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    Un país de novela

    No es broma

    Solo un novelista, y del realismo mágico, además, podría imaginar una situación como la que vive en estos días Bielorrusia (o Belarús, según la ONU).

    Uno tiene que restregarse los ojos para convencerse de que no está soñando, a medida que, como si estuviéramos frente a la pantalla de Netflix, los episodios del secuestro del periodista opositor Román Protasevich se van sucediendo día tras día.

    El “problema” de escribir estas líneas el martes 25, me hace perder los episodios de mañana y pasado, con lo que mi crónica puede padecer de algunas sabrosas carencias informativas cuando ustedes se reencuentren, como cada jueves desde hace décadas, con la columna que el Kid bautizó “No es broma” y que, como nunca, ello se ve ratificado de la manera más flagrante y rotunda.

    El pobre Román sacó un pasaje en Ryanair desde Atenas a Vilna, la capital de Lituania, donde vive exiliado tras el cierre de su portal informativo Nexta, acosado sin piedad por el mandamás Aleksandr Lukashenko, que viene “ganando” las elecciones “libres y transparentes” de Bielorrusia desde 1994. En las últimas, hace casi un par de años, cuando parecía que le podía ganar en buena ley la joven Svetlana Tikhanovskaya, en pleno recuento de los votos hubo un curioso apagón informático de varios días, tras el cual don Alejandro ya era de nuevo el “justo vencedor”, y Svetlana ya se había exiliado en Lituania, porque una cosa es perder y otra es no poder contárselo a nadie desde el cementerio.

    El asunto de estos días es que algún buey corneta de esos que abundan, y no solo en Bielorrusia, le avisó al bigotudo Maduro centroeuropeo que Román venía en un vuelo sobre el territorio de su pobre patria, y Lukashenko, ni corto ni perezoso, inventó una amenaza de bomba en el avión, y hasta le puso firma y todo. La habían colocado los terroristas palestinos de Hamás. Desviaron el avión a Minsk, la capital bielorrusa, y, mientras los muchachos de la seguridad buscaban la bomba que nunca aparecería, los gorilas de la KGB (créanme, en Bielorrusia existe todavía la KGB) “encontraban” (¡oh, sorpresa!) a Román en su butaca, y lo “invitaban” a acompañarlos para unas preguntitas en la sede central.

    Hoy las “noticias” provenientes de Minsk lo muestran en imágenes a Román Protasevich diciendo que “todo está bien”, y que ha procedido a contarles a sus custodios algunos secretos y confidencias, cooperando como era de esperar de un ciudadano comprometido con el destino de su patria. Lo que no muestran las imágenes es el pelotón de fusilamiento que el pobre tipo tenía enfrente, apuntándole con las Kalashnikov a la cabeza si no se portaba bien.

    Por su parte, ante las “furibundas” protestas del mundo occidental, y en particular de Europa, el canciller ruso Sergei Lavrov, el mismo cancerbero de Putin, amigo de Donald Trump, el que le contó lo bien que había salido el hackeo ruso que le había permitido ganarle las elecciones a Hillary, declaraba a la prensa internacional que “no había que exagerar” con la noticia, y que había que “moderar los comentarios”, y juzgarlos objetivamente en función de la actual realidad del país. ¿A usted le sorprende? A mí tampoco.

    ¡Y la reacción europea! Chas chas en la colita.

    La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, apoyó la medida de los 27 socios de la UE de prohibir el sobrevuelo de las aerolíneas europeas por el espacio aéreo de Bielorrusia. Lukashenko en fija que anoche tuvo que tomarse un rivotril para dormir, ante tamaña amenaza. Esperamos ahora que Europa prohíba la importación de alfajores bielorrusos de maicena, y condene la muerte de los novillos bielorrusos en los frigoríficos de Minsk, por el sufrimiento de los pobres animales destinados a terminar en las parrilladas de la capital en forma de asado de tira o de colitas de cuadril.

    Probablemente, además, criticarán la emisión de gases de efecto invernadero que aumentan el calentamiento global, generado por las plantas de cemento bielorrusas, de las que sale la materia prima para construir las cárceles en las que meterán a Román Protasevich, si es que queda algún lugar libre, tras el encarcelamiento de decenas de miles de manifestantes que salieron a las calles a protestar por el fraude electoral del 9 de agosto de 2020, en el que Lukashenko se cargó a la democracia por sexta vez consecutiva desde 1994, obteniendo nada menos que el 80% de los votos.

    Su triunfo electoral fue saludado a viva voz por el pequeño y valiente cazador de osos (a mano limpia) Vladimir Putin, a quien siguió, en el inmediato orden siguiente el domador de pajaritos parlantes Nicolás Maduro. Y muy pocos más, pero todos reconocibles “por su vocación democrática, y su apego al Estado de derecho”.

    ¿Qué más van a hacer los que hacen gárgaras con la democracia propia, pero se la pasan vaya uno a saber por dónde a la democracia ajena?

    No hay sobrevuelos en el espacio aéreo, le retendrán fondos de apoyo y ayuda, votarán condenas… y prohibirán la exportación de alfajores. No esperen mucho más que eso.

    Rogando que Lukashenko no lo liquide a Protasevich después de otro “amigable” interrogatorio, los creyentes europeos le prenderán alguna velita a Santa Xenia de San Petersburgo, o a la Beata Matrona de Moscú, para que vean que también respetan las sacrosantas relaciones con la Gran Rusia, no sea que el promotor de la Sputnik V (“V” por Vladimir) les corte los suministros de gas natural, y se mueran todos los europeos de frío el invierno que viene.

    Este atropello internacional de estos sátrapas centro-orientales haciendo lo que se les canta, y sacándoles la lengua a los mojigatos demócratas del resto del mundo, acurrucaditos en sus confortables constituciones, no es, por cierto para reírse.

    Pero es una columna de humor (y de humo) negro.

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