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    Uruguay “no tiene más remedio” que construir una terminal de aguas profundas, aunque el último proyecto era “sobredimensionado”

    Mientras estaba en año sabático, solo dando clases en la Universidad Católica, Fernando Puntigliano se encontró con el empresario Eduardo Nápoli, que lo invitó a trabajar para Utilaje. De esa manera, a fines del 2015, el ingeniero se convirtió en el nuevo director ejecutivo de una empresa “chica” en el sector portuario que lo sedujo por sus valores y su equipo de trabajo, y en la que vio una buena oportunidad de fortalecer el “gobierno corporativo”.

    Entre 2005 y 2009 Puntigliano fue el presidente de la Administración Nacional de Puertos (ANP). Antes había ocupado cargos altos en empresas como MAN Technologie AG en Hamburgo (Alemania) y después pasó a trabajar como gerente general del proyecto Valentines de la minera Aratirí, filial de la india Zamin Ferrous.

    Su desempeño al frente de la ANP hizo que su nombre estuviera en el tintero varias veces para otros cargos públicos, pero esas posibilidades nunca se concretaron. El ejemplo más reciente es el caso de Ancap. Pese a las versiones de prensa, Puntigliano asegura que “nadie lo llamó”.

    En algunos de esos casos quizás influyó lo que él llama “el efecto Aratirí”. El proyecto minero quedó con una imagen “políticamente incorrecta” y por eso es necesario mucho “coraje político” para ofrecerle un cargo público a alguien que estuvo ahí, sostiene.

    Como ejecutivo de un operador privado, Puntigliano cree que hay situaciones que “deberían ser esclarecidas” en las áreas públicas del puerto de Montevideo porque hoy generan “incertidumbre” e “inhiben la inversión”. También piensa que es necesario diseñar un nuevo Plan Maestro para el puerto, porque hoy no se sabe cuál es la visión de la ANP, y un plan nacional de transporte.

    Al mismo tiempo, considera que será “inevitable” para Uruguay tener una “terminal de aguas profundas” dentro de 20 o 25 años. Para lograrlo, con los tiempos del Estado, sostiene que hay que empezar a trabajar “mañana”. Respecto a ese proyecto, cuestiona los avances del gobierno pasado. Piensa que el proyecto era “sobredimensionado” y que la ubicación del puerto se decidió con poca información. Por eso se deben realizar más estudios en los próximos años, afirma.

    Lo que sigue es una síntesis de la entrevista que mantuvo con Búsqueda.

    Volvió al sector portuario pero esta vez en el ámbito privado ¿Cómo ve desde ahí la situación del puerto de Montevideo y de las políticas portuarias en general?

    —En 32 años de trabajo solo cuatro estuve en el sector público. En realidad, soy una persona del sector privado. Lo distinto fue para mí trabajar en el público. No me es extraño estar sentado de este lado pero entiendo más ahora cómo se comporta la ANP como contraparte. Sé cómo se trabaja ahí adentro, sé el amor y el ahínco que pone la gente que trabaja ahí. Creo que se ha ido mejorando la gestión. A mí me hubiera gustado que la dinámica de mejora hubiera sido más rápida. Pero también hay que entender que la ANP está inserta en una estructura estatal muy esclerosada, que no tiene la dinámica suficiente para responder a las demandas del mercado. Hay un problema que trasciende a la ANP y es el Estado uruguayo que tiene una estructura jerárquica y piramidal, muy adecuada para un país de los 40 o 50. Es absolutamente necesario modernizar la arquitectura de procesos para que las decisiones sean más rápidas y eficientes. En la ANP intentamos en el período 2005-2009 una mejora sustantiva en la arquitectura de procesos. Creo que después se siguió implementando. Hay buena fe de parte de las autoridades y de los trabajadores para seguir mejorando.

    ¿Cuáles son hoy los puntos débiles del puerto de Montevideo?

    —Bueno, hay una situación de precariedad para algunas operaciones que inhibe las inversiones. Nosotros tenemos un área sobre la cual trabajamos en la que nos gustaría hacer grandes inversiones, pero tenemos que tener algunas garantías de que vamos a quedarnos en esa área o que nos van a dar otra donde lo podamos hacer. Esa situación la viven todas las empresas. Creo que hay alguna situación que debería ser esclarecida. Hay una incertidumbre importante que inhibe la inversión.

    Eso de la precariedad es una de las quejas que frecuentemente formula la terminal privada TCP respecto a su competidora Montecon. Los cruces entre esas empresas vienen desde hace años y siempre el gobierno dice que está por tomar una decisión. ¿Por qué cree que se extiende tanto esa indefinición?

    —Creo que la situación jurídica es intrincada. No es fácil para la ANP tomar una decisión. Por un lado hay un período de tiempo por el cual hay que proteger la inversión del concesionario TCP. Ahora, ¿cuánto es el tiempo que hay que protegerla? Lo tienen que resolver las autoridades y no es un tema fácil. Es muy difícil y como estuve del otro lado no voy a opinar de esto. En realidad, uno tiene que abrazar a todos quienes operan en el puerto. Es como ser padre de muchos chicos. Hay que cuidar a todos y todos reclaman.

    Además de lo intrincado están las consecuencias que puede traer cualquier decisión. Siempre hay amenazas de juicios…

    —Sí. Pero más allá de las diferencias jurídicas, Uruguay tiene un rol como centro logístico regional. Lo primario es que ese rol ayude al comercio exterior de Uruguay y a que los productos uruguayos sean más competitivos en el mercado de destino. Esa máxima es la que hay que tomar para medir todo. No es fácil armar una política que satisfaga a todos. El objetivo principal es llegar a un consenso que asegure el buen posicionamiento del Puerto de Montevideo y de los puertos de Uruguay porque a la larga eso fortalece al comercio exterior.

    Lo que parece estar detrás de toda la polémica de esto es el rol que deben jugar las áreas públicas. Es decir, en las terminales privadas no hay polémicas.

    —Sí. Si viene TCP y le dice a usted “quiero invertir y hacer más muelles y poner más pórticos”, usted le tiene que decir: claro, vamos arriba, hagamos todo. Ahora, si hay condicionamientos hay que pensarlos muy bien. Si viene Montecon y le dice que quiere hacer una nueva terminal de contenedores. usted tiene que ver si eso no pone en peligro la inversión hecha por TCP, si ya tuvo su retorno… A mí me parece que las inversiones son bienvenidas, la cuestión es que sean ajustadas a un plan general que tenga la ANP. En este momento, caducó el Plan Maestro y hay que hacer otro. ¿Cuál es la visión que tiene la ANP? Todavía no la sabemos. No sabemos cuál es el nuevo plan. Yo tendría una visión determinada. Pero hay un trabajo prospectivo por hacer. Además, tenemos otros problemas por resolver. Los puertos no son objetivos en sí mismos, son eslabones de la cadena logística. Es decir, que se tienen que desarrollar de acuerdo a un plan nacional de transporte. Y como Uruguay mueve carga para la región, ese plan tiene que estar inserto en una visión regional del transporte. Me parece que el esfuerzo más grande hay que hacerlo para definir exactamente qué es lo que quiere hacer Uruguay dentro de 20 años y, de acuerdo a eso, ir proyectando hacia abajo. En eso está bueno también involucrar a los privados y a la comunidad portuaria.

    Me parece que está faltando un ejercicio prospectivo. Capaz que el Ministerio de Transporte lo está haciendo y yo no me enteré. Esto vale para todas las áreas.

    La gestión es una de sus especialidades y es justamente uno de los principales cuestionamientos de la oposición al gobierno. En particular, en el último tiempo han apuntado a las empresas públicas. ¿Cómo evalúa el trabajo del Frente Amplio en las empresas públicas?

    —Creo que no es un problema del Frente Amplio. Es un problema del país. Para mí es necesario transformar la gestión del Estado y la arquitectura de procesos del Estado para darle mayor dinámica, eficiencia y conocimiento técnico. Mucha gente piensa que el Estado es un desastre en Uruguay. No es un desastre. La presencia institucional es importante y es fuerte. Es un buen Estado para otra época. Lo que le falta a la gestión del Estado es modernización. Hay que ponerse las pilas con eso. Pienso que se perdieron algunas posibilidades de hacer transformaciones sustantivas. En algunas áreas se hicieron mejoras, se sigue trabajando, hay empresas que se gestionan bien. Pienso que voluntad hubo. No siempre salen las cosas bien. A mí me ha pasado en la vida que tuve muchos fracasos y de los fracasos uno aprende mucho.

    ¿Por qué cree que fracasó el proyecto de Aratirí?

    —Soy de la idea de que la ley de minería de gran porte hace imposible el proyecto. No creo que haya habido mala voluntad del gobierno pero el efecto se vio inmediatamente: todas las empresas que estaban se fueron. Quedaron los que ya habían invertido. Fue una decisión soberana. El país decidió que quiere participar de la inversión minera en un grado mucho mayor de lo que participaba. Fue una ley notoriamente de izquierda. De izquierda tradicional diría. De alguna manera estatizó el proyecto y eso desmotivó a los inversores.

    ¿Por eso renunció?

    —También teníamos diferencias sobre la gestión financiera y se las planteé al dueño con mucha lealtad en julio de 2014. Le avisé con mucho tiempo para que el pudiera planificar los cambios. Hay cosas que para mí son sagradas. Yo me cuidé mucho de que se cumplieran algunas cosas. Por ejemplo, el pago de salarios. Lo que ha pasado con los trabajadores de Aratirí no debió haber pasado, esto de que no se pagara lo acordado. Pero el proyecto ya no es posible y yo ya no quería seguir perdiendo mi tiempo. Hubo cosas que no debieron pasar. Creo que la empresa se equivocó en algunas cosas. Con todo el respeto que tengo por ellos, porque hicieron una inversión y un estudio geológico monumental, que demuestra que tenemos recursos 20 veces mayores a los que pensábamos. Ahora tengo más libertad para hablar. Pienso que la empresa cometió varios errores y el Estado cometió aún más errores

    ¿Piensa que el puerto de aguas profundas sigue siendo una necesidad para el país?

    —Estoy trabajando en ejercicios prospectivos sobre el país. Lo hice un poco en la Universidad Católica, donde soy docente, pero también con un grupo especial de expertos. Quizás lo publiquemos en un año. Uruguay no tiene más remedio que ser una terminal de aguas profundas. No puede demorar más de 20 o 25 años en hacerlo. Para los tiempos del Estado 20 o 25 años es mañana. Yo tenía, y esto lo sabe José Mujica y la gente de la Cipap (Comisión Interministerial para el Puerto de Aguas Profundas), discrepancias muy grandes con el concepto de puerto que se estaba haciendo. Me parecía absolutamente sobredimensionado. No se necesita una cosa de esa escala. Hay que hacer una terminal, algo gradual, algo pequeño. Ahora, dado que desde mi punto de vista el proyecto de Aratirí no va a salir, la urgencia por hacer una terminal de estas no es tan grande. Si bien creo que ya hay que empezar a trabajar, la pregunta que hago es: ¿por qué no hacemos estudios en más lugares? ¿Vale la pena hacer estudios batimétricos y geotécnicos? Me parece que hay que hacerlos, que sería bueno un análisis más pormenorizado de la costa y usar una matriz de decisión más sólida que la que utilizó la Cipap para elegir El Palenque. Realmente, uno la mira y era una matriz con muchas debilidades. Con muy poca información se tomó la decisión. El proyecto es mañana. Pero tenemos la oportunidad de analizar un poco más detenidamente la costa. En uno o dos años tiene que estar elegido el lugar. Me parece que es inevitable hacer una terminal de aguas profundas.

    Ancap y “el efecto Aratirí”

    ¿Lo llamaron para ofrecerle la presidencia de Ancap?

    —Nadie se comunicó conmigo. Me llamaron la atención las versiones que dicen que Vázquez me lo ofreció y que yo dije que no y que él insistió. Es absurdo. No tuve una sola comunicación ni de Vázquez ni de nadie en el Estado. Pasó lo mismo cuando apareció mi nombre para la Corporación Nacional para el Desarrollo. Me llaman hasta para felicitarme. Les tengo que contestar a todos que no me llamó nadie.

    ¿Y si te hubieran llamado aceptabas?

    —Difícil. Me siento muy pero muy bien en Utilaje. Tendría que ser un desafío demasiado grande para sustituir esto.

    Ancap parece un desafío grande.

    —Sí. Lo que pienso es que en Ancap hay que ser muy respetuoso con las personas que han estado ahí. Con todas las personas que han pasado en los últimos años, porque es muy fácil hablar desde afuera y sin conocimiento de causa de cómo se llegó a las decisiones. Yo no me he metido en el tema y entonces es muy difícil decir si no hubiera hecho lo mismo.

    ¿Piensa volver al sector público? ¿Le gustaría?

    —La pregunta no soy yo. Es si el sector público me quiere (ríe). Cuando estaba en docencia en la Universidad Católica, tal vez hubiera agarrado. Ahora es muy difícil. Estoy muy bien acá. Me trata muy bien esta empresa y quiero devolverle la confianza que me está dando.

    ¿Cree que haber aceptado formar parte de Aratirí le hace perder oportunidades en el sector público?

    —Obviamente. Es el efecto Aratirí. Hay que tener mucho coraje político para traer a alguien que estuvo en Aratirí. Hay gente que no tiene ese coraje. Aratirí terminó siendo un proyecto hasta políticamente incorrecto. Es muy difícil llamar a alguien que estuvo ahí. A mí realmente no me importa. Yo sé que desde Aratirí hicimos un equipo uruguayo que trabajó brutalmente para intentar ganar el know how para el Uruguay, cuando adentro de la empresa era muy difícil. Estaba todo centralizado en Londres. Fue una lucha descomunal. Al final los modelos financieros se hicieron en Uruguay. La inteligencia se empezó a concertar en Uruguay. Eso fue una lucha y hoy el equipo que tiene Aratirí es extraordinariamente bueno. La parte medioambiental, que es muy criticada, es extraordinariamente buena. Yo invitaría a mucha gente a que leyera de verdad ese mamotreto que es el estudio ambiental más grande de la historia del país. Casi diez veces más grande que el de Botnia y Montes del Plata. Con mayores detalles, con descubrimientos de nuevas especies, que ya advertía lo que podía pasar en los cauces de agua con niveles de nutrientes que estaban por encima de lo normal. Eso ya estaba advertido en el estudio. Realmente es un buen estudio pero como el proyecto es políticamente incorrecto todo lo que está ahí, por definición, está mal (ríe). Es muy difícil hablar fuera de las barricadas en esto.