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    Una coalición temprana

    Sr. Director:

    Tengo para mí, en virtud de varios órdenes de datos y razonamientos, que, pese a sí mismo, el Frente Amplio puede ganar por cuarta vez el gobierno nacional. Para evitar tan trágico desenlace debería conformarse una coalición opositora temprana, capaz de ganar primero y gobernar después. Varios dirigentes de la oposición se han manifestado favorables a una coalición para gobernar; pero entienden inconveniente o innecesaria una coalición temprana, que haga posible comparecer bajo un lema común en las elecciones nacionales. En cambio, proponen conversar después de las internas, y sellar acuerdos programáticos en los temas más sensibles. Así, llegaremos a octubre con cuatro (serán más, pero a nuestros efectos cuatro) formulitas monopartidarias opositoras, una de las cuales pasará al balotaje para enfrentar a la fórmula pluripartidaria oficialista, consagrada y trabajada seis meses antes. En mis datos y razonamientos, el acuerdo programático al que pueda llegarse en vísperas de las elecciones, y el apoyo que puedan darle los derrotados en octubre al que pase a noviembre, no son suficientes para encolumnar todos los votos opositores en el balotaje, y no conjuran el riesgo terminal de un cuarto gobierno frenteamplista. Digo: creo que la oposición no está haciendo todo lo que está a su alcance para asegurar el resultado del año que viene.

    Con esta sombría perspectiva, maldigo cuando escucho declaraciones de los jerarcas de gobierno, de los apparátchik oficialistas, y de sus precandidatos. Cuando recorro Montevideo tapada de mugre, pobreza y marginación. Cuando leo que campan el delito y los delincuentes. Cuando miro a tantas familias sangrando por la emigración de sus hijos. Cuando veo a hombres y mujeres que buscan un trabajo, cualquier trabajo, y no lo encuentran, y penan cada día por los suyos y por su dignidad. Cuando me acuerdo de que siete de cada diez uruguayos no terminan secundaria, y que entonces habrá de pasar una generación (¡desde el día que empiece el cambio!) para que se recomponga el tejido social, hoy desgarrado por el embrutecimiento. Cómo no maldecir.

    Cómo no hacerlo, además, cuando el discurso del Frente Amplio siempre fue de confrontación, de fogoneo y de denuesto; de acoso implacable a los gobiernos de turno, con particular empeño en marcar diferencias morales, esas que son innegociables. Con su inocultable vocación mesiánica y autoritaria, esa impostura moral pretende sobrevivir aún hoy, en que la lista de conductas reñidas con la ética en que incurrieron los más notorios dirigentes frenteamplistas superó las previsiones del más ácido de sus críticos. Basta y sobra señalar a Vázquez, Mujica y Astori, paradigmáticamente encarnados en su delfín hasta ayer nomás, Raúl Sendic. Todos los cuadros del Poder Ejecutivo, todos quienes ocupan bancas del Frente Amplio en el Parlamento, y naturalmente sus cuatro precandidatos presidenciales, son hijos o entenados de ese mismo trío y de esa misma escuela. Entonces, la reacción del primate que todos llevamos adentro es que, a esa gente, ni un vaso de agua; talión puro; rencor y resentimiento; revancha, cuando no venganza.

    Sin embargo, sobre esas bases no se construye convivencia pacífica, sino guerra civil; y yo detesto la guerra y toda forma de violencia, con toda mi alma. De modo que, sin pecar de ingenuos, y sin perjuicio de maldecir alguna vez, deberíamos, todos, bajar el tono de la confrontación, no incurrir en agravios personales, no presumir intenciones, discutir con argumentos y con respeto. Sin concesiones, sin dar ni pedir tregua, defendiendo las convicciones de cada cual con toda la contundencia de que seamos capaces, pero sin perder nunca de vista que no queremos eliminar a un enemigo, sino prevalecer sobre un adversario, en el marco de la convivencia democrática. Sí, ya sé: algunos de los adversarios nos tratan como enemigos, no comparten el credo liberal y, a la vista de los tiranos que han apoyado y apoyan, serían capaces de cometer alguna que otra atrocidad si dispusieran del poder suficiente. Esas son las contradicciones que enseñan los manuales: para ser tal, la democracia (y los demócratas) debe admitir en su seno aun a quienes la combaten. En vísperas del año electoral, pues, lleguen también a ellos mis deseos de paz y amor.