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La orquesta se presentó el martes 8 con su director estable, el francés Martin Lebel, una batuta enérgica, precisa, en apariencia propensa a tiempos más bien rápidos. Así lo pareció en el “Don Juan” inicial de Ricardo Strauss (1864-1949), con un enfoque adecuado en carácter, algo más veloz que lo acostumbrado, sobre todo en las versiones alemanas. No fue un comienzo feliz: faltaron ensayos, quizás la orquesta no frecuentaba la obra hacía mucho tiempo. Lo cierto es que hay que tener cuidado con Strauss porque en sus obras casi siempre está sonando toda la orquesta. En estos tutti casi permanentes se notaron problemas de afinación y empaste a los que contribuyeron todos los sectores. Una lástima. Muchas veces asistimos en nuestro medio a una mala práctica: programas donde la obra inicial, generalmente breve y para entrar en calor, se deja para el final en los ensayos, donde se priorizan la obra con solista o la gran obra sinfónica. “Don Juan” merece una revancha: repítanla el año próximo.
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La “Obertura y muerte de Isolda” del “Tristán e Isolda” de Richard Wagner (1813-1883) pareció interpretado por otra orquesta. Aquí la respuesta fue muy buena y no existieron problemas de afinación. Lebel logró un canto expresivo, una excelente ligazón entre las frases sucesivas de violines, violas y chelos y unos crescendos muy bien trabajados. Podrá aquí también preferirse un tiempo más parsimonioso que el del conductor francés, pero más allá de lo opinable de esta cuestión, para felicidad del espíritu de Wagner la interpretación llegó y tocó el corazón de los presentes en la sala.
Un percance de salud hizo que el pianista uruguayo Alberto Reyes faltara a la cita y fuera reemplazado por el chino Mei-Ting Sun, de 32 años, a cargo del “Concierto Nº1” de Chaikovsky (1840-1893). Como es habitual en esta pléyade de pianistas chinos que pueblan el mundo, Mei-Ting Sun impresiona más por lo parejo y veloz de sus dedos que por el sonido que extrae del instrumento y por lo que tiene que decir con él. Es espectacular en las escalas y en la velocidad de los legendarios pasajes de octavas de esta obra, pero cuando debe reposar, cantar y expresarse, muestra una cierta cortedad que habrá que ver si en el futuro supera. Esta impresión no hizo más que reforzarse en el “Estudio” de Chopin que hizo como bis: todo estaba en su lugar, pero faltaba la poesía.
El marco con que Lebel envolvió al pianista fue un espectáculo aparte. Es un placer para el espectador —seguramente lo es mucho más para el solista— ver de qué manera el director lo observa, lo sigue, lo espera, cómo coordina los cambios de tiempo, cómo silencia a la orquesta cuando debe sobresalir el piano. Lebel obtuvo una excelente respuesta de la orquesta y logró una versión de fuerza y carácter.