socio cada vez más complicado y difícil? ¿Quién tomaría su lugar en nuestras colocaciones al exterior? Y no es la primera vez que sucumbimos a la tentación de vender todo a un solo mercado, que es maravilloso, pero cuando deja de estar desnuda nuestra capacidad de exportar.

    Lo que es inédito en esta coyuntura es que tenemos pocos rubros que tengan un buen panorama por delante, o que simplemente sean rentables. La agricultura requiere de una combinación no exenta de suerte para lograr buenos rindes en un año Niño, y para que los precios se recuperen; la ganadería no termina de repuntar, y la lechería tiene por delante el ajuste de los precios por un mercado internacional poco dinámico.

    Para colmo de males, el tipo de cambio local tampoco ayuda y el ajuste de los costos de producción no compensa con facilidad la caída de los precios de los productos. Esta situación es bastante inédita en la historia reciente de los agronegocios. Que les vaya regular a todos implica que la apuesta es de más riesgo para quien financia, y sobre todo a los resguardos que tenga que tomar para que ese financiamiento sea viable en el largo plazo.

    A este panorama complejo se le suma que hay que pagar las cuentas pendientes que nos dejó la sequía. En el agro es común reperfilar vencimientos y pagar con el próximo cultivo, a condición de que el mismo exista y sea razonablemente bueno en cantidad y calidad.

    Es imperativo que el agronegocio uruguayo se ponga a pensar en mejores estrategias de contención de riesgos, mirando hacia el futuro pero con una visión de más largo plazo, porque si hay algo seguro es que nos vamos a dar de nuevo con las mismas piedras más adelante.

    Lo angustiante de la situación que nos toca vivir es que no sabemos cuánto va a durar y hay que ponerse creativos cuanto antes. Creo que la estrategia del sector que financia insumos es tratar de sacar riesgo del sistema hacia el sector financiero o hacia el asegurador, es cambiar de lugar la deuda y nos lleva a no evaluar la realidad que tenemos que mirar con franqueza.

    Uruguay tiene innumerables fortalezas para enfrentar el futuro si las logra capitalizar. Tiene un esquema de cuidado de sus suelos y de control de aplicaciones de agroquímicos, que es la primera escala en la certificación de procesos. Tiene trazabilidad individual de todo su ganado, cosa que pocos tienen.

    A escala ambiental tiene también enormes fortalezas, especialmente si se se lo compara con sus vecinos y su forma de producir. Pero para que eso funcione y se traduzca en mejoras de competitividad hay que pasarlo a resultados, algo en lo que no siempre somos buenos, empezando por ponerles números a esas ventajas que durante tantos años se han logrado.

    Mientras Montevideo sigue sin comprender realmente lo que pasa en el Uruguay productivo agropecuario, creo que es importante que se tome conciencia sobre que si bien el futuro es promisorio en el largo plazo, la trayectoria que como país decidamos tomar a este respecto no es nada menor.

    En Uruguay nada pasa rápido y todo tiene que ser gradual, solo que la falta de rentabilidad y una macroeconomía local que no sea sensible a esta realidad es un viejo conocido que dejó profundas huellas que hasta hoy se pagan.

    Insisto en que falta un debate mucho más abarcativo para al menos poder entender el problema y salir adelante con menos gente que abandone el campo y la producción. Echar luz sobre toda la cadena de los agronegocios para entender su dinámica y sus costos es parte de entender dónde se puede ganar en eficiencias y cómo se puede mejorar para evitar situaciones que comprometan la rentabilidad a futuro.

    Finalmente, siempre hay que ser optimista, pero con los pies en la tierra. No es cierto que el futuro siempre es bueno y venturoso, hay que saber navegar las aguas turbulentas de los mercados y el clima. Es nuestra responsabilidad lograr que el barco esté en condiciones para llegar a puerto. Es nuestra y de nadie más, no vale echarle la culpa