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    Xenofobia criolla

    La peatonal Sarandí no es para mí un paseo sino la distancia más corta entre dos puntos para llegar a mi trabajo. No obstante, es inevitable mirar de reojo los puestos callejeros de pseudoartesanía, piedras mágicas, pañuelos de contrabando o misteriosas arañas retorcidas de aluminio que allí se exponen.

    Muchos turistas recorren la peatonal, cada vez más. Se escucha hablar portugués como si aún fuéramos la Cisplatina. Los brasileños que nos visitan son una clase media poderosa y los vendedores-artesanos se derriten al atenderlos. (Curiosamente, no quisimos ser brasileños pero muchos uruguayos los admiran, como si provenir de Brasil implicara pertenecer a un país cool, donde todos son simpáticos, bellos y juegan bien al fútbol. Pensándolo bien, Dilma no es simpática, ni bella y seguramente ni juega al fútbol, pero es muy buena presidenta).

    Días pasados veo un grupo de chinos (tres, tal vez cuatro marineros) que han estado investigando un puesto. No recuerdo qué souvenir escrutaban, tal vez un monederito de cuero o bissouterie. Se van sin comprar nada; comprendo que han dejado desordenada la exposición de pequeños objetos sobre la tabla cubierta por un trapo. El vendedor mira sus espaldas y grita: “La puta que los parió”.

    No puedo detenerme para discutir con él sobre su evidente xenofobia: no me gusta llegar tarde a clase y quiero dar ejemplo a mis alumnos. Pero cuando sigo caminando me viene una catarata de recuerdos. 1) Las Olimpíadas de Pekín, año 2008. Un grupo enorme de chicos mirando la ceremonia de inauguración. En medio del embeleso general, risas. ¿Por qué tanta risa? Y escucho una voz: “¡Mirá esos chinos, todos son iguales! ¡Ja, ja!”. 2) Viví unos años en Europa, acostumbrada a su profusión de naciones, lenguas e inmigrantes. Al volver a vivir a Uruguay, solía comentar a mis amigos que nunca había tenido un novio japonés o chino. Me gustan mucho los hombres de raza amarilla, especialmente el actor fetiche de Wong Kar-Wai (¡el protagonista de Con ánimo de amar!). Respuesta de todos mis conocidos, “Buuu… qué asco, ¡los chinos son horribles!” 3) Hoy un alto porcentaje de lo que compran los uruguayos es Made in China. Las compras suelen acompañarse con dos lugares comunes: a) Es una porquería… es chino; b) Que querés… los chinos trabajan por un plato de arroz.

    Charlo con unos jóvenes uruguayos. Hablamos del Uruguay del 900, de su energía, de las leyes de Batlle, de los obreros, del impacto de la inmigración. Les pregunto si la inmigración hace bien a un país (es más un comentario que una pregunta; yo doy por sentado que sí). Una chica, que es adorable, exclama: “¡No! ¡Se nos está llenando de chinos y peruanos que sacan el trabajo a los uruguayos! ¡Trabajan por dos pesos o en negro y entonces los contratan a ellos!”. No puedo contestarle; me quedo tan sorprendida que no puedo contestarle. Felizmente otro chico me reanima: “¡Problema del patrón, no del laburante!”. Entonces yo me afirmo: “Somos muy pocos, tres millones en un territorio que no es ‘paisito’: 187.000 kilómetros cuadrados, un país mediano y fértil… vacío”. La réplica antiinmigración no se hace esperar. Otro chico, de apellido italiano y muy simpático, dice: “¿Para qué queremos ser más? ¡Estamos bien entre nosotros!”.

    Vivo en un barrio lleno de peruanos. Siempre los veo en grupo, o en pareja, y muchos ya tienen preciosos bebés. Las mujeres son muy coquetas. Se decía hasta hace un tiempo que las peruanas trabajaban de mucamas en Carrasco y los peruanos en el puerto. Ahora yo los veo trabajando en comercios.

    Mis vecinos peruanos jamás caminan por la calle con un amigo uruguayo; nunca veo una pareja mixta.

    Mi padre me ha relatado que, cuando inmigró a Buenos Aires en los años 50, los porteños les decían a todos los españoles: “gallegospatasucias”. Él, catalán y librero, se sorprendía. No se lo esperaba.

    Yo tampoco cuando en España, con pasaporte de la Comunidad Económica Europea, hasta mis amigos me decían “sudaca”.

    Y un señor madrileño, en una discusión en una cola, me espetó: “¡Vete a tu tierra!”. Inolvidable.