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    Un patíbulo nuestro

    Restauran el paredón de fusilamientos en la excárcel de Miguelete

    Balas incrustadas en el muro, un grafo, hierros oxidados, una frase de Platón escondida. Ayudado con un escáner 3D, pico, pala y un detector de metales, un equipo de la Facultad de Humanidades de la Udelar dirigido por el arqueólogo José López Mazz, está recuperando un lugar de memoria. En este caso el sitio no refiere a la última dictadura sino a la joven democracia de finales del siglo XIX.

    Un viejo galpón construido en la década de 1950 y el simple paso del tiempo dejaron en la sombra un pedazo de historia en la excárcel de Miguelete: el lugar donde se realizaron los últimos fusilamientos en Uruguay por orden de la Justicia.

    La recuperación comenzó cuando el fotógrafo y expreso político Jorge Tiscornia concentró su atención en  una imagen que formaba parte de un libro editado por el Centro de Fotografía (CdF) de la Intendencia de Montevideo.

    “A partir del ángulo de toma de las imágenes, pude individualizar el patio correspondiente y en base a proporciones y trabajos fotográficos, finalmente hallo la leyenda” que se encontraba escondida detrás de los talleres construidos con posterioridad al fondo del patio noroeste, relató.

    En la foto, tomada en 1897, se ve a uno de los dos fusilados ese día, en el momento de la ejecución que se realizó en el patio de la cárcel, entonces inaugurada nueve años antes en una amplia manzana ubicada entre los barrios Cordón y Aguada.

    Una vez que Tiscornia ubicó el lugar exacto —un rincón abandonado cerca de donde desde 2010 funciona el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC) que dirige Fernando Sicco­— se puso en contacto con este y con López Mazz para ver qué hacer.

    Para López Mazz, “este hallazgo es de singular valor histórico testimonial y simbólico, en lo que hace a la reflexión sobre la vida y la violencia en nuestra sociedad” y sobre todo “cuando nos damos cuenta del carácter estructural que la misma aún conserva”.

    Verónica Cordeiro, la curadora del proyecto designada por el CdF, se propone recuperar la leyenda en “el primer trabajo de restauración de estas características en Uruguay”.

    Como además de la falta de experiencia, las cosas del Estado van despacio, a pesar de que el proyecto es de 2013, recién esta semana se hizo la primera excavación para ubicar el piso sobre el que se realizaron los alrededor de 18 fusilamientos en el lugar.

    Una investigadora belga y Búsqueda fueron testigos de un pequeño hallazgo, un grafo con el que presuntamente se marcaron las letras de la última frase que llegaría a los condenados, en caso de que supieran leer: “El más desgraciado entre todos los hombres es aquel que no sabe sobrellevar las desgracias”.

    El último paredón oficial. A finales del siglo XIX, el general colorado Máximo Tajes era el 15° presidente cuando cobró fuerza en la sociedad una discusión acerca de si debía haber o no pena de muerte. El paso previo fue debatir si las personas que fueran condenadas a la pena capital debían tener una ejecución pública.

    En Uruguay, como entonces en muchas partes del mundo, existía la creencia de que el ejecutar a los reos en público servía de freno al aumento de la criminalidad.

    Daniel Fessler relevó que durante la discusión del Código Penal se argumentó que el castigo máximo actuaría como disuasivo del delito y que la sociedad debía “herir como un rayo a los culpables”.

    Sin embargo, aquí como en Estados Unidos y Europa comenzó un proceso que llamó “bárbaro espectáculo” a las ejecuciones públicas, a las que la población concurría hasta con los niños.

    El paredón descubierto por Tiscornia corresponde a la etapa más discreta de las ejecuciones, aquellas que se realizaban solamente delante de otros presos, jueces, policías y periodistas y reemplazando al garrote vil, la horca y otros medios.

    Además del efecto de hacerlo público, en aquellos días ganaba la idea de no separar en el tiempo el crimen y el castigo, para así aumentar el efecto buscado.

    La investigación de Fessler indica que 1893 y 1894 fueron los años de mayor concentración de penas capitales. Luego de las 13 ejecuciones de ese bienio, el Consejo Penitenciario propuso al Tribunal Superior de Justicia prohibir los fusilamientos públicos y este finalmente los limitó a cien asistentes.

    Pero en diciembre de 1894, “Montevideo noticioso” informó acerca de una “gran fiesta” en Soriano con cientos de personas en dos fusilamientos y también de otro caso en Rocha, donde hubo denuncias de “comercialización de invitaciones”.

    Mientras los antiabolicionistas consideraban que la pena de muerte cumplía una función social para eliminar a los delincuentes irrecuperables, los que se oponían pensaban que la sociedad podía vivir sin el patíbulo, sobre todo contando con cárceles seguras.

    El proyecto de Tiscornia, aunque no es demasiado costoso, aún no tiene el visto bueno de las autoridades. En este caso no se trata de severos jerarcas policiales, carcelarios o judiciales sino apenas de la Intendencia de Montevideo, el Ministerio de Educación y Cultura y la Udelar.

    Tiscornia confía en “convertir un espacio de muerte en uno de vida”. Y memoria.

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