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Un huracán arrasa el mayor escenario del país en estos días. Durante 50 minutos los vientos originados en las estepas rusas no dejan nada en pie en el Auditorio del Sodre, mientras suena la impresionante música compuesta por Igor Stravinsky. Hay que ver Pájaro de fuego, el último estreno del Ballet Nacional del Sodre, en cartel hasta este domingo 8. Por suerte Uruguay no se contagió de la reciente fiebre cancelatoria rusofóbica. Nos hubiéramos perdido una experiencia escénica poderosa. Y los otros dos pesos pesados de la temporada: Glazunov y Tchaikovsky.
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Titulado originalmente L’Oiseau de feu (El pájaro de fuego), este ballet en un acto, con coreografía y libreto del ruso Mijail Fokiné, está fuertemente inspirado en leyendas rusas. Pero fue producido por una compañía itinerante (Ballets Russes de Sergei Diaghilev, tal como se hacía llamar), una especie de dream team de figuras del ballet dedicado a divulgar la tradición de la danza rusa en las ciudades centrales europeas. El pájaro de fuego fue estrenado en la Ópera de París en el verano de 1910 y resultó un trampolín de notoriedad para el autor de su música. Su país aún estaba bajo la égida zarista y el compositor ruso cruzó la frontera por primera vez para el estreno de esta obra; tras vivir durante 30 años en París, al iniciarse la II Guerra Mundial se radicó en Estados Unidos, donde vivió como una estrella de la música hasta su muerte, en 1971.
Como bien señaló recientemente en su plataforma de divulgación la historiadora de la danza Lucía Chilibroste, desde lo coreográfico, El pájaro de fuego resultó una pieza revolucionaria, pues Fokiné se hizo eco de un cúmulo de demandas del público y de los propios artistas de trascender al esquema romántico y eurocentrista que imperaba en el repertorio central del ballet (Giselle, El Lago de los cisnes, La bella durmiente y La sílfide, entre otros) y volver a las raíces culturales ancestrales de la Madre Rusia. Incluso rompe también con los esquemas de obras rusas de transición posrománticas, como La bayadera. Así se integraron en la narración un cúmulo de leyendas rurales rusas y de otros territorios que componen esa gran argamasa étnica, geográfica y cultural que se extiende a lo largo de 11 husos horarios, desde el umbral occidental hasta el estrecho de Bering. Del mismo modo, fueron borradas de un plumazo las típicas escenas de cortes reales, esos cuadros casi calcados donde al fondo todos conversan como excusa para que los solistas exhiban sus virtudes al frente del escenario. Rusia estaba en su crisis terminal, 1917 se veía venir y, en línea con literatos como Tolstói, muchos referentes de la danza rusa querían recuperar sus propios relatos y dejar de contar solo las que adornaban el ojo europeo.
Así que en esta historia no hay trámites coreográfico-burocráticos y se baila desde el inicio al final, casi todo el tiempo en lo profundo de un bosque encantado donde no cae una hoja de un árbol sin la aprobación de un mago-amo-rey-todopoderoso, llamado Kotschei, bastante complicado, que guarda un huevo mágico que le confiere superpoderes. Allí dentro, entre ramas y hojas, pasa de todo un poco: hay mucha gente cautiva, algunos como prisioneros, otros como esclavos, o guardias, o sirvientes; abundan los seres mimetizados con la naturaleza boscosa, una mezcla de árboles con pájaros humanizados; un príncipe llamado Iván, que se topa con un pájaro de fuego con propiedades mágicas, a quien primero captura y después libera, y le deja una pluma roja mágica para que la use en caso de emergencia. En esta disruptiva concepción coreográfica plasmada 112 años atrás por esta compañía errante y estelar (llegó a contar con Pablo Picasso, Matisse y Prokofiev en su staff creativo), un personaje protagónico como este ser alado no hace pasos de baile que intenten humanizar al ave sino lo contrario: Fokiné encomendó a la bailarina movimientos que imitan los de un pájaro, con esa repentización casi robótica, esa imprevisibilidad y esa total ausencia de expresividad facial de los coloridos voladores silvestres.
El código coreográfico de la obra adquirió una personalidad única; junto con la partitura a todas luces rupturista, audiblemente inspirada en el canto de los pájaros y con la orquesta muchas veces emulando el trinar de una bandada, confieren a El pájaro de fuego contornos muy nítidos en el marco de ese espeso bosque que es el repertorio de la danza clásica.
Pájaro bueno-Mago malo-Príncipe héroe. He aquí la trilogía protagónica. Solo falta una princesa (Tsarevna) y una pléyade de vampiros y otros personajes laterales para dar vida a la fábula. Solo hace falta llevar todo al límite: Kotschei captura a Tsarevna, Iván acude a su rescate, el hechicero lanza su arsenal de poder malévolo sobre el muchacho, quien a punto de morir invoca al pájaro fueguino con la pluma salvadora. El ave superpoderosa hace bailar al pelotón de guardias hasta su muerte por agotamiento y revela a Iván aquello del superhuevo. Así neutralizan al mago maléfico hasta dejarlo inofensivo como un gorrión, liberan a todos los prisioneros, el príncipe y la princesa se abrazan en su nido de amor… y comieron perdices.
Es la tercera vez en la historia que el ballet del Sodre hace Pájaro de fuego, y la primera desde su refundación como BNS, en 2010. También es la primera vez en Uruguay de esta versión coreográfica de la brasileña Marcia Haydée, una de las principales referentes contemporáneas de la danza clásica. En los últimos años, durante la gestión de Julio Bocca, vimos varias de sus creaciones; incluso trabajó con la compañía en Montevideo en varias ocasiones, invitada por el argentino. Formada como bailarina en el Royal Ballet de Londres, Haydée mantuvo un intenso vínculo artístico con John Cranko, uno de los mayores coreógrafos del siglo XX, quien creó especialmente para ella los roles protagónicos de pilares del repertorio reciente, como Romeo y Julieta, Oneguin y La fierecilla domada. Además de Pájaro de fuego, reconocida entre las principales renovadoras del ballet, Haydée creó sus propias versiones de clásicos como La bella durmiente, Coppelia, Giselle, El lago de los cisnes, La Cenicienta y Carmen.
El montaje coreográfico de la obra corre por cuenta del exbailarín uruguayo Pablo Aharonián, quien está formado como coreólogo en la Royal Academy of Dance de Londres, ha trabajado en varias ocasiones como asistente de Haydée y actualmente posee los derechos de sus coreografías en todo el mundo. En las últimas décadas Haydée dirigió el Ballet Municipal de Santiago, donde estrechó sus vínculos con la danza latinoamericana. De hecho, María Noel Riccetto, directora del BNS y directora artística de sus puestas en escena, declaró que programó esta obra porque quería contar con una creación de Haydée en su primera temporada íntegra al frente del BNS (en 2021 se hicieron algunas obras programadas previamente). Otro rasgo característico de Haydée es el protagonismo masculino en el cuerpo de baile. Aquí por momentos bailan como una horda de salvajes que, literalmente, mete miedo.
Orquesta de pie
En una decisión sorpresiva y a todas luces muy interesante, el espectáculo suma a la pieza de ballet un concierto previo de la Orquesta Sinfónica Nacional del Sodre, dirigida por Stefan Lano. Al subir el telón aparecen los músicos y el director de pie sobre el escenario (y no en el foso): la gran formación integrada únicamente por cuerdas (violines, violas, chelos y contrabajos) interpreta Divertimento para cuerdas, una obra de Béla Bartók de tres movimientos, mediana duración (25 minutos) y emparentada estéticamente con el número central del programa, pues el célebre compositor húngaro (también radicado en su madurez en Estados Unidos) fue uno de los pioneros en el estudio y puesta en valor de los folclores de Europa oriental.
En el programa de mano de Pájaro de fuego, Felipe Ortiz describe el carácter de esta obra como “relajado, que contrasta con la densa escritura y las intrincadas texturas de las obras de Bartók de la misma época”. Esta ausencia de complejidad resulta muy apreciable y sin dudas la vuelve muy propicia para integrar este espectáculo, donde el público acude a ver ballet y, de paso, se lleva la experiencia de apreciar a la Orquesta Sinfónica Nacional en todo su esplendor.
Lo que al principio parece raro en una función de ballet, rápidamente cobra sentido: es una carta de presentación a pleno (por primera vez tras la pandemia) de la orquesta ante el público del ballet. La idea que pone en marcha el Sodre, según Riccetto, es generar mayor interacción entre sus cuerpos estables (orquesta, ballet, coro, orquesta y coro juvenil y conjunto de cámara) y fomentar así que esa sinergia se extienda a sus públicos. Después del entreacto, la orquesta vuelve al foso y comienza el cuento fantástico.
Este frondoso universo ornitológico y arbóreo está notablemente recreado en esta producción (escenografía y vestuario) de la Ópera Nacional de Chile y el Ballet Municipal de Santiago. Los diseños de Pablo Núñez, de una riqueza apabullante, son determinantes para enmarcar la acción y dotar al espectáculo, junto con la iluminación, de un gran dinamismo. Y, atención, todo es abrochado por un notable desempeño de la orquesta, que avanza a paso triunfal sobre la partitura de Stravinski. Lano es un director de sobrada experiencia internacional que demuestra dominar este exigente lenguaje sinfónico propio del siglo XX. Y los músicos están a la altura de la exigencia, demostrando sin fisuras una fuerte cohesión en todos los rubros instrumentales. La decisión de amplificar el sonido realza algunas secciones puntuales como las cuerdas y la percusión, dotándolas de mayor poder sonoro que en otras producciones.
En la función presenciada por Búsqueda, el sábado 30, brillaron Mel Oliveira en el rol de Pájaro, Sergio Muzzio (el hermano separado al nacer de Luis Suárez, es como ver al crack celeste volando más aún que en su reciente gol de chilena a Chile) como el Príncipe Iván, Nadia Mara como Tsarevna. Pero sin dudas que el despliegue de Ciro Tamayo como el brujo satánico resultó lo más asombroso de la noche, aplaudido a la par que la protagonista. Desde hoy jueves 5 al domingo 8 los roles protagónicos estarán a cargo, además de los mencionados, de Rosina Gil, Tatiana Cruz y Lucía Giménez (Pájaro); Acaoã Teheóphilo, Guillermo González y Gabriel Scarponi (Kotschei); Igor Monteiro, Yan Lopes y Sandro Fernandes (Iván) y Yasmin Lomondo y Paula Penachio (Tsarevna).
Pájaro de fuego es una nueva demostración de que ha quedado muy atrás aquel temor que reinaba años atrás sobre qué pasaría con el ballet después de que se fuera Julio Bocca. Pasó Igor Yebra y el ballet siguió brillando, con dos estrenos nacionales de gran jerarquía (El Quijote del Plata y La tregua) y ahora, con Riccetto a cargo, la vara sigue bien alta. Quedó pendiente un proyecto de estreno basado en la poética de Delmira Agustini. Ojalá suceda.