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    Vea, oiga y juzgue usted mismo

    “La separación”, ganadora del Oscar como mejor filme extranjero

    La experiencia puede resultar reveladora, pero más que nada comprometedora. Durante dos horas, el realizador iraní Asghar Farhadi plantea un drama ubicado en la moderna Teherán y pone como testigos a los propios espectadores, con la particularidad de que el asunto comienza como un planteo de divorcio entre una pareja de clase media y deriva luego a un casi inesperado conflicto policial entre varios personajes en el que se tratan temas tan diversos como la ruptura familiar, el desempleo, la prepotencia, la mentira, la división entre las clases sociales, el sistema judicial y la sumisión por sobre toda otra cosa a la ley islámica, donde los derechos individuales están sometidos a las creencias religiosas y la balanza de la Justicia soporta en uno de sus platos el peso pesado del Corán.

    Por eso, Farhadi prefiere no inclinar su historia para ningún lado. Cree que el público (dentro y fuera de Irán) sabrá entender su propuesta. Y de hecho ha sido así, pues La separación ganó el Oso de Oro en Berlín, varios premios en otros festivales y finalmente el Globo de Oro y el Oscar como mejor filme de habla no inglesa.

    Desde la primera escena, queda establecida la premisa: Nader (Peyman Moadi) y Simin (Leila Hatami) están discutiendo ante un funcionario las razones por las cuales ella pide el divorcio. La pareja había acordado viajar al exterior con su única hija de once años, Termeh (Sarina Farhadi), para lo cual ya estaban concedidos los permisos, pero ahora el marido se niega a abandonar a su padre enfermo de Alzheimer y ella insiste en irse igual, llevándose a la hija. La escena se desarrolla con los personajes dirigiéndose a la cámara, como si fuera el mismo espectador quien debiera resolver cuál de ellos tiene razón.

    El divorcio no se efectúa, pero Simin abandona el hogar aunque Termeh prefiera seguir viviendo con su padre. Hasta ahí, La separación, como su título lo indica, parece inclinarse a tratar ese tema universal que, sólo por tener lugar en Irán, poseerá sus particularidades específicas. Pero no tantas, porque la pareja tiene un buen pasar y vive en un cómodo apartamento en un barrio residencial. Además, ambos manejan autos europeos y el mundo que los rodea, salvo por las mujeres con la cabeza cubierta, se desarrolla de un modo bastante reconocible: se diría que es moderno y muy parecido a otras partes del mundo occidental.

    El desgarramiento de Termeh, que opta por vivir con su padre, resulta un comentario irónico desde que el motivo de la madre para irse a otro país se basaba en el deseo de un futuro mejor para la hija. Ahora, ese hogar diezmado tendrá que seguir funcionando con alguien que cuide al viejo padre de Nader. Y ahí empiezan los problemas.

    La empleada en cuestión, Razieh (Sareh Bayat), está embarazada, no quiere que su marido desocupado se entere de que trabaja en la casa de un hombre sin esposa, pertenece a una clase social con problemas económicos y tiene atavismos religiosos. El choque entre esas dos formas de vida muy distintas se agrava cuando Razieh comete una imprudencia y Nader la echa a empellones, lo que da lugar a una vuelta de tuerca con recriminaciones mutuas, violencia por parte del marido de Razieh (Shahab Hosseini) y una denuncia penal con serias acusaciones de implicancias gravísimas: Razieh perdió el embarazo y culpa a Nader de haberla golpeado provocándole un aborto. Ahora, de drama familiar sobre la separación de una pareja, el tema se abre a otras connotaciones que abarcan un panorama social más complejo con derivaciones judiciales, amenaza de cárcel, multas altísimas y, por debajo de todo, el recorrido emocional de cada personaje con sus problemas, sus culpas, sus mentiras y sus temores.

    ¿Cómo hace Farhadi para unificar todas esas ramificaciones colaterales y lograr un relato coherente que no se le deshilache por los cuatro costados? Primero, con un libreto firme y segundo, con una cámara-testigo de notable eficacia. Manteniendo su postulado inicial, el director deja que su asunto transcurra frente al espectador, que oficia de observador privilegiado ante las intimidades y mínimas reacciones de los personajes. La cámara se mueve inteligentemente entre los vericuetos del argumento, con la virtud de que los intérpretes nunca parecen actuar sino que lucen auténticamente reales, por lo que sus conflictos no dejan afuera al espectador, que, en cambio, es cómplice de todo, incluso de las mentiras con que ellos tratan de evadir sus responsabilidades. Nadie es malo ni bueno: todos son simplemente humanos.

    Y no están encerrados en sus problemas sino que están inmersos en la realidad de un país cuestionado desde el exterior por su falta de libertad y por someter sus leyes al fundamentalismo religioso. Acá se ven simples seres humanos que actúan según su propia esencia, su tradición, sus creencias y su estrato social. Nader es culto y educado, pero ha hecho alguna macana porque estaba superado por el padre enfermo, por la separación, por la inseguridad familiar futura y porque se siente abandonado y traicionado. Entonces, su accionar violento se conecta con el de Hojjat, el furibundo marido de Razieh, sin empleo y humillado porque su mujer le ocultó haberse empleado y, encima, abortó a su bebé. Como siempre, los extremos se tocan.

    En términos de universalidad, limando aspectos religiosos y leyes muy severas, los problemas de esta gente son los de todo el mundo, y es bueno que el cine muestre esas realidades para hacerle comprender a un público extranjero (que suele mirar por encima del hombro lo que viene de países exóticos o tercermundistas) que los conflictos que atañen a los seres humanos son más o menos iguales en todos lados.

    Así, La separación nos ofrece la oportunidad de ser testigos de sus dramas, verlos de cerca, escuchar sus razones y, tal vez, entenderlos un poco más. Que de eso se trata, ni más ni menos.

    “La separación” (“Jodaeiye Nader az Simin”). Irán, 2011. Escrita y dirigida por Asghar Farhadi. Duración: 123 minutos.

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