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    Una parábola y el fútbol uruguayo

    Sr. Director:

    Parábola de los labradores ingratos.

    Un hombre joven solía pasar a diario por un campo en el que veía a muchos labradores trabajar duramente, en condiciones muy precarias, a cambio, apenas, de lo suficiente para su subsistencia.

    El joven, que no poseía más que su inteligencia y su vigorosa iniciativa, se detuvo un día, habló con un puñado de los trabajadores y les ofreció llevarlos a trabajar a otros campos, en mejores condiciones.

    En su permanente deambular, el joven había visto, en otra región, grandes campos en rica producción, cuyos trabajadores no daban abasto a la hora de la labranza, el cultivo y la cosecha.

    Hacia allí se dirigió con su pandilla de trabajadores, los presentó a los capataces y exigió para ellos condiciones mucho mejores que las que padecían en el campo del que venían. Aceptadas esas condiciones reclamó para sí un porcentaje del beneficio que obtuviese el terrateniente con el esfuerzo de estos nuevos trabajadores.

    Como el procedimiento fue fructífero para todos, se repitió durante muchas cosechas.

    El joven llegó a amasar una fortuna. Los trabajadores obtuvieron una paga generosa por su esfuerzo. Algunos de ellos, incluso, ascendieron a capataces, compraron sus propias parcelas y también, con su trabajo, hicieron fortuna.

    En ese punto, mirando sus robustas manos callosas, vislumbraron que habían prosperado gracias a su esfuerzo. En cambio, al comparar sus manos con las de aquel joven (ya no lo era tanto) se percataron de que, blancas y delicadas, esas manos nunca se habían hundido en la tierra y, sin embargo, habían amasado una fortuna.

    —“Eso está mal” —se dijeron.

    Volvieron al campo de sus orígenes y advirtieron a los trabajadores acerca del exjoven: “No se dejen engañar por él. No es de confiar. Ha hecho una fortuna sin levantar nunca una azada. No acepten acompañarlo a otros campos”.

    Así que, cuando pasó el exjoven, como todos los años, los actuales trabajadores del campo original lo echaron de malos modos.

    Seguían trabajando en condiciones miserables, ahora un poco peor, porque por muchos años, los mejores trabajadores, los que más sabían de las duras tareas agrícolas, se habían ido con el exjoven a otros campos, empobreciendo aún más a este establecimiento.

    Los trabajadores que habían prosperado en los nuevos campos no ayudaron ni aportaron nada para sacar de su triste condición a los labradores del campo original.

    “¡Valiente! —decían. — ¡Los hemos advertido contra ese abusador del exjoven! Lo demás tienen que hacerlo por su cuenta, como nosotros, con su trabajo y esfuerzo”.

    Así las cosas volvieron al punto de inicio, como siempre, como una serpiente que se mordiese la cola.

    Hasta aquí la parábola.

    Si alguien pretendiese ver en ella algún punto de contacto con el fútbol uruguayo, es fruto de su imaginación.

    Álvaro Secondo Escandell

    CI 1.174.509-9