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    Una cuestión de mirada

    Tom Wolfe (1931-2018)

    El 12 de agosto de 1958, el fotógrafo Art Kane convocó a todos los músicos de jazz posibles en una calle de Harlem. Acudieron 57 y generaron una de las instantáneas más notables del mundo del jazz. Entre los músicos estaban Dizzy Gillespie, Coleman Hawkins, Benny Golson, Charles Mingus, Lester Young y Sonny Rollins, la mayoría de ellos con sacos oscuros. ¿Qué se le ocurrió a Thelonious Monk para resaltar entre sus pares? Llevar un saco blanco.

    En ese entonces, Tom Wolfe tenía 27 años, le gustaba el béisbol, se había doctorado en Literatura Norteamericana y soñaba con ser un exitoso periodista y escritor, que fue en lo que se convirtió. Y cuando alcanzó los millones y la celebridad, hizo lo mismo que Monk: vestir de blanco (saco, pantalón, camisa, zapatos) para también resaltar entre el resto de los mortales que saliesen en la foto con él.

    Wolfe, que falleció este lunes 14 de neumonía en un hospital de Manhattan, tenía 87 años y el título de padre del nuevo periodismo, un estilo que irrumpió con fuerza en los años 60 para desarticular la pirámide invertida (quién, cómo, cuándo y dónde en primer término, después los detalles) y emplear las técnicas literarias de la ficción: armar las notas escena tras escena, incluir diálogos, delinear personajes y detallarlos, en definitiva, aportar un punto de vista singular a la realidad sin tergiversarla.

    Para Wolfe, hacer periodismo era una cuestión de mirada. Se puede reproducir la información de modo mecánico, torpe, en boca exclusivamente de lo que dicen los protagonistas (lo llamaba “periodismo beige”), o se la puede extender como si la echáramos sobre la superficie de una tela, con un nivel narrativo melodioso y atractivo. Quería “un periodismo que se leyera igual que una novela”.

    El estilo, que sus detractores llamaron al principio “pura invención” (¿de dónde sacan esos diálogos y esos monólogos interiores?), pegó tan fuerte que incluso los novelistas acudieron a él para realizar algunos de sus mejores libros, como Truman Capote con A sangre fría y Norman Mailer con Los ejércitos de la noche. El novelista, que antes estaba solo en la cúspide de los artistas de la palabra, ahora compartía su lugar con los nuevos periodistas, que emergían desde redacciones con las paredes color gris plomo y suciedad de nicotina, como las del republicano New York Herald Tribune, un mundo de bohemia, reporteros románticos y tubos fluorescentes “que hacían la atmósfera azul como el radium y quemaban las zonas sin cabello en la cabeza de los correctores, quienes nunca se movían”, así lo recuerda Wolfe.

    Nunca le gustó la etiqueta de nuevo periodismo y tampoco estaba seguro de su procedencia, pero siempre mostró la suficiente honestidad intelectual para aclarar que fue un artículo de Gay Talese publicado por Esquire en 1962, Joe Louis: el rey en la mediana edad, el que le abrió los ojos. “¿Qué es esto, en nombre de Cristo?”, se preguntó Wolfe. “El trabajo no comenzaba en absoluto como el típico artículo periodístico. Comenzaba con el tono y el clima de un relato breve, con una escena más bien íntima” (un diálogo entre Louis y su tercera esposa en el aeropuerto de Los Ángeles). En el mismo artículo, Wolfe se percataba de que Talese había pasado varias horas con Louis y en particular con sus esposas, y que ese material lo había dosificado en la crónica.

    Compartió semejante estilo con Talese, Capote, Mailer, George Plimpton y Hunter Thompson, entre otros periodistas. A este último le otorga los “cojones de hierro” por su libro sobre los Ángeles del Infierno, para el cual Thompson siguió durante 18 meses a los forajidos motoqueros “como reportero y no como miembro, lo que habría resultado más seguro”. Finalmente, los ángeles “escribieron el último capítulo por él”, lo cagaron a patadas y lo dejaron tirado escupiendo sangre y dientes a 50 millas de Santa Rosa.

    Wolfe destiló su mirada con esta renovada técnica periodística en diversos temas que van desde la política hasta el rock, y se puede comprobar en libros editados por Anagrama: Lo que hay que tener (sobre el entrenamiento de los astronautas, que fue llevado al cine por Philip Kaufman), La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop (las melenas, el surf, las motos, Playboy), La izquierda exquisita & Maumauando al parachoques (la clase bienpensante y progresista, y en especial sus criados), Ponche de ácido lisérgico (una recorrida por EE.UU. con Ken Kesey y gente intoxicada, bastante insoportable de leer por las onomatopeyas y las pretensiones poético-lisérgicas) o El nuevo periodismo, que incluye textos de Terry Southern, Rex Reed, Mailer y del propio Wolfe, y donde están las bases fundacionales del estilo.

    El primer reportaje que realizó aportando aires ficcionales (El Embellecido Cochecito Aerodinámico Fluorescente, así, con mayúsculas, porque a Wolfe le encantaba innovar e incluso inventar signos) fue sobre los autos y los cambios que les hacen sus propietarios. Ya convertido en una estrella de la prensa, remodeló su Cadillac y lo transformó en una Moby Dick con ruedas: blanca la carrocería, blancas las ruedas, blanco el tapizado. Una vez más, el hombre necesitaba ambientarse y recortarse del resto de la canalla pululante a su alrededor.

    Escribía fenómeno —publicaron sus artículos The Washington Post, Enquirer y New York Herald Tribune, el primer medio donde hizo sus armas— pero también posaba unos escalones por encima de sus posibilidades como novelista. Siempre fue mejor en el terreno del reportaje: recabar información, analizarla y dotarla de un montaje atractivo para el lector. En el fondo, lo que quería —como muchos de sus contemporáneos— era escribir una novela.

    Y se hizo millonario gracias a La hoguera de las vanidades (Anagrama, 1987), la extensa historia de un yuppie que se va a pique cuando fortuitamente cae en el Bronx. La novela dio lugar a una espantosa película de Brian De Palma, con Tom Hanks, Bruce Willis y Melanie Griffith, que fue un fracaso inversamente proporcional a las ventas del libro.

    Escribía diez páginas por día y paraba en la décima, aunque la frase estuviera por la mitad. Y sostenía que debemos abandonar el mundo digital y volver al analógico.

    También dijo muchas cosas interesantes. Por ejemplo, que “el periodismo te vuelve más valiente de lo que eres”; que “la imaginación de un periodista es incapaz frente a lo que se lee en los diarios”; que “las publicaciones semanales atienden mejor la información que los grandes diarios no cubren”.

    Una de sus sentencias más polémicas —al menos para la Izquierda Exquisita, como él la llamaba— fue: “La corrección política es marxismo desinfectado”. Y le cayeron con todo. Se reía de las acusaciones que le hacían de conservador de derechas y no le importaba reconocer que había votado a Bush.

    Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo —blanco— entero. Lo invitaron a dar una charla a una universidad en los 60, en plena guerra de Vietnam. También participaban Allen Ginsberg y Günter Grass. Ginsberg, indignado, despotricó con ganas contra EE.UU. y dijo que el país estaba cada vez más cerca del fascismo y del nazismo.

    —Pero, ¿de qué habla? —le cortó Wolfe—. Estados Unidos es un país maravilloso. ¡Estamos en plena explosión de felicidad!

    Tras la ironía se armó un lío de aquellos, y Grass, si bien no quiso ahondar en el concepto de “felicidad” de Wolfe, apuntó que a Ginsberg se le había ido la mano con la comparación: “Ud. lleva media hora hablando en contra de su gobierno”, le dijo al poeta de Aullido. “Los nazis no le habrían dado ni cinco minutos y lo hubiesen sacado de aquí en un cajón”.

    Imaginen a Wolfe con una risita, hurgándose las uñas despreocupadamente ante la plancha que se comió Ginsberg, uno de los tantos acolchados egos que proliferaban en América.

    Vida Cultural
    2018-05-17T00:00:00