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A nivel de política exterior, las simpatías del presidente y luego dictador Gabriel Terra eran con Italia y Alemania, donde se habían instalado en el poder fascistas y nazis respectivamente. De forma coherente, rompió con la Unión Soviética, en coordinación con Brasil, y con la República Española.
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Terra mantuvo estrechas relaciones con el embajador del Duce en Montevideo, Serafino Mazzolino, que los estadounidenses consideraron su posible “mentor”. Un informe de la embajada estadounidense del 7 de diciembre de 1934 publicado por el historiador Juan Oddone afirma que Mazzolino “es un misionero del fascismo y al parecer ha tenido suerte al encontrar un buen receptor en la persona del presidente Terra, que parece siempre consciente de su origen italiano y que recuerda con entusiasmo su período como ministro uruguayo en Roma”.
“El Pueblo”, principal vocero del terrismo, publicó el 12 de enero de 1935: “La situación de Italia es una de las más equilibradas del mundo. (…) La admirable reacción económica de la península itálica se basa en la firme orientación económica de la política fascista”.
Poco antes había escrito: “El fascismo es el régimen que más se preocupa por la salud y el bienestar del pueblo humilde y trabajador. Las obras asistenciales surgidas por inspiración del Dr. Benito Mussolini constituyen una verdadera milicia de la bondad”.
Esas simpatías, sin embargo, convivieron con el estilo uruguayo: “Tengo la conciencia tranquila de no haber hecho, un sólo día en todo el año, el papel de dictador”, afirmó el propio Terra en un balance de los primeros 12 meses de su régimen.
“El período de facto existió”, reconoció Gabriel Terra hijo en su libro “Gabriel Terra y la verdad histórica”, en el afirmó que su padre fue “respetuoso de los derechos humanos” y “no impartió ninguna orden que implicase vejación para nadie”.