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    Una oportunidad perdida

    No es broma

    Los uruguayos nos pasamos añorando las políticas de Estado. Hace mucho pero mucho tiempo, antes de que cualquier posición del gobierno fuera un horror para la oposición y que cualquier actitud de la oposición fuera un espanto para el gobierno, los uruguayos, de vez en cuando, pero sí que ocurría, teníamos políticas de Estado.

    ¿Qué significaba eso? Pues que, más allá del enfoque del gobierno sobre los impuestos, el combate a la inflación o el monto de los aranceles, a los cuales la oposición se oponía, o más allá de los planteos presupuestales, salariales o reivindicativos de la oposición, con los que el gobierno no estaba de acuerdo, había temas como la educación, la seguridad social o la posición del país en los organismos internacionales en los que el Uruguay opinaba como un todo. Ahí había políticas de Estado.

    Últimamente este fenómeno descripto en la ciencia política como “la coincidencia de las diversas fuerzas políticas de un país en torno a temas que son de interés para toda la sociedad” brilla por su ausencia.

    Desde hace semanas, los proyectiles entre los dos bandos (por suerte verbales, al menos por ahora) vuelan por los aires. En torno a uno de los más sonados temas, como el de la reforma de la seguridad social, de inexorable y primordial atención en el corto plazo, la oposición ya ha dicho que está en contra a pesar de que el proyecto aún no ha sido redactado.

    Ahora estamos frente a otro asunto que pudo ser de tratamiento como política de Estado, pero ya las partes volvieron a pincharlo.

    Llega un avión fantasma a la región, con cinco iraníes y 14 venezolanos, que, como el poema El indio, de Fernán Silva Valdés, “venía no se sabe de dónde…”.

    Los paraguayos dijeron que había cargado tabaco en Ciudad del Este para ir a Aruba, pero de pronto lo vieron sobrevolando cielo argentino. Bajó en Córdoba para cargar nafta y no se sabe quién se la vendió porque, entre otras cosas, cargaba también con un embargo norteamericano por posible actividad terrorista. Pero le vendieron poca, así, si le aplicaban una multa al del surtidor, no sería muy alta. Rumbeó para Ezeiza, pero desde ahí le dijeron que no bajara porque —como era de esperar— las autoridades argentinas estaban enfrentadas acerca del asunto.

    Alberto decía que era un avión venezolano amigo, pero que desconfiaba de los iraníes. Cristina decía que los iraníes venían a dar clases de yoga en Santa Cruz, que en los momentos libres cuidarían ancianos en la Fundación Néstor Kirchner, que ella ya estaba al tanto de todo y que los dejaran aterrizar y los trajeran derecho a las instalaciones de Hotesur. Pero Alberto insistía en que quería saber si los venezolanos le traían un paquete que Maduro le había prometido, con unas arepas, que a él y a Fabiola le gustan mucho para el desayuno. Cristina insistía en que los venezolanos eran personal doméstico de los iraníes y que no había que preocuparse de ellos, y Alberto decía que los venezolanos habían pedido para ir al baño en el avión, pero que los iraníes tenían todos los baños ocupados y que había que dejarlos aterrizar por razones humanitarias.

    A todo esto, los pilotos del Jumbo fantasma dijeron a torre de control que ya les quedaba un restito de combustible en el tanque y que —dada la reticencia de las autoridades argentinas— se dirigían a Montevideo para recargar gasolina.

    La torre de control de Carrasco avisó que se venía un avión desconocido que pedía pista, y las autoridades uruguayas, que tienen un sistema de respuesta un poco más ágil que el argentino, hicieron un par de consultas y le dijeron que dieran vuelta en el aire, que acá no se les permitía de ninguna manera bajar a tierra.

    Resultado: el avión volvió a Ezeiza, bajó y la ensalada técnico-jurídico-político-diplomática quedó servida.

    Nadie sabe ahora si los iraníes son terroristas, contrabandistas, agentes de los grupos de fuerza de los ayatolás o especialistas en comida oriental, con especialización en shawarma y baklava.

    Nadie sabe si los venezolanos venían rajando (como 5 millones de compatriotas más) del régimen de Maduro o si eran epidemiólogos que venían a integrarse al sistema de salud argentino.

    Y los uruguayos tampoco sabemos. Pero por supuesto el gobierno dice que acá no bajarían estos fantasmas, que andá a saber qué miércoles venían a hacer en la zona, y la oposición interpelará a los ministros Heber y García, a ver por qué rechazaron un avión de una nación hermana, socialista del siglo XXI, y tripulado por los hermanos iraníes, que siempre han sido amigos y, si no, que le pregunten a Daisy Tourné y a Ivonne Passada, que hace unos años se pusieron el velo islámico para reunirse con el presidente de Irán y hablar de los derechos de la mujer en ese querido país.

    Pero resulta que fuentes de la inteligencia internacional, que hemos consultado, afirman que el avión traía un toco de guita, más de 2.300 millones de dólares, destinados a financiar la isla artificial que se piensa construir frente a Punta Gorda. Los accionistas del proyecto, que se sabe ahora son un sobrino de Diosdado Cabello, un primo de Escobar Gaviria, un nieto de George Soros y el presidente de una empresa estonia llamada Kirma, y un ahijado de Antonini Wilson habían organizado hábilmente todo para que el vuelo terminara finalmente en Uruguay, donde se entregaría el monto que permitiría financiar el megaproyecto.

    En una palabra, si el gobierno uruguayo hubiera autorizado el aterrizaje y la oposición se hubiera quedado en el molde o, más aún, hubiera apoyado la llegada del avión al Uruguay, habríamos logrado (¡por fin!) una política de Estado que nos hubiera permitido concretar una de las más brillantes y progresistas inversiones de los últimos tiempos.

    Conclusión: nos quedamos sin el pan y sin la torta… y sin la isla.

    Una injusticia.

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