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    Una final infartante… y ¡un justo campeón!

    Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022

    Como nuestros lectores recordarán, al entregar la última columna solo se sabía que —tras vencer a Croacia— Argentina ya había clasificado a la final del Mundial de Catar, restando por conocer (entre Francia o Marruecos) cuál sería su rival. Aun así —y por mera intuición— la titulamos: ¡La Scaloneta está cerca!

    Pues bien. La ulterior victoria de Francia —el vigente campeón— generó la lógica expectativa de saber si podría revalidar el título obtenido en el anterior Mundial de Rusia o si, por el contrario, nuestros vecinos del Plata lograban reverdecer los suyos, en las ya muy lejanas ediciones de 1978 y 1986. Es que, en lo previo, ambas selecciones arribaban a esta instancia definitoria con similares posibilidades, tras imponerse en sus respectivos grupos clasificatorios, con dos victorias y una derrota. Luego, en las fases siguientes, Argentina venció a Australia, Países Bajos y a Croacia; en tanto que Francia le ganó a Polonia, a Inglaterra y por último a Marruecos. En un balance previo, pues, sus méritos parecían equivalentes, como también el desempeño de sus figuras estelares: Messi por un lado y Mbappé por el otro; ambos jugando en un nivel superlativo. La expectativa era, entonces, la de una final muy pareja e intensa, y de incierto desenlace, con el aditamento de que nuestros vecinos habrían de jugar casi como locatarios, pues casi tres cuartas partes del Estadio Lusail iban a ser de aficionados argentinos, llegados en oleadas a Catar, en los días y horas previas al partido.

    Comencemos por decir que el triunfo de Argentina y la consiguiente obtención del Mundial, premian al mejor equipo a lo largo del torneo, y también a lo hecho en esta muy emotiva definición. Sin perjuicio de ello, el título casi pudo ser para Francia, pues pese a haber sido claramente dominado por su rival en la mayor parte del cotejo, muy especialmente durante todo el primer tiempo, tuvo luego inesperadamente —sobre el final del partido y también del alargue subsiguiente— un par de oportunidades para ganarlo, de la mano de ese tremendo futbolista que es Kylian Mbappé.

    El equipo de Scaloni salió dispuesto a liquidar el pleito ya desde el vamos, y promediando el primer tiempo, tras un penal inexistente cometido contra De María, Messi abrió el tanteador desde los 11 pasos. Poco después, tras un contragolpe fulminante entre varios hombres, el mismo De María marcó el segundo gol. Todo esto ante un oponente sorprendentemente apagado, al que le costaba progresar en la cancha, ante el abrumador dominio del rival. Muestra elocuente de ello es que el técnico galo no vaciló en hacer un par de cambios antes del cierre de ese primer tiempo (y sacando a dos referentes del equipo, como el goleador Giroud y Dembelé). Aunque Francia elevó en algo su nivel en el segundo, Argentina seguía manejando el juego sin mayores problemas. Sin embargo, Deschamps volvió a apelar al banco de suplentes, dándoles ingreso a varios jóvenes futbolistas (de esa valiosa “legión africana” que nutre a su selección), y con su generoso despliegue el trámite subsiguiente se hizo más parejo.

    Aun así, lo que habría de suceder en los minutos finales del partido nadie podía sensatamente imaginarlo. Francia se tiró arriba con fuerza, Mbappé descontó de penal y, apenas dos minutos después, con una acrobática tijera, el mismo formidable futbolista empató el partido, forzando al alargue de rigor. El equipo de Scaloni en la cancha y los varios miles de argentinos que casi colmaban el Estadio de Lusail, no salían de su asombro (otra vez, como en el partido de Cuartos de final ante Países Bajos, una victoria que ya parecía abrochada, se le iba abruptamente de las manos en los minutos finales). Lo que ocurrió luego en el alargue fue casi un calco de lo que había sido el partido: Argentina sacó ventaja con un gol de Messi, ya en el segundo período, pero otro penal para Francia —nuevamente ejecutado por Mbappé— niveló prontamente el tanteador. Y casi en el suspiro final, una providencial salvada del golero argentino, con la punta del pie izquierdo, evitó el gol que le hubiera dado —injustamente— el título al equipo francés. La siempre dramática definición por penales esta vez no lo fue tanto para la desquiciada hinchada argentina. Aunque el infalible Mbappé arrancó anotando, lo mismo hizo Messi a su turno. Después Dibu Martínez atajó el siguiente disparo, intimidó también al deficiente ejecutante de otro (en tanto los argentinos acertaron los suyos) y la serie concluyó haciendo justicia con aquel equipo que había hecho sobrados méritos para quedarse con una victoria, que debió ser más cómoda y sin tantos padecimientos. Fue una final electrizante y, a nuestro juicio, una de las mejores en la larga historia de los Campeonatos del Mundo.

    Argentina no ganaba un Mundial desde el lejano 1986, cuando venció en la final a Alemania, en un partido muy parecido en su desarrollo (ganaba cómodo por 2 a 0, ya cerca del final su rival lo empató con dos goles consecutivos, y Burruchaga marcó luego el de la victoria). El técnico actual, Leonel Scaloni, debió soportar críticas muy duras cuando optó por permanecer al frente de la selección, sin acompañar al renunciante Sampaoli. Sin embargo, —respaldado por César Luis Menotti— siguió al firme y fue cosechando éxitos, entre ellos la Copa América del 2021. Arribó al Mundial de Catar con un invicto de 36 partidos a cuestas, que perdió justamente en su debut ante Arabia Saudita. Supo compactar un grupo muy sólido, sobre la base de futbolistas que juegan mayoritariamente en fuertes equipos de Europa (continente en el que reside actualmente). Pero su logro mayor fue ganarse la confianza y el compromiso absoluto de Lionel Messi y lograr algo que parecía casi imposible: que este dejara atrás aquella imagen de un futbolista apagado y triste —que hasta dudaba de seguir en la selección— para mostrarse feliz y distendido en la cancha. Sin tener que cargar sobre sus hombros con la entera responsabilidad por lo que pasara, sin perjuicio de seguir aportándole esa inigualable cuota de talento, que mantiene enhiesta, y que le permitiera ser proclamado, con absoluta justicia, como el mejor futbolista de este torneo (e incluso destronando —según muchos— al idolatrado Diego Maradona, de su hasta ahora proclamada condición de mejor futbolista de la historia).

    En este tipo de torneos ecuménicos solo somos hinchas de nuestra selección; por lo que esta consagración de Argentina ni nos alegra ni nos apena. Pero sí nos permitimos hacer votos para que este tan trascendental logro deportivo —que unió mancomunadamente a todos los argentinos sin banderías políticas— contribuya a superar esa fuerte “grieta”, que desde hace tiempo les divide en dos mitades irreconciliables (aunque esos increíbles excesos en los festejos arruinaran el previsto multitudinario recibimiento que merecían los ganadores).

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