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    Uruguay como un lugar estratégico en la guerra de inteligencia

    El dirigente socialista Vivian Trías, uno de los fundadores del Frente Amplio, fue 13 años colaborador de la inteligencia checoslovaca

    Primer Directorio del StB. El nombre de la agencia de inteligencia exterior de Checoslovaquia, un país que estuvo bajo la órbita soviética entre 1945 y 1990, no formaba parte de la realidad, mitología y ficción que siempre rodean —en proporciones a menudo interesadas— la actuación de los servicios. No al menos para el público uruguayo.

    Sin embargo, una investigación de dos periodistas europeos que bucearon en los archivos desclasificados por el gobierno de Praga en busca de huellas de la actuación checoslovaca en Brasil, encontró una sorpresa. Documentos que prueban la colaboración permanente del dirigente socialista uruguayo Vivian Trías y de su esposa María Lafitte entre 1964 y 1977 con el StB.

    Trías, camuflado bajo el nombre de guerra Ríos, no era un espía cualquiera sino “el mayor agente en América Latina” según la propia agencia que lo definió en la categoría de “agente reclutador”. A cambio de su colaboración, en cambio, recibía una paga bastante magra: 200 dólares mensuales (1.500 de hoy) y a veces otras sumas de dinero para editar libros más un viaje a Perú para estudiar el régimen encabezado por el general Juan Velasco Alvarado. Ademas recibía algunos regalos como whisky, cigarrillos y un televisor.

    El jueves 19, la parte fundamental de la investigación (disponible en StBnobrasil en Internet) fue difundida en Uruguay por el programa televisivo En la mira (VTV) que conduce el periodista Gabriel Pereyra.

    Los investigadores sostienen que si bien fue reclutado por su ideología, luego, como se vio, se convirtió en un agente pago. Entre los documentos desclasificados están los recibos de alquiler de un apartamento en Ciudad Vieja, donde se hacían los encuentros clandestinos.

    Fuentes del Frente Amplio, la fuerza que Trías cofundó saliendo diputado del Partido Socialista (PS) en 1971, dijeron a Búsqueda que en esa misma oficina Trías realizó contactos clandestinos con el entonces coronel Pedro Aguerre para organizar el plan antigolpe al mando del general Liber Seregni.

    Después del golpe de Estado de 1973 en Uruguay, el StB hizo un impase para no comprometer la operación, pero luego la retomó. “Depende financieramente de nosotros”, consignó el agente en su archivo.

    El PS había pasado a la clandestinidad ya en 1967, cuando fue ilegalizado por el gobierno de Jorge Pacheco, aunque luego tuvo un período legal.

    La primera reacción del PS y de la Fundación Vivian Trías, que ayer miércoles realizó una charla para debatir el aporte de Trías al estudio critico de la Revolución rusa de 1917, fue no dar crédito a la noticia.

    Una declaración del PS argumentó incluso que no se hará eco de “versiones de prensa basadas en documentación de dudosa verosimilitud” y que el partido “jamás va a mancillar el buen nombre de quien no se pueda defender”, ya que falleció en 1980, tres años después de que Praga cerrara la rezidentura en Montevideo y traspasara los activos al KGB.

    En un artículo publicado por el portal uypress, el uruguayo residente en Praga Luis Turiansky también puso en duda la veracidad de las fuentes y algunos historiadores consultados advirtieron respecto a una posible manipulación.

    “La izquierda, al menos la de antes, solía decir con el Che Guevara que ‘la verdad es siempre revolucionaria’. Me pregunto si lo siguen pensando. O si consideran que la ‘verdad es revolucionaria’ si y solamente si se ajusta a las convicciones, creencias e intereses directamente involucrados”, escribió esta semana el politólogo Adolfo Garcé en El Observador.

    En una línea de interpretación similar, el historiador Fernando López D’Alesandro dijo a Búsqueda que confía en la veracidad de los documentos divulgados por Mauro Kraenski y Vladimir Petrilak. “Son verdaderos” y “además si uno analiza la actuación de Trías en esos años hay coincidencias demasiado grandes”, aseguró.

    López, que militó en el PS hasta hace unos años, dijo que tenía la misma versión desde la década de 1990 pero que no había obtenido las pruebas de que se dispone ahora y que fueron ubicadas en un repositorio documental confiable, más allá de interpretaciones ideológicas.

    Uno de los puntos que hacen más compleja la comprensión de la colaboración de Trías con el bloque soviético es que el PS estuvo en contra de la invasión de Checoslovaquia de 1968 para aplastar con tanques la llamada Primavera de Praga.

    Para este historiador, el hecho de que haya sido el escritor Eduardo Galeano y no Trías quien apareciera en público condenando la invasión explica el conflicto íntimo que debe haber tenido el profesor pedrense.

    Por otra parte —explicó— Rumania, un país donde se formaron muchos socialistas uruguayos, fue el único país del bloque soviético que no acompañó la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia, que también rechazaron los partidos comunistas de Italia, Francia y España dando lugar al nacimiento del llamado eurocomunismo.

    Analistas de inteligencia consultados confirmaron que la versión difundida por el portal brasileño es verosímil pero que seguramente Trías, aunque haya hecho un curso en Chile, no era un espía clásico sino un analista que realizaba apreciaciones de inteligencia estratégica.

    Nardone y la CIA.

    El caso más parecido al de Trías, en Uruguay, pero de signo contrario, es el del político ruralista Benito Nardone y su esposa Olga Clérici.

    Nardone, que llegó a ser presidente del gobierno colegiado en 1961, fue un popular dirigente con buena llegada al campo y se distinguía por anticomunista.

    En 1975, el exagente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) Philip Agee publicó un libro con algunas de sus experiencias en México, Ecuador y Uruguay.

    Entre otras cosas, el disidente que murió en 2008 en Cuba donde creó la empresa de turismo Cubalinda, contó que Nardone, apodado Chico Tazo, su esposa y el empresario Juan José Gari eran “agentes políticos” de la Estación de la CIA en Montevideo.

    Una de las diferencias con el caso Trías, además de que en 1975 no existía Internet, es que no hay documentos desclasificados a la vista. Otra es que mientras el socialista fue un político de la oposición, Nardone accedió al gobierno, por lo cual sus vínculos con los estadounidenses, que lo convirtieron en el “más importante agente de operaciones políticas de la CIA” hasta 1963, debieron rendir mejores frutos.

    La historiadora Clara Aldrighi explicó en un articulo publicado en Brecha en 2005 que uno de los logros más valorados por Washington fue la expulsión del embajador cubano.

    La historiadora afirma que “existen pruebas, al menos hasta 1996, de que funcionarios de la CIA con cobertura diplomática organizaron y financiaron una red ilegal y secreta para espiar ciudadanos extranjeros y uruguayos, apoderarse de secretos de Estado para transmitirlos a una potencia extranjera, presentar informes falsos al gobierno, difundir infundios en la prensa y atentar violentamente contra personas”.

    La estación de Montevideo era considerada de mediano porte en comparación con las del resto del mundo: 14 personas y un presupuesto de un millón de dólares anuales (unos US$ 7,9 millones de hoy).

    Archivos de inteligencia militar uruguaya a los que accedió el periodista del semanario Brecha Samuel Blixen dan cuenta que la CIA contó con 37 agentes de inteligencia local a sueldo.

    Un mundo de ilegales.

    Las actividades de inteligencia en Uruguay no comenzaron (ni finalizaron) con la Guerra Fría en las que se movieron Trías y Nardone.

    Un analista consultado explicó que el país es terrreno propicio como zona de planificación y tránsito y solo algunas veces como santuario u operaciones. Las ventajas que ofrece son: fronteras permeables y fuera de control, accesibilidad, distancias cortas, una ciudad capital grande y baja densidad en el resto.

    Algunos casos de cómo operaron y operan diferentes servicios en Uruguay están incorporados a la literatura. En El fantasma de Harlot, el escritor estadounidense Norman Mailer dedica más de cien páginas a las actividades de un famoso agente en Uruguay, mientras que en la última novela de Fernando Butazzoni, Una historia americana, ambientada en 1970, se describe una blackop (operación negra) de la CIA sobre el gobierno de Jorge Pacheco Areco.

    Grigulievich.

    Más atrás en el tiempo, la investigadora costarricense Ross Majorie publicó en 2004 El secreto encanto de la KGB. Las cinco vidas de Iosif Grigulievich. En una de esas “cinco vidas” el agente operó varias veces en Uruguay.

    La autora cuenta la novelesca peripecia de cómo un soviético nacido en Lituania llegó a ser embajador de Costa Rica en Italia y a fotografiarse sonriente con el Papa en la década de 1950.

    La mayoría de las menciones a Uruguay son laterales. Por ejemplo, el agente se encuentra en Montevideo con su esposa Laura luego de participar en la Operación Pato, nombre clave que dio Moscú al atentado contra la vida del fundador del Ejército Rojo, León Trotsky, en México.

    El libro revela también que después de actuar en México uno de ellos fue destinado a realizar inteligencia y sabotajes antinazis a ambos lados del río y se había radicado en Montevideo bajo el nombre de Alberto Beltrán.

    Grigulievich se hizo pasar por vendedor de radios, electricista, agente de seguros y periodista para “viajar a Uruguay, Bolivia y Paraguay, con la tarea de recabar información de última hora sobre la Guerra del Chaco que terminó en 1935.

    Con base en Buenos Aires, el camaleónico lituano coordinaba el trabajo de agentes en varios países de la región, incluido Uruguay, y prestaba especial atención a los movimientos de los nazis.

    La red montada por Grigulievich pasó a otras manos cuando se instaló un rezidente de la KGB, Valentin Ryaboy, ya bajo la cobertura de la Embajada.

    El momento cumbre de su carrera, no obstante, ocurrió lejos del Plata, en Costa Rica y Europa, donde se caracterizó como Teodoro B. Castro para informar a Moscú.

    No solamente soviéticos, estadounidenses y británicos, que durante la guerra colocaron una base en Solís (Maldonado), estaban interesados en el pequeño enclave entre Brasil y Argentina.

    Nazis.

    Fuentes de la inteligencia uruguaya dijeron a Búsqueda que en los años previos a la II Guerra Mundial, bajo el nombre de guerra Don Massimo, actuó en Montevideo un agente alemán. La tarea principal de este clandestino, que estaba camuflado como administrador de una importante confitería alemana que aún existe, era informar por radio de los movimientos de los barcos enemigos en los puertos de Montevideo y Buenos Aires. Las comunicaciones llegaban, entre otros, al barco Graf Spee, luego hundido en el Río de la Plata.

    La coronel Patria.

    La revista española Cambio 16 publicó por primera vez en diciembre de 1995 el nombre de África de las Heras en un reportaje acerca de cinco mujeres de ese país que trabajaron para la inteligencia soviética.

    El caso tiene especial relevancia para la historia del espionaje en Uruguay porque esta agente, que murió en Moscú en 1988, el mismo año que Grigulievich, llegó a Montevideo en diciembre de 1948 desde París como esposa del escritor Felisberto Hernández, un furibundo anticomunista. Su última presencia está registrada en 1970.

    En Montevideo era conocida como María Luisa de las Heras Giménez y se dedicó a montar un prestigioso negocio de antigüedades en la Ciudad Vieja.

    Divorciada del escritor, al que usó para entrar legalmente, la agente se quedó en el país, desde donde manejaba una red de espionaje soviética en Estados Unidos especializada en secretos atómicos.

    Algunos años después apareció casada con Valentino Marchetti­, en realidad Enrico Conciani, para quien la etapa en la calle Williman, en el barrio Pocitos, fue apenas una pequeña porción de su larga carrera clandestina que había comenzado como voluntario italiano en la Guerra Civil española.

    El llamado Archivo Mitrojin difundido en parte por la inteligencia británica, lo ubica como rezidente del KGB en Montevideo durante años.

    La mujer que sus amigos uruguayos conocían como una sociable y dulce española que no se metía en política, cocinaba como los dioses y era una dulce tía de sus hijos, tenía un pasado de combatiente en España y de operadora de radio bajo la ocupación nazi en Ucrania y Bielorrusia y estaba al servicio del Comité de Seguridad del Estado (KGB, por su sigla en ruso).

    En 1998 la revista uruguaya Tres publicó un informe en el que se incluyeron datos acerca de su trabajo clandestino y una foto de su tumba moscovita donde consta el seudónimo Patria y la jerarquía de coronel.

    Un espía en Cancillería.

    No tan bien como a Patria le fue a un espía uruguayo. El Servicio de Inteligencia y Enlace (SIE) de la Policía de Montevideo detectó a fines de la década de 1950 la actuación de Oscar Mesutti, un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores que pasaba información a los soviéticos, según el libro Espionaje y Política, de Fernando Aparicio, Roberto García y Mercedes Terra publicado en 2013 luego de una investigación de archivos oficiales.

    La actividad soviética en Uruguay dejó huellas incluso en 2010, cuando un agente fue detenido en Estados Unidos con documentos uruguayos de 1973, incluida una partida de nacimiento como Juan José Lazaro Fuentes en el Hospital Pasteur, según una nota publicada por el periodista Fernando Butazzoni en 2014.

    Alemanes en Presidencia.

    Un caso más reciente ocurrió durante el segundo gobierno de Julio Sanguinetti. Un informe de la revista Posdata dio cuenta de que el funcionario Juan Domínguez fue reclutado por la inteligencia alemana BND mientras estaba destinado a la Junta Nacional de Drogas.

    La Junta, que funcionaba en el edificio Libertad, muy cerca del despacho de Sanguinetti, estaba presidida por el prosecretario de la Presidencia, Alberto Scavarelli, actual director de la Oficina Nacional del Servicio Civil.

    La revista, citando fuentes judiciales, informó que Scavarelli, entonces dirigente colorado, estaba al tanto de los lazos de Domínguez con la agencia alemana pero este lo negó y el caso fue archivado por el juez Rolando Vomero.

    Caso Berríos.

    Otro caso en el que extranjeros utilizaron al Uruguay ocurrió con relación al Plan Cóndor, con participación uruguaya. Investigaciones de la Justicia chilena revelaron que la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y la inteligencia militar tenían a Uruguay como lugar de contacto con sus agentes en Argentina y de refugio no solo en el caso del químico Eugenio Berríos al que asesinaron en 1992 para evitar que pudiera declarar contra el general Augusto Pinochet.

    Argentinos.

    También refugio en Montevideo encontraron dos informáticos argentinos que trabajaron para diversas agencias en su país.

    Uno de ellos, Iván Velázquez, se quedó en Uruguay luego que lo investigara la jueza Graciela Gatti.

    Antes y después de la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman tuvieron lugar encuentros entre operadores de inteligencia de diversas nacionalidades en Montevideo y Punta del Este, en las que tomó parte el responsable de contrainteligencia de la Secretaría de Inteligencia (SI), ex SIDE, Antonio Horacio Stiuso.

    Una de las “bases de operaciones” de Stiuso en Montevideo para contactos con agencias de los países involucrados —Irán, Estados Unidos e Israel— estaba ubicada en el café Expreso Pocitos.

    Información Nacional
    2017-10-26T00:00:00

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