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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa izquierda y el siglo XXI. Citando a Gramsci, todos los hombres son filósofos en virtud de la fuerza y de la calidad del sentido común. El sentido común es “la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales, en la que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”.
Esta concepción del mundo, evidente, no sistemática, contiene ideas que llevan a acciones prácticas, se aproxima a la realidad y aun es capaz de transformarla.
Según sostiene el pensador comunista, los de profesión intelectual deberían “combinar hábilmente la inducción y la deducción para generalizar, deducir, transportar de una esfera a otra un criterio de discriminación, adaptándolo a las nuevas condiciones” y esto es una “especialidad (de la intelectualidad), no es algo dado por el sentido común”.
Es usual que una dinámica de cambios incluya enormes resistencias del statu quo. Para quienes nos consideramos progresistas, adaptarse y adaptar a toda una sociedad a dinámicas renovadoras de una institucionalidad progresista, democrática e inclusiva no es una disputa intelectual desconocida, ni pequeña.
La mayoría de los actores políticos, sociales e intelectuales del Uruguay son profundamente conservadores e incluso reaccionarios; la mayor parte de los que integran la izquierda política también.
Los partidos fundacionales han sido incapaces de desarrollar una estrategia conservadora moderna o neoliberal. Padres e hijos de una concepción del Estado clientelistica donde lo político invade demasiadas áreas de los servicios públicos, botín a repartir entre el personal que colecta votos, habitan la esquizofrenia de compatibilizar un estado meritocrático conservador, constructor de la hegemonía cultural de derecha, “el consumidor hedonista incapaz de trascendencia o idea colectiva alguna” (Rancieri), seleccionando personal por pertenencia a estirpes políticas hegemónicas de aldea. Los modelos de gestión realizados antes del 2005 y los actuales ejemplos de gestión local así lo demuestran.
El debate entre progresistas y conservadores se da a la interna del oficialismo y en la sociedad civil.
¿Cómo se aproximan los conservadores de “izquierda” a cualquier tema? Pues bien, lo hacen desde una concepción del mundo absorbida acríticamente, evidente, no sistemática, un “sistema heredado” basado en la tradición judeo-cristiana que lleva implícita una simplificación del pensamiento marxista, mesías-clase obrera, sociedad comunista- paraíso, pobres-bienaventurados, capitalismo-satán. De esa tergiversación del marxismo surgen los populismos mesiánicos y sus mesías (Castro, Chávez, Kirchner, por quedarme por acá cerca).
De todos modos, estos desvíos acríticos han exhibido a los ojos de la opinión pública diferencias económico sociales y de derechos que “justifican” la aparición de sus mesías redentores y tensiones violentas en las sociedades nacionales que se encuentran desamparadas de institucionalidad progresista y democrática consolidadas.
Así como el esclavismo y el feudalismo, el capitalismo también es ferozmente cruel. Para el conservadurismo de “izquierda”, en una sociedad híper informada, las respuestas “lógicas” o “símbolos de condensación de emociones y significados”, son la represión de lo nuevo o la indignación. Ambas conductas son completamente inocuas al sistema pero individualmente nos garantizan salvarnos de la complicidad o del infierno. Zizek, Badiou, Mujica, justifican el mesianismo despótico, el autoritarismo prohibicionista y hasta el terrorismo restaurador de la primitiva barbarie sobre la base de la indignación que despierta la crueldad del sistema sobre los débiles, su avaricia, su falta de ética.
El satánico complot contra el buen salvaje roussoniano, explotado, oprimido y sometido por los grandes poderes fácticos, el imperialismo, el gran capital, las grandes corporaciones. Es el correlato perfecto del “axis of evil” del pensamiento conservador. Ambos tienen un inmenso target en la “individualidad moral del hombre medio”.
¿Cómo abordar la realidad desde una perspectiva progresista?
El cimiento del pensamiento progresista es el materialismo histórico. Este nos obliga a combinar la inducción y la deducción para generalizar, deducir, transportar de una esfera a otra un criterio de discriminación, adaptándolo a las nuevas condiciones. No se trata de aceptar lo evidente sino de hurgar hasta lo sistemático, hasta modelizarlo seleccionando los componentes relevantes que generan sus modos de comportamiento. Tratando de articular el comportamiento cualitativo a largo plazo del sistema dominante. Y sí, variarán los estados posibles del sistema, si cambiamos las condiciones actuales, es decir nuestras acciones.
Con el materialismo histórico como herramienta de análisis, la “basis” o infraestructura es el determinante del proceso histórico de modo que los cambios tecnológicos y su dinámica modifican los medios de producción y su apropiación construye nuevas estructuras de poder.
Sin el conjunto de elementos de interacción conocidos, sin las variables endógenas y exógenas determinadas, sin los diagramas causales mostrando su comportamiento, sin los cambios económicos modelizados y comprendidos, no es posible entender la “uberbau” (superestructura). Sin entender ésta, no es posible verificar la vigencia u obsolescencia de ciertas categoría de pensamiento y conductas comúnmente aceptadas por los “izquierdistas”: lo jurídico, lo político, lo ideológico, el mercado, las clases sociales, el capital.
Todo pasa entonces por deducir, adaptar, transportar, sistematizar, modelizar este estadio del capitalismo tardío conocido como la segunda globalización, sin tratar de banear el futuro.
La revolución rusa creó el mundo bipolar de la guerra fría, el capitalismo reaccionó permitiendo los modelos de las sociedades del bienestar en Europa. No era un hecho nuevo en la historia, fue la forma de reaccionar de Otto Bismark ante el avance de los sindicatos alemanes en el ochocientos: crear un sistema muy avanzado para la época de protección social, mientras reprimía brutalmente a los sindicatos socialistas.
El derrumbe del modelo soviético determinó la reiniciación plena del sistema con el neoliberalismo noventista. Como en todo sistema dinámico, cuando se reinicia hay variables que convergerán hacia puntos o tendencias estables. La concentración de la riqueza en el mundo o las crisis periódicas, estudiadas por los marxistas, hoy globalizadas, son puntos periódicos del sistema que se repiten una y otra vez.
Es necesario observar que el reinicio neoliberal potenció el desarrollo acelerado de las tecnologías de punta: informática, biotecnologías, robótica, etc. La incorporación al sistema de mano de obra barata asiática reasignó geográficamente procesos productivos y los nuevos modos financieros de acumulación global que trascienden las estructuras nacionales, afectaron sensiblemente la asignación de recursos obligando a los Estados a desarrollar políticas de captación competitivas. Puede deducirse que de todo esto surgió una nueva estructura de poder dentro del sistema dinámico, aún no estabilizada.
Ya no existe una gobernanza de la economía mundial basada en el FMI y el BM. El mundo que imaginó Estados Unidos en la posguerra, donde la industria y las inversiones norteamericanas no tuvieran barreras proteccionistas, hoy tiene nuevos competidores sin filiación nacional. Ya no existe un consenso sobre la democracia representativa como único modelo político compatible con el modelo capitalista de libre mercado. Pinochet demostró lo contrario y China lo consolidó. Los Estados han vuelto a restablecer regulaciones globales en los mercados financieros y fiscales como medida defensiva contra la sistemática pérdida de poder político a favor de las corporaciones.
De hecho, el análisis de los futuros escenarios posibles pasa por saber si en algún momento el sistema se estabilizará y cuál será el nuevo normal. Todo parece apuntar a que el nuevo normal pasará por una instancia en donde la producción y el intercambio se producirán agrupados por grandes bloques comerciales geográficos o virtuales, con pautas de interrelación en donde los Estados sólo podrán oficiar como generadores de los diagramas causales de la acumulación global. No existirá una empresa instalada con locación espacial determinada, sino entramados globales en red de locación virtual.
Así como el capitalismo primigenio tuvo sus similitudes con el esclavismo, hoy parece estar evolucionando hacia algo más parecido al feudalismo donde la presencia divina está en todos los reinos y es el fundamento de los poderes locales.
Si la relación de los individuos con los entramados en red se consolida por fuera de los estados nacionales, habrán caducado gran parte de los conceptos como actualmente los manejamos: Estado, soberanía nacional, imperialismo, libertades individuales.
Todo parece cuestionar las herramientas analíticas pero no los paradigmas de acción del progresismo. Una distribución equitativa de bienes, smartphones e impresoras 3D para todo el que los necesite. Una distribución equitativa de servicios, educación de calidad y salud de calidad para todos. Un ambiente de calidad para desarrollar la vida. Derechos democráticos inclusivos. Individuos con mayores fortalezas para enfrentar al mercado. Estados de nuevo tipo para una sociedad civil mucho más robusta e independiente de las organizaciones políticas.
Percibiendo que es más probable que la sociedad del futuro se construya a partir de las demandas de bienestar y calidad de vida de esa sociedad civil, que de revoluciones puntuales y heroicas o luchas corporativas. Percibiendo que el sistema capitalista no está en su crisis final sino que evoluciona ya y ahora hacia una sociedad de nuevo tipo con nuevos modos de distribución que alteran las estructuras de poder. El dueño de la fábrica es híper dependiente del desarrollador tecnológico independiente y de los ahorros individuales depositados en los fondos de capital sin regulaciones. El dueño de la marca está siendo crecientemente controlado por una sociedad civil que pone a los tribunales de justicia como garantes de la calidad de su consumo y ambiente. Por tanto, los conceptos de abordaje deben ser otros para el progresismo y las acciones también.
Aquí y ahora podemos ser los constructores de la institucionalidad progresista del siglo XXI o reiterar prácticas perimidas mientras el mundo global nos invade y nos torna desprotegidos y vulnerables. Hay que optar.
Raúl Labadía
CI 1.273.000-3