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    Vertientes de una generación

    Centenario de Idea Vilariño, Mario Benedetti y Julio C. da Rosa

    Nacieron el mismo año y compartieron una misma generación, pero Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009), Mario Benedetti (Tacuarembó, 1920-Montevideo, 2009) y Julio C. Da Rosa (Treinta y Tres, 1920-Montevideo, 2001) tuvieron vertientes creativas muy diferentes, como también fueron diferentes sus visiones de la sociedad. A Vilariño y Benedetti se los identifica de inmediato con la Generación del 45, como la llamó Emir Rodríguez Monegal, o Generación crítica, como prefirió bautizarla Ángel Rama, por su carácter rupturista y su distanciamiento de la sociedad y cultura que la precedió.

    Da Rosa, sin embargo, venía de una tradición criollista y se sentía “la oveja negra” de ese grupo vinculado al semanario Marcha. “Era una generación muy exigente, muy erudita, muy docta… la mayoría tenía una actitud severamente impugnadora. Yo en cambio era nada más que un campesino que se puso a escribir”, dijo el escritor en 1990 en entrevista con César di Candia en Búsqueda.

    Decir no

    Fue docente, crítica, traductora y poeta. Idea Vilariño comenzó a escribir desde muy joven y a los 19 años algunos de sus versos ya marcaban el tono que tendría su poesía: “Da hasta miedo seguir / si con tan pocos años pesa tanto la vida”. Su madre, Josefina Romani, era católica; su padre, Leandro Vilariño, anarquista y poeta. Sus hijos tuvieron nombres singulares: Idea, Azul, Poema y Numen. La vida apacible en familia, su amor por la naturaleza y su frescura, quedaron plasmados en los diarios que Idea escribió con letra pequeña y apretada. Esos escritos se recogieron en Diario de juventud (Cal y Canto, 2013), un precioso libro editado por Ana Inés Larre Borges y Alicia Torres.

    Idea trajo a la poesía una nueva forma de decir, con un lenguaje cotidiano, despojado, alejado del lugar común o de la retórica poética. Y a pesar de que prefirió la intimidad de los libros a la exposición pública, logró con su poesía llena de ritmo una comunión muy especial con sus lectores.

    Algunos de sus libros tienen títulos emblemáticos que anuncian su mundo poético sin dios y sin esperanza, como Paraíso perdido, Por aire sucio o No. Porque Idea encontró en el “no” sobrados motivos para la poesía: “Decir no / decir no / atarme al mástil / pero deseando que el viento lo voltee / que la sirena suba y con los dientes corte las cuerdas y me arrastre al fondo / diciendo no no no / pero siguiéndola”.

    Cuando su angustia se transformó en rabia, escribió Pobre mundo (1966), su libro políticamente más comprometido, que recoge el sentir de una generación influenciada por la figura del Che Guevara, la revolución cubana y las causas tercermundistas.

    Su libro más difundido fue Poemas de amor dedicado a Juan Carlos Onetti, con quien mantuvo una relación tan breve como pasional. Allí exhibe su soledad en versos sinceros y desgarrados: “No te amaba / no te amo / bien sé que no / que no / que es la luz / es la hora / la tarde de verano / lo sé / pero te amo / te amo esta tarde”. Por su parte Onetti le dedicó su novela Los adioses, y su historia de amor fue también una historia literaria.

    En el libro Idea Vilariño: La vida escrita (Cal y Canto y Academia Nacional de Letras, 2007), que recoge fotografías, cartas, fragmentos de su diario y pequeñas esquelas escritas al pasar, hay una de las pocas entrevistas que concedió y que le hizo Jorge Albistur. Allí explica su concepción del poema “como un objeto sonoro” y también la popularidad de Poemas de amor: “Cuando me lo pidieron en Tusquets, Barcelona, me decían que allá alguno de ellos se pasaba de mano en mano, manuscrito o fotocopiado. Un amigo le decía “ya no” a su mujer cuando se estaba muriendo. Entonces aceptás y te perdonás haber publicado”.

    Algunos de sus poemas forman parte del “cancionero anónimo”, como Los orientales, que lo supo corear todo un estadio cuando regresaron del exilio Los Olimareños. Entre el público, escuchando emocionada, estaba Idea. No es casual que haya estudiado el valor poético de las letras de tango, que como su propia poesía “hablan de las cosas de la vida, patéticas, sucias, desamparadas, ridículas” (Las letras de tango, 1965).

    Idea renunció en 1955 al semanario Marcha, en el que había colaborado desde 1948, por los reparos de su director, Carlos Quijano, a un verso de su poema El amor que dice: “un pañuelo con sangre/ semen / lágrimas”. En el video Idea (1997) del documentalista Mario Jacob, la poeta trató de “cavernícola” a Quijano por su actitud en aquella ocasión.

    El martes 18, al recordarse los cien años de su nacimiento, las redes sociales y los medios de comunicación se inundaron con sus poemas que continúan impactando en viejas y nuevas generaciones. Idea murió el 28 de abril de 2009 y su velorio fue en la Universidad de la República. No hubo multitudes ni desbordes emotivos, sino una ceremonia bellamente triste, como su poesía.

    Mario Benedetti

    El best seller

    Escribió cerca de 80 libros de todos los géneros: ensayo, novela, cuento, teatro y poesía. Benedetti dejó una obra literaria despareja, sobre todo por los libros de poemas que publicó en los últimos años. Uno de sus títulos más reconocidos y valorados es Poemas de la oficina (1956), en el que logró convertir en poesía al oficinista y su burocracia, a la rutina y al tedio: “Jefe usté está aburrido / aburrido de veras / hace veintiocho años que sabe sus asientos, que comprueba los saldos y revuelve el café”. Con el tiempo, sus versos simples se fueron llenando de aforismos, juegos de palabras o de lugares comunes: “Mi economía es lo contrario de la econotuya”. “El hormigón no es una hormiga gigante”.

    Lo más valioso de su obra se encuentra en su narrativa. Dos de sus novelas fueron las más vendidas y traducidas de su producción: La tregua (1960), que fue llevada al cine por Sergio Renán, y Gracias por el fuego (1965), que llegó a las 68 ediciones. En 1992 publicó La borra del café, una de sus novelas más autobiográficas. En 1959 salió Montevideanos, un libro de cuentos en el que captó como pocos la grisura de la clase media capitalina.

    El grueso de su literatura está impregnado de compromiso político. Benedetti fue fundador del Movimiento de Independientes 26 de Marzo y representó a ese sector en la mesa ejecutiva del Frente Amplio. Su militancia lo llevó al exilio en 1973, primero a Buenos Aires y luego a Cuba. En 1980 pasó a vivir en Palma de Mallorca y poco después en Madrid. En 1985 regresó a Montevideo.

    En su labor periodística integró el equipo de Marcha desde su fundación hasta su clausura en 1974. Hizo humor en la revista Peloduro y fue colaborador de varios medios, entre ellos del semanario Brecha, a cuyo Consejo Editor renunció en 1993 por discrepar con dos artículos de Ernesto González Bermejo que señalaban las penurias económicas que había visto en Cuba después de su viaje a La Habana.

    La obra de Benedetti tuvo un gran alcance internacional, llegó a ser un verdadero best seller y obtuvo varios premios, entre ellos, el Reina Sofía por su poesía en 1999 y el Premio Internacional Menéndez y Pelayo en 2005.

    Cuando murió el 17 de mayo de 2009, aún perduraban los ecos de la muerte de Idea ocurrida 20 días antes. Benedetti fue velado en el Palacio Legislativo y una multitud acompañó el féretro por la calle Yaguarón hasta el Cementerio Central.

    De pata en el suelo

    El nombre de Julio C. da Rosa se asocia a la infancia y al libro Buscabichos (1971), con el que practicaron lectura varias generaciones de escolares. Heredero de la literatura de Juan José Morosoli, a quien consideraba su maestro, Da Rosa retrató a los habitantes del campo y del pueblo, a sus paisajes y sus costumbres.

    Escribió cuentos y novelas, ensayos y libros para niños, además de artículos periodísticos. Tuvo un breve pasaje por Marcha en 1961, donde colaboró con artículos costumbristas, y después pasó a escribir en el suplemento infantil El Día de los niños.

    Su literatura recibió influencia de Javier de Viana y de Serafín J. García. Pero fue cuando leyó Los albañiles de los Tapes de Morosoli que descubrió su veta narrativa y su gusto por los personajes elementales y a la vez profundos.

    Da Rosa nació a orillas del río Porongos en Treinta y Tres, y fue el mayor de ocho hermanos. La familia vivió en diferentes parajes del departamento hasta que se afincó en las Sierras del Yerbal, cerca de la Quebrada de los Cuervos. Fue un niño de “pata en el suelo” que trabajaba la tierra, pero su padre le había inculcado el amor por los libros y a los nueve años ya sabía leer. En 1973 publicó Gurises y pájaros, una continuación de Buscabichos, y en 1975 apareció Mundo chico, que recrea su infancia rodeada de animales domésticos y silvestres. A esa novela siguió Rumbo Sur (1980), con un liceal como protagonista.

    En 1939 llegó a Montevideo a estudiar Derecho en el IAVA. En el prólogo de su libro de cuentos Cuesta arriba (1952), Domingo Bordoli lo recuerda “con el sombrero en la mano, como los antiguos peones de estancia”.

    De sol a sol (1955) se abre con uno de sus mejores cuentos, Hombre flauta, sobre un hombre tonto, con un gran talento para la música. “Sin la flauta, Ansín no hubiera salido de cero. Con la flauta llegó a ser el pobre infeliz que era. Esto no es una ironía; es una verdad”.

    Da Rosa fue elegido en 1962 diputado por la lista 99 del Partido Colorado que lideraba Zelmar Michelini, pero no se consideraba con condiciones para la política. Su vocación estaba en la tierra y en la escritura. En 1977 recibió el Premio Nacional de Literatura, y hasta 1995 presidió la Academia Nacional de Letras.

    El tiempo suele hacer justicia con las obras literarias, y en este 2020 en el que se conmemora el centenario de los tres escritores con varias actividades (ver recuadro), parece un buen momento para volver a sus obras y tal vez leerlas con una nueva mirada.

     

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