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Vuelve Wilson. Los pasacalles aparecieron de la noche a la mañana en distintos puntos de Montevideo. Vuelve Wilson, decían. A mediados de año, una película documental trajo a la memoria colectiva la mítica figura del caudillo nacionalista Wilson Ferreira Aldunate y por unos meses se ambientó, a caballo de una gran concurrencia del público en los cines, un nuevo debate sobre el legado de uno de los hombres más influyentes en la historia política reciente. ¿Dónde está ahora el wilsonismo? ¿Existe? ¿Tiene vigencia? ¿Qué significa ser wilsonista en el siglo XXI?
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Cada tanto, en fechas especiales, el diputado blanco Jorge Gandini y su gente dejan un mensaje pintado en los muros de la ciudad: “Wilson es de todos, nosotros somos de Wilson”. Para Gandini, que acaba de relanzar el histórico movimiento Por la Patria fundado por Ferreira Aldunate en 1969, Wilson ya pasó las fronteras del partido. “Ha generado pensamiento más allá; de hecho, ha sido utilizado en campañas proselitistas del Frente Amplio porque da prestigio, porque está asociado a buenas ideas, a compromiso con la libertad, con los cambios”, explicó a Búsqueda. Sin embargo, aclaró contundente: “Para ser wilsonista hay que ser blanco”.
Wilson Ferreira, nacido en 1919 y fallecido en 1988, le dio un contenido fuerte al Partido Nacional en la última mitad del siglo pasado. Quienes lo conocieron y militaron a su lado aseguran que generó un “pensamiento nuevo, transgresor a ideas conservadoras del partido” a las que “respetó pero reinventó” a su modo. Candidato a presidente en las elecciones nacionales de 1971, exiliado político y feroz crítico de la dictadura cívico-militar que se instaló en 1973, y proscrito en los comicios de la vuelta a la democracia en 1985, la impronta que quedó de Wilson es la de un hombre conciliador, integrador.
“Ser wilsonista es animarse a plantear una visión de país que sea capaz de embarcar en ella a muchos uruguayos que no son blancos, que estén dispuestos a estar en un proyecto de transformación nacional. Un modelo propio de desarrollo económico, social, sustentable en el tiempo. Con visión de mirada lejos, con inserción internacional, no solo en la región. Wilson lo que nos dejó fue eso: una visión de futuro que entusiasmó a mucha gente”, dijo Gandini.
Javier García, senador blanco que hoy integra el paraguas herrerista creado por el senador Luis Lacalle Pou, puede dar fe de que el wilsonismo está en todas partes. Pero también es crítico con la apelación sistemática de la figura del caudillo. “A mí me nombran a Wilson y me erizo, pero no podemos en el siglo XXI pretender convocar en virtud de algo que, aclaro, está en mi ADN político y sirve para mí y es mi base, pero que forma parte de una manera de interpretar un mundo de hace 30 años”, dijo a Búsqueda. “La máquina del tiempo, no”, insistió, y llamó a pensar “en clave de un partido moderno”. Resaltó que el sector que integra logró “meter en la batidora” dos columnas históricas del Partido Nacional, como el wilsonismo y el herrerismo y “formar una síntesis”.
Si hay alguien que se reivindica como el hombre que levantó las banderas que dejó Ferreira, ese es el senador Jorge Larrañaga. El año pasado, en un homenaje al caudillo en el Palacio Legislativo, el líder de Alianza Nacional aterrizó al wilsonismo a esta época y explicó por qué “sigue vigente”. “Porque en un mundo donde todo el conocimiento se duplica cada 5 años… la mitad de nuestros jóvenes no entiende lo que lee… eso no pasaría en un país wilsonista, donde dar la oportunidad a partir de la educación es clave para la verdadera libertad”, dijo. Y continuó: “Sigue vigente la necesidad de reformar el poder, con más transparencia, con más control, descentralizando y federalizando cometidos, sigue vigente buscar una política social que se basa en promover el trabajo y no el asistencialismo, de una economía que no se entrega al mercado desbocado, sino que hay un estado que vigila. Sigue vigente la reivindicación de nuestra identidad agroexportadora. En un país wilsonista no se le daría la espalda a nuestro campo, motor de la economía nacional”. Una fuente allegada a Larrañaga resumió a Búsqueda: “No se trata de hacer del wilsonismo una liturgia, un ensayo simbólico, sino de recrear auténticamente la visión de país que representa”.
Wilsonistas post mortem.
Juan Raúl Ferreira, uno de los hijos de Wilson y exdirigente blanco, vio la película sobre su padre y llegó a la conclusión “inequívoca” de que en el Partido Nacional “no hay voluntad” de que exista un espacio wilsonista. Lo dijo en una entrevista a la revista Caras & Caretas poco después de anunciar su alejamiento de los nacionalistas. En el reportaje también cargó tintas contra Larrañaga. “Le tengo un gran aprecio a Jorge, pero cuando yo veo lo que él describe como wilsonismo no me siento representado y no creo que él tenga mucha idea de lo que quiere decir wilsonismo.(…) Lo que él entiende por wilsonismo no tiene nada que ver”, disparó.
Desde el sector de Larrañaga evitan entrar en polémicas públicas o responder alusiones. “No entramos en competencia de quien es más o menos wilsonista, simplemente nos reivindicamos como wilsonistas de Wilson, wilsonistas con sus ideas. No es una etiqueta, ser wilsonistas es nuestra historia, de allí venimos, y esas ideas defendemos”, señaló a Búsqueda una fuente del entorno de Larrañaga. En Alianza Nacional reivindican ese espacio. “No vivimos en la paradoja: algunos, cuando vivía Wilson no lo votaban, votaban a otro, estaban en otro lado, ahora hay wilsonistas post mortem”, agregó la fuente.
En tiempos donde la tropa parece estar algo desordenada —con dirigentes de Alianza que amagan con buscar su propio camino electoral— desde el cerno del sector se apuran a aclarar que “todo el pensamiento wilsonista tiene cabida” en el proyecto que encabeza Larrañaga.
Para Gandini, una buena continuación del legado sería la de buscar la gobernabilidad del país. La misma que Wilson ofreció en sus últimos años. “Si algo lo caracterizó fue ser capaz de sorprendernos a todos cuando teniendo toda la legitimidad para cuestionar un gobierno que había nacido rengo, instaló la idea de la gobernabilidad poniendo por delante al país y asegurándoselas a la democracia naciente y al gobierno que surgía con debilidades después de la dictadura”. Todo eso se hizo desde la oposición, apuntó. Y llamó a adaptar ese concepto, una especie de “gobernabilidad siglo XXI”, con los blancos al poder.