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    Versión refinada y sensible

    “La Bohème” de Giacomo Puccini en el Auditorio Adela Reta

    Aunque ya en 1893 había obtenido su primer éxito con la ópera “Manon Lescaut”, es recién en 1896 que Giacomo Puccini (1858-1924) alcanza con La Bohème un prestigio que no lo abandonará jamás y que se afianzará definitivamente con “Tosca” y “Madame Butterfly”. Luigi Illica y Giuseppe Giacosa escribieron para Puccini el libreto, basándose en la novela “Escenas de la vida de bohemia”, del francés Henri de Murger. Estrenada en febrero de 1896 en el Teatro Regio de Turín bajo la batuta de Arturo Toscanini, la crítica y el público la aclamaron de inmediato. Desde entonces hasta hoy La Bohème es un título omnipresente en las carteleras de los teatros de ópera del mundo. No hay cantante lírico que se precie, que no cuente en su trayectoria con la interpretación de algunos de los roles protagónicos de esta obra.

    La frecuencia de sus representaciones en el mundo ha sido tal, que muchas veces las direcciones artísticas de algunos teatros la han “borrado” por un tiempo de sus programas, en busca de una renovación y modernización de sus carteleras. En Uruguay se hizo por última vez en 2005 en el Teatro Solís, bajo la dirección de Federico García Vigil. Pero más tarde o más temprano vuelve. El año pasado el Moviecenter transmitió una versión en directo desde el Royal Opera House de Londres, y hace poco más de un mes en el ciclo del Teatro Solís pudo verse en directo otra versión desde el Metropolitan de Nueva York. Y La Bohème seguirá volviendo una y otra vez en el futuro, en el mundo entero, sencillamente porque es una obra maestra. Hay pocas óperas donde la amalgama de la trama, los diálogos y la música alcancen una síntesis estética de tal poderío. Porque la historia apela a cuestiones tan comprensibles y cotidianas como la camaradería entre amigos, la solidaridad, las dificultades económicas, el amor y la muerte. Todo eso brota de diálogos simples y directos, donde abundan por igual la ternura, la tragedia y el humor. El vehículo que transporta esas palabras es una música maravillosa donde el leitmotiv que aparece una y otra vez confiere cohesión al conjunto y donde la vena melódica y el instinto dramático de Puccini redondean una partitura absolutamente visceral. La Bohème se disfruta con el oído, pero se siente también en el estómago.

    Es notable la puesta en escena de esta versión. Como lo declarara a Búsqueda (Nº 1764) el regisseur Louis Désiré, su concepción apunta al despojamiento de detalles que puedan distraer al espectador del meollo musical y dramático. Cuenta para ello con la complicidad de Diego Méndez Casariego en el diseño de escenografía y vestuario. Así, en el primer y cuarto acto, el altillo de los artistas es simplemente una cama, una mesa y una silla, mientras un telón de fondo difuso con un visillo por delante ilumina la mansarda de un edificio típicamente parisino. Así, también en el segundo acto, no se reproducen al detalle el café Momus ni los quioscos, ni hay diferentes niveles de escenografía que simulen calles. En el proscenio están las mesas del café. El coro de adultos, casi estático, acompaña la trama con adecuados gestos y desplazamientos mínimos. En un instante, como una guiñada de afecto, el coro de niños rodea tiernamente la mesa del Momus donde acaban de sentarse los cuatro amigos y Mimí; los mozos se desplazan con gracia; la retreta suena pero los soldados no desfilan en el escenario, el coro y los artistas siguen con la vista el desfile mirando y señalando a la platea, como si el desfile se realizara entre el público.

    En el tercer acto sabemos que está nevando pero no cae nieve: alcanza con un telón blanco de fondo, el juego de las luces azules y blancas, la penumbra y las indicaciones de actuación, para que los actores transmitan la intemperie gélida que los rodea. En el breve momento de distensión del inicio del cuarto acto, los protagonistas no hacen verdadera esgrima sino que simplemente se paran de frente al público y le apuntan con sus sables. Un enorme telón con París visto desde arriba y una ventana en la orilla izquierda del Sena baja al final del primero, tercero y cuarto acto; por esa ventana Rodolfo y Mimí cantan su amor (O soave fanciulla), resuelven separarse (Addio, senza rancor) y Rodolfo llora a Mimí, cuando —como dice el tango— sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. Ese drama doméstico ocurre en medio de las luces de un París luminoso que no se detiene. Todo es extremadamente refinado, con un vestuario atemporal donde predominan el negro, gris, blanco y rojo y donde el diseño de iluminación de Rubén Conde juega un rol destacado en el realce de todas esas finezas.

    Una vez más el Coro del Sodre preparado por Esteban Louise tiene un desempeño sin fisuras; la excelencia debe extenderse aquí además al Coro de Niños de la Inspección de Enseñanza Pública de Música, que hizo su parte musical y escénica con fuerza, gracia y soltura.

    Hemos hablado más de una vez sobre la excelente acústica del Auditorio al referirnos a conciertos sinfónicos, en los que la orquesta ocupa el escenario. Pero tan claro como aquello, parece que cuando de ópera se trata, el balance entre las voces y el sonido orquestal desde el foso no es bueno. El foso es muy grande y está todo descubierto cuando en general en otros teatros está en parte debajo del proscenio (por ejemplo la percusión y los metales están en esos casos bajo techo). Sea lo que fuere, hay aquí un tema a resolver con ingenieros y arquitectos idóneos en el tema acústico, porque no es posible que el desbalance sea tan grande y que la orquesta más de una vez sepulte a cantantes que sabemos tienen la categoría suficiente como para no ser “tapados” de esa forma. Porque por otro lado, el desempeño de la Ossodre bajo la dirección de Stefan Lano fue excelente, haciendo un Puccini sentido y vibrante. El problema no parece ser de la orquesta ni del director sino un tema estructural de la sala. Es una materia pendiente a solucionar si se quiere seguir haciendo ópera sin sobresaltos.

    Hecha la salvedad anterior, el primer elenco (viernes 16) rindió a gran altura vocal y teatral. Marcelo Puente (Rodolfo) tiene la voz justa, ni muy generosa ni muy chica, pero luce un timbre dulce, es parejo en toda la tesitura y actúa su personaje con una entrañable convicción. La Mimí de Daniela Tabernig fue también de primerísimo nivel. Es dueña de un caudal muy generoso que casi siempre pudo planear por sobre la orquesta, pese a todo lo que se dijo en el párrafo anterior. Su entrega dramática fue notable con puntos altísimos en el tercer y cuarto actos. Leonardo López Linares (Marcello), además de ser un barítono de timbre agradable y sedoso, mostró un carisma actoral que transformó su personaje en el más querible de los cuatro amigos. Notable su dúo con Rodolfo en el cuarto acto. Muy buena vocalmente la Musetta de Carmen Gonzalez. Schaunard (Federico Sanguinetti) y Colline (Marcelo Otegui) muy correctos en el canto aunque en lo teatral Sanguinetti se mostró mucho más suelto, mientras que Otegui parecía muy tieso en las contraescenas. Correctísimos Benoît (Andrés Presno) y Alcindoro (Marcelo Sosa), que integran los dos elencos.

    El sábado 17 pudimos apreciar al segundo elenco. En general, el conjunto no alcanza el mismo grado de convicción e intensidad que mostró el primero. La química de compinches que se da entre los cuatro protagonistas masculinos es mucho más evidente en el primer elenco. Juan Carlos Valls (Rodolfo) tiene un timbre áspero que en la zona aguda aparece tenso y forzado. Escénicamente es correcto. Sandra Silvera hace una Mimí vocalmente sin fisuras, que al igual que la del primer elenco, logra casi siempre sobreponerse a la masa orquestal. Es una lástima que teatralmente no llegue a la altura de su voz, porque no es físicamente expresiva; sus gestos y desplazamientos son generalmente duros, poco naturales, lo que le impide acompañar con su actuación el drama del personaje. Marcello (Gustavo Gibert), muy correcto al igual que Schaunard (Eduardo Garella). Muy buena la Musetta de Jaquelina Livieri y el Colline de Nicolás Zecchi, más metido en su personaje que el del primer elenco, con gran lucimiento en el aria “Vecchia zimarra”, hecha con gran clase y aplomo.

    En resumen: una puesta original, emotiva y refinada, que musical y escénicamente hace justicia a la estatura de la obra. Las dos últimas funciones son el viernes 22 con el segundo elenco y el sábado 23 con el primer elenco. Vale la pena.