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    Una década después: observaciones de una uruguaya que retorna

    Nº 2273 - 25 de Abril al 2 de Mayo de 2024

    Yo adivino el parpadeo

    de las luces que a lo lejos

    van marcando mi retorno…

    Así empieza el famoso tango Volver de Carlos Gardel. Un tango que —si lo entiendo de manera correcta— está marcado por más tristeza que la que sentí con mi vuelta. Pero es inevitable sentir un poco de melancolía al regresar, incluso cuando el retorno es deseado. Volver es un evento que, indefectiblemente, nos obliga a ser conscientes del paso del tiempo, en nosotros, en los otros y en la ciudad. Por eso hoy, a casi dos meses de volver a Uruguay después de 11 años en el exterior, resumo algunas observaciones de cosas que han llamado mi atención.

    ¿Soy yo o el uruguayo está más consumidor, tanto de bienes como de servicios? Entre los bienes, uno notorio son los autos. Hay muchos más autos en la calle, y autos mucho más nuevos. Antes la flota uruguaya parecía siempre un poco en decadencia, ahora no. De hecho, en cada año de los últimos 10 se vendieron 50.000 vehículos nuevos en Uruguay.

    El número de cafeterías por metro cuadrado tiene que ser dos o tres veces el que había hace 10 años. No es un indicador que se mida, pero me animaría a decir que esa es la tendencia. Tampoco las cafeterías tradicionales del Río de la Plata —que en su mayoría siguen existiendo—, sino cafés “gourmet”, con un mundo de alternativas dulces, con variedades de leche (“¿deslactosada, de soja o de almendras?”, me ofrecieron hace unos días), con opciones para personas celíacas o veganas. Dulces, o incluso helado, de pistacho, ¿soy yo o eso antes en Uruguay era rarísimo? Es cierto que esto está más concentrado en Montevideo y en algunos barrios específicos, los más pudientes, pero también los he visto en otros barrios e incluso en el interior. En Montevideo descubrí pâtisseries en Pocitos, Cordón, el Centro y La Blanqueada. Los millennials son conocidos por ser los reyes del café y el brunch en el mundo, y Uruguay no se quedó afuera.

    Se siente también que hay mayor diversidad. La oferta de restoranes, por ejemplo, es mucho mayor que antes, y los deliveries son moneda corriente. Me recomendaron tres restoranes indios distintos y uno coreano en Ciudad Vieja. Hace una década no había tantas alternativas, o al menos había que ser mucho más sibarita para conocer o interesarse por alternativas menos tradicionales (en relación con el asado, la pizza o la pasta). Además de restoranes hay cafeterías que solo venden café (no podés comer nada), queserías “paquetas”, embutidos premium. Tengo un par de amigos “contra” que igual se quejan de la oferta culinaria en Uruguay, pero yo creo que el cambio es muy notorio. No es París, pero se nota cómo el uruguayo se interesa y gasta más en sentarse a comer rico o pagar por productos más caseros que hace una década.

    La diversidad también se nota en la cantidad de extranjeros que ahora viven en el país. El cricket en la rambla —mayormente jugado por indios— había empezado a crecer hace algunos años, pero ahora también he visto béisbol, un deporte popular entre venezolanos y cubanos. He escuchado muchos idiomas y acentos en diferentes plazas con mi hija: hindú, alemán, francés y, por supuesto, español con varios acentos de América Latina. En La Paloma mis padres compran pan en la feria de una francesa, el instructor de kayak es alemán y un compañero de Turquía, todos viviendo en un balneario de Rocha.

    Todo esto tiene sentido: Uruguay es más rico que hace 10 años. En 2022 un uruguayo promedio era 20% más rico que 10 años antes (1). Esto, sumado a un mundo más globalizado, también genera cambios en las preferencias. Hoy los uruguayos compran más autos y más autos nuevos, pero también consumen más palta, mejores quesos y mejores vinos. Esto es más pronunciado a mayor nivel de ingreso, pero me animo a concluir que hay cambios en el consumo en general.

    Otra cosa notoria es la tendencia a irse más hacia el este, el auge de los barrios privados y un éxodo de Ciudad Vieja. Cuando me recibí, a fines de 2009, muchos economistas terminábamos en algún trabajo en Ciudad Vieja —en consultoría o bancos—. También así los contadores o abogados, en estudios contables o de abogados. Eso parece que ya no es tan evidente. Por un lado, desarrollos como Wall Trade Center, Zonamerica u otros generaron clusters en otras partes de la ciudad. Además, las empresas de tecnología y software —cotizadas entre quienes buscan trabajo (¿sustituyendo posiblemente el espacio que por años ocuparon empresas de consultoría o estudios contables o legales?)— tienden a ser más proclives al trabajo flexible y se han ubicado menos en Ciudad Vieja. Dos años de pandemia también aceleraron la tendencia y Ciudad Vieja parece haber quedado más rezagada como centro financiero y profesional de Montevideo y Uruguay.

    Por otro lado, la inseguridad y el deseo por más espacio y más verde han conquistado a muchos hacia los barrios privados. Hoy se estima que hay más de 100 barrios privados en el país —casi tres cuartas partes, en Maldonado y Canelones—, cinco veces más que hace 20 años (2). Claro que quienes acceden a barrios privados son una muy pequeña parte de la población uruguaya, y de hecho también hay muchos extranjeros interesados en estas alternativas, pero igual es un cambio notorio en las preferencias de vivienda de los más pudientes. Yo prefiero la ciudad, la diversidad de transeúntes y el mayor uso de lo público, pero parece que estoy medio demodé.

    Una contracara de esto es el mayor tráfico, algo que tiene sentido dado que hay más autos en circulación. Estacionar en ciertos barrios de Montevideo es una odisea. Y si el lector me permite la queja: qué molesto es el ruido de algunos automóviles en Uruguay, en especial las motos. Aparentemente a partir del 30 de mayo de 2023 se habría comenzado a fiscalizar los “escapes ruidosos” en Montevideo (y similar en otros departamentos), aunque viviendo al lado de una avenida dudo que esté funcionando bien, pero tal vez sea un problema de que son demasiados vehículos a fiscalizar.

    ¿Qué sigue igual? Claro que hay cosas que no han cambiado: Uruguay sigue siendo caro (ojo que acá no hablo de la inflación, sino del nivel de precios), tiene mucha regulación y algunos mercados poco competitivos (una causa importante de que seamos caros). Las principales discusiones de política pública —seguridad, pensiones, educación, atraso cambiario— siguen siendo muy similares. Claro que ha habido progreso —el aumento del ingreso es uno—, pero hay muchos cambios estructurales que no se han dado, incluso con gobiernos de distinto color, y muchos problemas que no se han resuelto (de nuevo: educación, pensiones, etc.), y otros temas que siguen siendo secundarios (como la reforma del Estado). Es más, una cosa que tiene volver es que la política “duele más.” Los problemas se sienten más propios y la falta de soluciones son más angustiantes. Cuando estás en un país ajeno la ausencia de progreso duele menos, al menos a mí. Pero aunque creo que Uruguay tiene mucho por cambiar —y las observaciones de esta columna son cuestiones en cierta medida “superficiales”— también creo que este es un país con grandes cualidades, y estoy encantada de estar de vuelta. Como decía Gardel, “siempre se vuelve al primer amor.”

    (1) Medido como el PBI per cápita, expresado en moneda local a precios constantes, GDP per cápita (constant LCU), Uruguay. Data (worldbank.org).

    (2) El imparable crecimiento de los barrios privados en Canelones y semiprivados en Montevideo: así son por dentro (El País, Uruguay).

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