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    Velada despareja

    Gidon Kremer y la Kremerata Baltica

    Sensaciones encontradas. Eso fue lo que nos dejó el concierto de la Kremerata Baltica con el violinista Gidon Kremer el jueves 23 en el Teatro Solís, dentro de la temporada del Centro Cultural de Música. Y me apresuro a decir que las objeciones no apuntan a la inmaculada calidad de los instrumentistas —solista y orquesta— sino al armado del programa.

    A nuestro juicio, no cualquier obra de cámara tolera una transcripción para orquesta de cuerdas. Esa mala tolerancia fue el caso del cuarteto Serioso opus 95 de Beethoven que, en arreglo de Gustav Mahler, inició la velada de la Kremerata Baltica. De entrada se instaló una incómoda sensación de divorcio entre el discurso musical y el volumen del conjunto. Esa sensación se ratificó y aumentó al comienzo de los movimientos dos, tres y cuatro, porque allí comienzan sonando solo los instrumentos del cuarteto y luego de algunos segundos se agrega el resto de las cuerdas. Y esos momentos en que solo suenan dos violines, la viola y el cello, fueron brevísimos remansos donde asomó de manera muy efímera el espíritu intimista del cuarteto original para desaparecer luego otra vez en la oleada sonora de la orquesta de cuerdas. No es este un problema del arreglador, ya que Mahler arregló también para orquesta de cuerdas el cuarteto de Schubert La muerte y la niña, que hace un año hicieron de manera notable en Montevideo Los Solistas de Moscú, con Yuri Bashmet. Ocurre que el discurso de Schubert funcionó espléndidamente en el conjunto de cuerdas y el de Beethoven no soportó esa ampliación instrumental porque quedaron en el camino la intimidad y el recato, que son parte de su esencia.

    Tampoco fue feliz la elección de la segunda obra y por razones similares a las anteriores. Se trató del Concierto para violoncello y orquesta opus 129, de Robert Schumann, también aquí en arreglo para violín, en lugar de cello, y orquesta de cuerdas, en lugar de orquesta sinfónica normal. En el original no se trata de una gran obra de concierto, pero en su adaptación fue aún más deslucida, porque la sustitución del instrumento solista eliminó la riqueza del contraste tímbrico entre lo grave del cello y lo agudo del resto. Entonces, y pese a la calidad de Kremer en el violín y del conjunto de cuerdas, esta primera parte de la velada fue más bien para el olvido.

    El programa de mano advertía que las tres obras de la segunda parte se harían sin interrupción y que se agradecía al público no aplaudir entre una y otra hasta finalizada la última. Desconocemos el fundamento del pedido, que, para que nadie se olvidara de cumplirlo, fue reiterado a viva voz antes del comienzo. Esta segunda parte arrancó con otra obra olvidable, la Serenata melancólica opus 26 de Tchaikovsky, pieza menor y afortunadamente breve, y finalizó con la Serenata sobre Mussorgsky, escrita para violín solo por el compositor ucraniano Valentín Silvestrov (Kiev, 1937), un brevísimo discurso de muy interesante factura, con sonoridades rusas que apenas asoman en un conjunto más bien neorromántico, hecho de principio a fin en una zona entre piano y pianísimo.

    Pero lo malo de esa interesante y breve pieza fue que ofició de anticlímax a lo más sobresaliente de la noche, que fueron los Cuadros de una exposición, de Modesto Mussorgsky (1839-1881), que al finalizar había generado un altísimo pico de tensión estética que reclamaba, mediante un estruendoso aplauso, la lógica catarsis de un público extasiado. Pero teníamos prohibido aplaudir. Y además de contener el desahogo de esta legítima emoción tuvimos que escuchar a Silvestrov durante cinco minutos. Recién después pudimos dar rienda suelta a nuestro postergado entusiasmo. Muy raro todo.

    Párrafo aparte para la maravillosa versión de los Cuadros, de Muss-orgsky. Compuesta para piano en 1874, ha sido interpretada con brillo por los pianistas más prestigiosos. Conoció innumerables arreglos para orquesta sinfónica, de los que el más ejecutado es el de Maurice Ravel, de 1922. La maestría en la instrumentación de Ravel le confirió desde entonces a la obra un ingrediente de color que no se puede alcanzar con el piano solo. Con curiosidad, fuimos entonces a escuchar la versión de la Kremerata Baltica para orquesta de cuerdas y percusión, ya que la prescindencia total de maderas y bronces abría un signo de interrogación sobre el color orquestal resultante. Y fue una maravillosa sorpresa cuyos responsables visibles son, además de los notables instrumentistas del conjunto, los arregladores Jacques Cohen, compositor y director de orquesta británico y Andrei Pushkarev (Kiev, 1974), joven percusionista de la Kremerata Baltica. Fue notable el uso de la percusión en Catacumbas; en un Viejo castillo, la combinación de violín y cello superó a la de saxofón y fagot del arreglo de Ravel; el conjunto terminó sonando como un órgano de iglesia en la Gran puerta de Kiev, al final. Las sabias opciones de los arregladores nombrados en las combinaciones de cuerdas, más una gama de matización infinita y un juego inteligente de distintos planos sonoros, fueron los ingredientes de esta maravillosa versión que nada tiene que envidiar, en color y en carácter, a las de una gran orquesta sinfónica.