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    Uruguayito que vienes…

    Un famoso poema de Antonio Machado, muy breve, en su segunda estrofa dice: “Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”.

    La España que le helaba el corazón a Machado, y que amenazaba a las futuras generaciones de españoles, es definida en el poema “El mañana efímero”: “La España de charanga y pandereta/ cerrado y sacristía”. Se refiere a la España ociosa, inútil, fiestera. Con un aparato ideológico (el catolicismo recalcitrante) como contracara.

    Hoy, luego de haber visto las huestes de Peñarol, luego de oír hablar a las Mujeres de Negro, le pido prestados al maestro sus versos, para meditar sobre el Uruguay con que se toparán los uruguayitos que vienen al mundo.

    La sensación de que hay dos “Uruguays” se me hace cada vez más nítida. Y uno, sí, es también ocioso, inútil, fiestero. Pero incluso asesino.

    La retórica de los micrófonos (periodísticos, políticos) habla de la fragmentación social. Un crash que tiene su embrión en el cruce de balas de los 60, preámbulo de la grotesca dictadura militar, aquella que fundió al país, lo llenó de odio, “cantegriles” y normalizó la corrupción.

    No me voy a poner a definir ese país: todo el mundo lo conoce de memoria. Ocupa la crónica roja, la crónica futbolera, ocupa las calles. Es fácil ver en ellas gente fumando pasta base, o en ferias gente vendiendo y comprando productos robados, en plazas grupos de vándalos, o en paradas de ómnibus mujeres pegándoles a sus hijos.

    Quisiera pensar el otro Uruguay, el de los chicos que van a la Universidad o al IPA, y se queman las pestañas estudiando; los que trabajan en una tienda de plantón nueve horas y después van de noche a clase en bicicleta; los que se reciben y no encuentran trabajo si no son hijos de un señor importante o si su vocación es de aquellas “malpagas”. Quisiera pensar en todos los jóvenes que estudian música, o hacen Bellas Artes, aquellos que no quieren ser técnicos sino artistas.

    Quisiera pensar en las madres que protegen a sus hijos de padres inmorales o violentos divorciándose, sabiendo que ser jefa de familia (cuidar los niños, trabajar, cocinar, limpiar la casa y encima sonreír) estando sola, es un balde de arena gruesa.

    Quisiera pensar en ese feriante que este domingo tomó una decisión.

    Mi amigo Carlitos compraba verduras en Tristán Narvaja y sentía con deleite a un joven violinista en una esquina ofreciendo su música a los domingueros.

    Pero de pronto se baja de un ómnibus una patota vestida de amarillo y negro. Antes de ir al clásico quieren darse un paseíto por la Feria. Y se detienen frente al chico violinista.

    —Vos, ¿qué estás tocando?

    — Bach.

    —¡Tocá el himno de Peñarol, pedazo de un gil!

    Mi amigo Carlitos pensó que lo mataban. Querían violencia ya, no podían esperar a llegar al Centenario. Rodearon al violinista, Carlitos y el verdulero temblaban. Por fin se marcharon. Bach quedó interrumpido.

    El verdulero dijo:

    —¡Le juro que nunca, nunca más miro fútbol! Se acabó.

    Esa tarde cayó la garrafa.

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