Muchas veces escuchamos hablar de crisis o falta de valores. Entendemos más apropiado hablar de una sustitución de valores, pues una sociedad se sostiene por aquellos que hacen a su entramado social, exaltándose algunos, serenándose otros y adormeciéndose otros. Sería de muy buen arte desentrañar y conocer esa ligazón, por supuesto ardua tarea, pues en la misma participan infinidad de telares e hilanderos que tejen y destejen permanentemente. La sociedad ideal debiera ser un telar entramado de diversidades que le permitiera sostenerse adecuadamente, siendo un seguro regazo para sus ciudadanos.
Un día despertamos y aquella sociedad de bienestar, educada y de oportunidades, fue testigo de mudo dolor cuando sus hijos, como noveles inmigrantes, apuntaban sus barcas en la grandiosa mar y partían en la conquista de las tierras de sus abuelos. El tejido social comenzaba a destejerse y a deshilacharse. Allá iban nuestros jóvenes, paradojalmente separados por un mar, pero cercanos por la tecnología. Nos habíamos convertido apresuradamente en usuarios de la comunicación virtual, y nuestra cámara web pasó a ser un objeto de culto, pues ella, como mágico artilugio, nos permitía ofrendar nuestros afectos.
Nos reconvertimos aceleradamente en ciudadanos globalizados de un mundo plural y diverso, y de una inmediatez subyugante. Y así, culturas y formas de vida diferentes sintieron los sinsabores del desarrollo, siempre inacabado y socialmente contrapuesto, donde por un lado, los intereses homogeneizadores no lograban sus objetivos y, por otro, las formas de expresión de las minorías comenzaban a potenciar sus rasgos más identitarios, como forma de preservar su existencia, surgiendo además nuevas formas, muchas de ellas consecuencias residuales del proceso globalizador.
Seguramente la principal responsabilidad es de la sociedad de consumo, con su fuerte dosis de hedonismo, donde, con una avasallante velocidad, una cosa deja libre el espacio que ocupaba para inmediatamente ser ocupado por otra cosa, prometida esta última como mejor, pero no forzosamente necesaria y preferible a la anterior, aunque irremediablemente irresistible pues así nos lo hacen saber como cantos de sirena los medios de comunicación.
Y, a mi entender, esto es lo que nos está sucediendo. Hemos sacado tantas cosas de nuestras vidas sustituyéndolas por otras que hemos creído mejores, que vamos perdiendo aquellas realmente importantes, quedándonos con un egoísmo de torpe impronta materialista. Es el triunfo del aparentar sobre el ser, que se refleja muchas veces en un vacío interior y socialmente en un caos exterior.
Pareciera que nada vale por sí mismo sino por su utilidad. El otro no es un ser humano con sus valores a cuestas sino un probable competidor. La obra de arte no deslumbra por su belleza sino por su ocasional inversión especulativa. Estudiar no es un placer; es un mero trámite tedioso, y vaya a saber si nos será de utilidad. Solo lo cuantificable se convirtió en objeto de culto complaciente.
¿Cuántas veces desistimos trocar en algo la realidad, en aras de la búsqueda del éxito personal excluyente? ¿Cuántas veces desistimos de entregar nuestro valioso tiempo por el simple hecho de que la tarea a realizar no es rentada o rentable?
La intensa relación con el presente lleva a valorar mucho más lo cotidiano, a vivir más plenamente los problemas concretos de la vida. Esta perspectiva, inmediatista, empuja a nuestra sociedad hacia lo pragmático, lo vivencial, lo meramente personal.
Y no solo las sociedades desarrolladas son las más vulnerables, pues en la medida en que los valores sociales respondan fundamentalmente a criterios de tener y no de ser, y la sociedad dedique ingentes esfuerzos en destacar esos valores, quienes no puedan satisfacerlos se verán tentados de conseguirlos por vías diferentes.
Aquellos proyectos de generoso idealismo van perdiendo estatura frente a los intereses de inmediatez individualista. La consigna es vivir el ahora con febril intensidad. Pareciera que preocuparse por cosas que ya pasaron y por las cuales nada podemos hacer, desgastan la energía disponible para vivir el presente, perdiendo la valiosísima oportunidad de revisar y valorar las experiencias pasadas, no como un ejercicio de nostalgia dolorosa, sino para aprender. Por otra parte, planear estrategias para alcanzar un estadio reconfortante parece resultar también un ejercicio fatigante.
Y debiéramos preguntarnos: ¿Nos satisface plenamente un mundo así? ¿Qué podemos hacer en nuestro entorno íntimo y como sociedad?
Como ciudadanos, podemos adaptarnos o ser protagonistas pugnando por los espacios de compromiso, empezando por la primera tarea socializadora, la más dulce y difícil, que es con nuestros hijos en el entorno familiar.
Desde siempre, los seres humanos, dado su carácter gregario y sociable, han tendido a vivir en grandes colectivos (tribus, clanes), hasta llegar a la formación de unidades con su correspondiente descendencia, a lo que mucho después se llamó familia.
Y si bien con el correr de los tiempos han surgido distintos tipos, familia nuclear, familia monoparental, familia de padres y madres solteros, familia en que ambos integrantes son del mismo sexo, etc., cualquiera fuese su constitución e integración, la familia como núcleo básico de la sociedad debiera desempeñar ciertas funciones que le son propias y una de ellas es la educativa-socializadora, encargándose de impartir valores como el respeto, la honestidad, el trabajo, la tolerancia y la fraternidad.
Estudiosos del tema social advierten que el sentido de pérdida referencial de la familia, junto a la inoperancia en la formación y transmisión de valores en la educación formal, guardan relación directa con la grave claudicación en el área formativa en las primeras edades. Y muchas veces la familia puede y cuida la salud de sus hijos, los alimenta, paga sus estudios y no alcanza, pues no ha dedicado los suficientes denuedos en formar en valores, que es la esencia misma de toda educación. Si creemos que otros pueden sustituirnos en esta tarea, dejaremos el terreno fértil para que las redes sociales nos subroguen, sustituyendo afectos y banalizando sentimientos, con las consecuencias y riesgos asociados.
Pero la familia no puede funcionar sola; debe ser aliada de la educación formal desde las tempranas edades, trasformándose en herramienta con la cual hilar el tejido social. Las ONG y otras instituciones también tienen sus responsabilidades en esta tarea. Cuando todo conjuga, la hábil tejeduría de múltiples factores sociales configura el entramado social, siendo un desencadenante positivo en la vida del individuo.
Cuando el tejido social se deteriora, con la finalidad de paliar el deterioro la sociedad tiende a aplicar medidas de contención y solución de la problemática inmediata. El problema subsiste cuando ese tipo de medidas van más allá de lo puntualmente necesario y se cae en la beneficencia sin contrapartida, con la consecuente aquiescencia de aquellos beneficiarios, quienes van generando otros códigos de comportamiento donde el encanto complaciente, adormecido, de recibir sin dar, sin la contrapartida que nos hace humildes hacedores del mañana, se convierte en formas inaprehensibles de seguir viviendo en la misma situación de deterioro social.
Más allá de la solución de los problemas ineludibles de inmediatez, y que es de fundamental importancia solucionar, estamos formando ciudadanos en una ofensiva marginalidad donde el ordenamiento social se conmuta y aquello de no infringir la ley pasa a ser un supuesto de otros, porque no se les enseña en su marginalidad material y espiritual que el contrato social entre todos es la única garantía de supervivencia en paz, y que las necesidades materiales son un bien de obtención con el esfuerzo y el trabajo, y no por medio de la violencia, muchas veces irracional, donde sus víctimas, más que un trofeo del argot de la delincuencia, serán espectros que les abrumarán en su fatal inconsciencia, pues estos ciudadanos, en esas condiciones, no podrán salir de su infortunio.
Pero entonces, si como sociedad conocemos el diagnóstico, y sabemos que si no actuamos con la inmediatez e inteligencia necesarias el desborde será de consecuencias imprevisibles, y, además, si todos los actores sociales somos contestes en cuanto a que la educación desde tempranas edades, como así la inclusión social que satisfaga necesidades básicas, son presupuestos en toda sociedad que pretenda tener movilidad social, nos preguntamos: ¿cuáles son los impedimentos para no ejercer con justeza una buena formación educativa por parte de la sociedad si sabemos que sembrar en la conciencias de los educandos permitirá la buena cosecha y alejará tempestades?
Necesitamos educandos íntimamente comprometidos en una convivencia en paz y tolerancia. Y para ello, nuestros niños y jóvenes deben recibir la educación adecuada desde sus primeros años como ciudadanos, enseñándoles de la importancia del ordenamiento social, comprendiendo qué tan importante es no infringir la ley, y que es el esfuerzo y un horizonte de sueños lo que nos hace mejores y más felices ciudadanos.
Vayamos entonces al reencuentro de aquellos valores universales y atemporales, sabiendo que somos depositarios circunstanciales de una sociedad que nos fue entregada, con su bagaje de sueños y esfuerzos, por quienes nos precedieron en el camino. Tenemos que ser todos constructores de una sociedad más humana y vivible, y así legarla a nuestros hijos.
No es una tarea fácil. Y nunca lo ha sido. Pero con el despertar de la experiencia adormecida y un horizonte esperanzador, la misma debe ser llevada a cabo.
Jorge Arnaldi
CI 1.240.793-7