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    Viajar en horno

    Con el calor, todos los peatones andamos sudorosos, alelados, despistados: en una palabra, enfermos.

    La Intendencia de Montevideo inauguró hace unos meses unos refugios peatonales para seres anónimos que no tenemos auto, ya no refrigerado, sino auto a secas. Ni tampoco tenemos presupuesto para taxis y, mucho menos, chofer de auto oficial.

    Durante un tiempo estuve entusiasmada con estos refugios pues me percaté que sus asientos (exclusivos para avenidas principales), aunque horrendas moles grisáceas, eran anti vándalos. (Vetados los seres misteriosos que todo se llevan para vender como chatarra).

    Pero las grises moles fueron pronto papeles en blanco con un objetivo certero: “escribir”. Manya, gallina, puto, logos de brigadas indescifrables, con extraños símbolos que parecen reencarnaciones del sánscrito.

    Mi entusiasmo mermó una tarde de lluvia en que iba a clase y esperaba un demorado y seguramente repleto 300. Éramos media docena de seres humanos bajo paraguas bregando para que la lluvia no nos diera de lleno. Lo curioso es que todos nos hallábamos también bajo el refugio peatonal. “Qué extraño diseño tiene este techito”, pensé para mí.

    Llegó el verano con su voluptuoso cambio climático. Y los refugios no lograron brindar la sombra anhelada. Escucho una chica a mi costado: “Cómo se ve que el que diseñó esto nunca viajó en ómnibus”. Me pareció una luminosa verdad.

    Y mientras ella comentaba esto, miré la columna de información que las paradas ostentan al costado. Mis ojos se salieron de sus órbitas: abajo, aparecía una colorida red de líneas de transporte, casi idénticas a las del metro de Barcelona. Y arriba del croquis, la IMM prometía la maravilla en que se convertiría el sistema de transporte metropolitano.

    “No puede ser verdad”, me dije, atontada por el calor. “¿Montevideo tendrá algún día metro?”. (¡Oh amados metros europeos; cómo los extraño, son parte entrañable de mi pasado y de mi vida!).

    En ese momento de extrema nostalgia llegó el 116. Los únicos asientos disponibles hervían por el sol. De pronto el bus dobló con brusquedad una y otra vez. Al borde del síndrome vertiginoso, ansié algo que jamás llegaré a ver: ¡un subte! ¡Un subte uruguayo! Aunque los vándalos le hicieran pipí en cada rincón, ¡cómo me gustaría poder llegar a vieja subiéndome a uno!

    Cuando era niña y me llevaban a ver a mi familia a Buenos Aires, al ir en metro preguntaba: “Papá, ¿por qué no tenemos subte? Él me contestaba: “Porque el suelo uruguayo es muy duro”.

    En el siglo XXI, el Uruguay sigue siendo un país duro.

    En esos curiosos días del “Felices fiestas”, donde ningún medio de transporte se atisba a la distancia, me siento más peatona que nunca. Entonces me dejo de utopías, de sueños y recuerdos, y de trenes veloces en frescos túneles subterráneos.

    Y me atengo a la distópica realidad de esperar en una montevideana parada desierta, un 31 de diciembre.

    Donde jamás pasará un bus ni un taxi libre y donde nunca se perforará el suelo para construir un metro.