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    Una simple frase

    Nº 2204 - 15 al 21 de Diciembre de 2022

    por Antonio Pippo

    Suele ocurrir, con más frecuencia de lo que se podría suponer, que una frase de uno de dos interlocutores, en brevísimo y casual diálogo, provoque en el otro un efecto inesperado, iluminándole un nuevo camino y contagiándole optimismo.

    Jacobo Fijman, nacido en 1898 en Moldavia y afincado como hijo mayor de un matrimonio inmigrante en Argentina, tenía dos hermanos y tres más nacieron en la nueva tierra. Tuvo una niñez tumultuosa y difícil, aunque destacó su precoz creatividad: primero, en el dibujo, luego, en la música a través del violín y, finalmente, en la poesía; además, al paso de los años, estudió filosofía antigua, griego y latín. Trabajando un breve lapso como profesor en un liceo de señoritas sufrió la primera de sus crisis mentales, que se harían recurrentes y lo conducirían por oscuros recovecos de la vida. Abandonó su hogar y se convirtió en un vagabundo que se ganaba la vida tocando el violín en las calles. Fue detenido por la policía, maltratado y encarcelado en Devoto. La consecuencia fue su primera internación en un psiquiátrico, afectado por delirios; fue dado de alta seis meses después de ser sometido a tratamientos de electroshocks.

    Fue entonces que tuvo uno de sus momentos de iluminación, conoció a Borges, a Oliverio Girondo y a Leopoldo Marechal, fue uno de los fundadores del Grupo Martín Fierro y publicó, con ayuda de amigos, su primer libro: Molino Rojo, en 1926. Trabajó además como periodista, incluyendo un pasaje por Uruguay, y se destacó en Crítica y Mundo Argentino. Entre 1927 y 1928 viajó a Europa, se relacionó con Breton, Êluard y Artaud y tuvo su primera crisis mística. Al regreso, editó Hecho de estampas y Estrellas de la mañana y fue celebrado por la crítica, pero su estado mental empeoró: sus ingresos, salidas y reingresos al Hospital Borda se hicieron frecuentes hasta su internación definitiva en 1943, con salidas semanales bajo responsabilidad de un tutor.

    Mientras tanto, ignorante de todo esto, Astor Piazzolla pasaba una de sus etapas de exasperación; se había convencido de que sus aportes de música clásica y jazz al tango, con todo tipo de experimentales matices, “era, nomás, demasiado cerebral”, y buscaba, sin cejar en sus exigencias estéticas, una música más melódica y popular, a la que llamó —equivocadamente— “tango clásico”, que era otra cosa y que él nunca tocó. Fue el momento en que aparece Horacio Ferrer en su vida, con su fino decir, su elegancia de dandi y sus metáforas audaces. Lo convenció para una primera colaboración, la operita María de Buenos Aires, y después para la serie de baladas: Balada para un loco, Balada para mi muerte —que en realidad fue la primera y la que siempre prefirió Piazzolla—, Balada para él, Balada para la Cruz del Sur y el resto de las obras compuestas en conjunto: Chiquilín de Bachín, La bicicleta blanca, La última grela, El gordo triste y tantas más.

    Todo tanguero sabe que el tema que abrió a Astor una popularidad jamás sentida fue Balada para un loco, que termina siendo, de algún modo, el enlace para aquel diálogo dibujado al principio.

    Presentada en noviembre de 1969 en el certamen de obras inéditas del Primer Festival Buenos Aires de la Canción y la Danza, quedó en segundo lugar, detrás de Hasta el último tren, de Camilloni y Ahumada; además, la interpretación de Amelita Baltar desató entre el público de un Luna Park repleto una reacción desconcertante: la mitad aplaudió fervorosamente y el resto reprobó con silbidos y abucheos. Piazzolla regresó a un estado de excitación y confusión, pese al estímulo de Ferrer.

    Es entonces que, inesperadamente, los invitan del Hospital Borda a ejecutar sus baladas, cerrando, precisamente, con Balada para un loco. Piazzolla se negó, porque temía la reacción de los pacientes a la letra de su canción; sin embargo, los médicos lo convencieron y, finalmente, el espectáculo cerró con ella: y fue el milagro, los enfermos no solo aplaudieron sino que corearon varias partes porque las habían aprendido.

    Cuenta Astor sobre el ágape posterior: “Se me acercó un hombre de mirada transparente y me dijo unos versos breves pero hermosos. Luego, una frase que me impactó: ‘Para qué voy a salir de aquí si afuera todo es peor’. Recordando ese episodio, y en mi lucha, muchas veces me acordé y le di la razón”.

    Ese hombre era Jacobo Fijman. Un año después, el 1º de diciembre de 1970, fallecía en el Borda, víctima de un edema pulmonar.

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