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25 apuntes sobre Uruguay Sub 200, el hito científico del año

Una cartografía de la histórica expedición bajo el océano uruguayo contada por algunos de los científicos a bordo; desafíos, escenas, aprendizajes y momentos que permiten entender todo lo qué pasó durante esas semanas en el mar

Redactora de Galería

La cartografía es la ciencia, técnica y arte de crear mapas y otros documentos gráficos para traducir datos complejos. Y la expedición Uruguay Sub 200, a bordo del buque científico Falkor (too), fue una trama compleja de decisiones máximas y mínimas, cuerpos exigidos y un maritorio que se impuso, a la que el 2025 le dedicó mucho tiempo de lectura.

Prenderse a horas de streaming, seguir los hashtag en redes sociales, leer noticias y ver programas. Pero más allá de lo que todos vieron, ¿qué vieron ellos, los científicos? Galería volvió a conversar con Alvar Carranza, biólogo y profesor del Departamento de Ecología y Gestión Ambiental del Centro Universitario Regional del Este (CURE), Leticia Burone, oceanógrafa y profesora del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias, y el divulgador científico Gustavo Villa, que formaron parte de la expedición.

No encontraron la manera de resumir la experiencia, más allá de ordenarla (traducirla) en 25 capítulos que hablan de desafíos, escenas, aprendizajes y momentos que permiten entender todo lo qué pasó durante esas semanas en el mar.

Mientras los papers oficiales, resultados de las muestras y análisis de laboratorio todavía están en proceso, este recorrido propone detenerse en todo lo que pasó alrededor del dato científico, que no es científico.

Adentrarse al océano

El ruido del silencio. Hablar de talasofobia, el miedo intenso a las profundidades y misterios del océano, estuvo de moda en videos virales donde pintan al mar como un escenario inmenso, silencioso, vacío y oscuro. Pero estar en el Río de la Plata y el Océano Atlántico es muchas cosas, menos silencioso. Motores, sistemas activos, brazos robóticos y un barco de más de 6.000 toneladas funcionando sin pausa. “Hubo ruido. Todo el tiempo. No hay silencio. Nunca. No hay”, son tajantes los científicos.

URUGUAY SUB 200

Una cosa es la idea romántica de observar el mar, y otra muy distinta formar parte de una expedición científica. Incluso cuando se pedía silencio se extinguía cualquier posibilidad de romanticismo: en la sala de comando del ROV —un espacio de precisión quirúrgica— los pilotos necesitaban concentración absoluta, y ante la emoción desbordada de los expertos, “no es que te mandaban a callar, pero casi”.

“Además el silencio que uno se imagina, el viento, las olas, los pájaros, no es silencio. Es más bien una ausencia de ruido molesto”, concluyen. Que tampoco la hubo, por algo el kit personal que se repartía antes de subir al barco incluía tapones de oído.

Sin embargo, “el único momento real en el que no voló una mosca fue cuando falleció la mamá de Alvar”, cuentan. No fue un silencio técnico ni operativo, sino un silencio humano, denso y compartido.

Las inclemencias del clima. En el mar el clima no solo depende del viento; “es un sistema de capas y la parte más compleja no siempre es la que se ve”, explican. Un océano puede parecer en calma desde la superficie, pero las corrientes debajo pueden llegar a marear a un ROV y no dejarlo operar. La expedición perdió días enteros por mal clima. Olas que alcanzaban los cinco metros y no permitían tirar al submarino, que los obligaba a atar pertenencias y equipos.

URUGUAY SUB 200

El primer descenso a casi 200 metros. Fue una cosa más de ajuste que de escena heroica, cuentan, y más de una vez hubo “problemitas técnicos”.

La transmisión inaugural tuvo algo de ensayo general, pero afortunadamente desde los hogares la gente no se percataba si una de las seis cámaras del ROV no respondían. La principal, la de calidad 4K, “la de los zooms increíbles”, al principio no estaba funcionando. “La lógica era clara: mejor que los problemas aparecieran acá y no a 2.000 metros”, dicen.

Si bien algunas cosas no salieron como se esperaba, “show must go on“, porque la presión no venía solo del fondo marino: “Era el primer día, la gente estaba esperando fascinada. Y nosotros también”. La primera sumergida no reveló otro Uruguay espectacular en términos visuales, pero sí inauguró esa simbiosis entre mirada pública y ciencia. Más de 330.000 espectadores. “Creo que nadie acostumbraba a esa forma de trabajar bajo observación constante”, cuentan.

Nueva rutina

(Des)husos horarios. Estar amanecido no era excepcional, era la norma. De noche el barco no dormía, de día tampoco, y la vida en alta mar se medía en turnos desdibujados en una vigilia constante. Las guardias frente a las pantallas mezclaban obsesión y calma, concentración extrema y automatismo producto del cansancio.

¿A qué hora estaban viviendo? ¿Qué día era? El tiempo se les desarmó rápido, no por falta sino por exceso: demasiadas horas despiertos, demasiados estímulos, pantallas, y tareas improcastinables.

URUGUAY SUB 200
Las guardias frente a las pantallas mezclaban obsesión y calma, concentración extrema y automatismo producto del cansancio.

Las guardias frente a las pantallas mezclaban obsesión y calma, concentración extrema y automatismo producto del cansancio.

El mate, muchas veces sostenido entre cosas o atado para que no se cayera, estaba siempre lavado. Y como (supuestamente) no se podía tener en los laboratorios, funcionaba como un anclaje obligado a los ambientes de distensión en las jornadas más interminables.

Siempre faltaban brazos para sacar muestras y registrar. Había gente que entraba a trabajar a las cuatro de la mañana, otros a las cuatro de la tarde, y algunos directamente no dormían nunca. El día empezaba cuando “te cruzabas y le decías ´morning. Ese era el saludo”.

El cansancio que los une. Nadie quería irse a dormir cuando el ROV estaba abajo. Algunos se dormían escuchando a otros trabajar, el sonido de las voces de los compañeros y del barco en funcionamiento se volvió una especie de arrullo. El cuerpo caía cuando podía, donde podía, y ya con media hora apoyando la cabeza en un hombro alcanzaba.

Pero ese desgaste no era el único factor común entre los tripulantes. Lo que más compartían era el propósito: “Nadie quería parar nunca, todo el mundo quería conseguir más, seguir descubriendo, más allá del objetivo científico y operativo concreto”, cuentan.

La parte humana

Miedo sin peligro. El miedo no siempre grita, paraliza ni se parece al pánico. Algunas veces es un poco más sutil, como por ejemplo, cuando la posibilidad de que algo ocurra se instala ansiosamente cuando todavía no pasó nada.

Confiaban en el equipo técnico, los pilotos y todos los que ya tenían experiencia en campañas anteriores, pero cuando una maniobra se complica, una red se rompe, un equipo falla, “frustra y es horrible”. “Pero el miedo físico, el miedo inmediato, no fue lo dominante”, aclaran. Sin embargo, cuando se enganchó el ROV en una línea de pesca, los pilotos estaban muy tensionados, recuerdan. No se veía nada y algo estaba tironeando desde el fondo. Ese fue el momento más complicado en la sala de control, pero existía un miedo muy anterior a ese: el miedo a la decepción. A que en el fondo no se viera nada. A que estuviera todo destruido.

Hubo que bajar sin garantías de belleza. Al menos así lo cuenta Alvar, porque Leticia asegura que miedo a la desilusión nunca tuvo, aunque sí la aterraba pensar en un mes entero encerrada con una tripulación grande y diversa, con personas que apenas conocía. Uruguayos, brasileños, chilenos, argentinos. “Era una mezcla humana obligada a funcionar sin escape posible”, resume.

Convivencia extrema. A bordo del Falkor nadie podía salir a dar una vuelta para despejarse y convivir fue uno de los desafíos más grandes. Pequeños enojos, tensiones mínimas y fastidios que en tierra firme se diluirían rápido ocurrían, como cuando a alguien le desaparecía alguna pertenencia: “Alvar era como un ratón, se llevaba todo”, recuerdan entre risas.

Antes de embarcar, tuvieron una charla con una psicóloga social que les dio herramientas y anticipó escenarios. “Todo lo que nos dijo que iba a pasar, pasó”. Y aun así, o tal vez por eso, las tensiones se manejaron.

“El equipo Sub 200 tuvo y tiene todo para seguir como programa”, concluyen. Desde el mundo científico, lo definen como algo poco común; “de lo más sano que hay”.

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Para algunos, los vínculos que surgieron desbordaron lo profesional. “De una expedición así rescatás valores, ganás amigos, ganás compañerismo”, y hay algo propio del mar en todo eso, que genera camaraderías intensas pero efímeras. “Lo que pasa en el mar queda en el mar”. Se sube, se trabaja, se vuelve y se despide. Pero esta expedición fue distinta. “Somos un grupo que existe antes del barco y que va a existir después”, aseguran. Entonces, el grupo no se disolvió al tocar tierra sino que mutó hacia los eventos y los grupos de WhatsApp donde se habla de cualquier cosa menos de ciencia.

Lo más emotivo. No necesariamente todas las emociones de una expedición científica tienen que ver con los resultados. Algunas simplemente aparecen cuando el cuerpo baja la guardia y hasta después de terminado el viaje. A esas le pusieron nombre: “depresión post-facto”.

Situaciones como el duelo también encontraron su lugar a bordo. Cuando se enteraron del fallecimiento, una foto de la madre de Alvar se pegó en el submarino y descendió más 3.000 metros a modo de despedida simbólica, que no se transmitió por streaming pero reunió a toda la tripulación a bordo, con Alejandro Balbis musicalizando el momento.

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La emoción sensible era notoria en lo que no se transmitía; por ejemplo, en los momentos en que un científico entraba a la sala con la cara desencajada, porque en la manipulación los técnicos habían roto una muestra única, casi obligado a aprender a entender el lado del piloto que dio todo lo humanamente posible.

Emociones así de intensas también tenían su cara positiva: “¡Tengo la almeja para mi doctorado!”, algo que dice mucho más de lo que parece. El científico autor de la frase carga una historia familiar importante; su padre fue tan destacado en la biología marina que hay especies que llevan su nombre, y él hoy carga con esa mochila repleta de expectativas.

Lo que los sostuvo. Dicen que fue la adrenalina, después lo piensan mejor y mencionan la cuestión humana. No quieren ponerse románticos ni hablar de amor, pero reconocen un sentimiento compartido. “Había algo donde todos nos cuidábamos. Hubo colapsos, pero cuando uno estaba cayendo siempre llegaba alguien y lo agarraba, lo abrazaba, le hablaba”, destacan. “Teníamos que seguir, porque cada episodio nos hacía ver que siempre valía la pena quedarse un poco más”, concluyen.

URUGUAY SUB 200
El miedo a la desilusión existió; afortunadamente, los animales del fondo marino de Uruguay resultaron increíbles.

El miedo a la desilusión existió; afortunadamente, los animales del fondo marino de Uruguay resultaron increíbles.

El respaldo de una comunidad. La expedición no se vivió solamente a bordo, sino en forma simultánea por centenas de millares de uruguayos del otro lado de la pantallas que no se limitaron solamente a mirar, sino que se involucraron, preguntaron, y sin proponérselo, sostuvieron en medio de la presión operativa y sin demandar resultados espectaculares todo el tiempo.

“Era muy gracioso y tierno, nos pedían “che, ¿por qué no bajan el ROV a las seis? Que ya estoy en casa con el mate, estoy con mis hijos, lo estamos mirando”. Dale, cuando quieras lo bajo”, bromean los científicos.

Con el paso de los días el stream abría con el chat lleno de preguntas para ellos: si habían cenado, si pudieron descansar bien… En algún punto, el equipo dejó de ser solo un equipo científico y sus miembros pasaron a ser comunicadores que transformaron un mensaje científico —habitualmente unidireccional— en un intercambio vivo y dinámico.

Ya para los descuentos de la expedición la gente empezaba a responderse entre sí en el chat, a explicarse cosas, a avisarse cuándo aparecían animales e incluso a pasarse los números de WhatsApp para armar grupos paralelos, apropiándose por completo de Uruguay Sub 200.

La música que acompaña. Mientras las cámaras bajaban y las muestras subían, la música era una presencia constante, una forma de bajar la intensidad, y el barco estaba pensado para poder disfrutar de ella.

Desde el comienzo la misión reconocía que el arte tenía que tener un rol como parte del bienestar y la difusión. Cada ambiente tenía su propia conexión bluetooth y parlantes. Si alguien trabajaba solo, se conectaba y se musicalizaba su propio espacio. Sonaba desde música clásica hasta los Rolling Stones, más allá del vivo de Alejandro Balbis, que como durante el streaming no se podía pasar música con derechos de autor fue una solución para ambientar los silencios en pantalla.

Todos quedaron muy sorprendidos de la capacidad de Balbis para captar la esencia de la expedición en las canciones. Fue “revelador“ para quienes lo vieron componer de cerca, cuentan.

URUGUAY SUB 200
Alejandro Balbis fue el artista invitado a bordo de Uruguay Sub 200 para generar arte a partir de un hito científico

Alejandro Balbis fue el artista invitado a bordo de Uruguay Sub 200 para generar arte a partir de un hito científico

Balbis hizo una canción al hijo de uno de los tripulantes contando el encuentro con una ballena, y otra instrumental dedicada al Falkor, que aunque no tiene letra, evoca a la perfección una travesía en el océano, y “si la escuchás, te imaginás un coro de marineros“.

El buen humor. Leticia subió al barco siendo Leticia y se bajó siendo Arenita. Alvar se ganó el apodo de alerta pulpo por sus reacciones ante el avistamiento de estos moluscos. Hasta los pedidos de silencio llegaban con buena onda porque, en los hechos, todas las horas eran impropias para hacer ruido. El humor era clave para traducir lo complejo sin solemnidad y acercar la ciencia sin bajarla de nivel.

La vida más allá del humano

Hallazgos así. En una expedición interdisciplinaria, la emoción cambia según quién mire la pantalla, lo que en ella aparece y lo qué se espera encontrar, por lo que preguntar “¿cuál fue el momento más emocionante?” casi que ofende al cuerpo científico. “Si le preguntás al arqueólogo submarino, no te va a hablar de los corales vivos o los escapes de fluidos, te va a decir queel momento en que se enfocó el naufragio del ROU-01 (un buque de guardia que participó en la Segunda Guerra Mundial ) es el favorito”, explican.

Uruguay sub200 Hundimiento del ROU DE-1
El naufragio del ROU-01 (un buque de guardia que participó en la Segunda Guerra Mundial) fue uno de los momentos más emocionantes de la expedición.

El naufragio del ROU-01 (un buque de guardia que participó en la Segunda Guerra Mundial) fue uno de los momentos más emocionantes de la expedición.

Sin embargo, ese momento en el que localizaron la embarcación en el sonar, y al rato, la cámara lo muestra en vivo, fue especial para todos los expertos por igual, casi tanto como cuando alcanzaron la Estación Esperanza, a 4.200 metros de profundidad.

El hallazgo de los isópodos fue otro momento que destacaron, sobre todo, por la sorpresiva emoción de la científica alemana a bordo –a la que no se le hizo muy fácil integrarse– que los buscaba desde hacía tiempo. Era otra mujer cuando apareció el primero y lo vio por las pantallas del barco; gritó, de un saltó atravesó la habitación en la que estaba y cruzó la cubierta enloquecida para llegar a cabina. Después de la fiebre, inesperadamente se apareció con el peluche de un isópodo que empezó a circular por el barco, como una broma afectuosa.

URUGUAY SUB 200
Sorprendía la cantidad de peluches de animales marinos que se encontraban a bordo.

Sorprendía la cantidad de peluches de animales marinos que se encontraban a bordo.

¿Y esto? Ante el hallazgo algunos científicos como Alvar se ponían creativos en sus reacciones. Tan así, que en uno de los reportes finales de prensa del Schmidt Ocean Institute se lo cita como: “el hallazgo fue tan raro que el investigador Álvar Carranza lo comparó con encontrar una jirafa en la Antártida”.

Y es que a veces aparecía algo que no se sabía nombrar, no porque fuera definitivamente nuevo —aunque podría serlo— sino porque no estaba en el guión mental de quienes estaban a cargo de las pantallas en ese momento. Cada uno veía su “cosa particular”, esperada o conocida, a la misma vez que para todos lo que era de interés del otro casi siempre era algo nuevo o desconocido. En esa sorpresa siempre aparecía algo infantil, como miradas y bocas abiertas, o cuerpos exageradamente inclinados hacia las pantallas. Eso sí: nadie se quedaba mudo de fascinación. Leticia cuenta que llegó a caminar por arriba de las mesas para llegar a tiempo a ver las cámaras: “Me vino una cosa tan fuerte, nunca hice eso en mi casa”.

Aparece el talud. De repente, el fondo deja de ser fondo y se vuelve caída, terreno ideal para explorar con el ROV que solo pueda hacer movimientos verticales. El primer encuentro fue cerca del Cabo Polonio; el “Mega Slide” –un colapso masivo de sedimentos (rocas, lodo) a lo largo de una pendiente submarina (horizontal hacia el fondo), producto de la gravedad o fallas tectónicas– los impresionó.

Ese cañón era clave para los objetivos científicos de la expedición, pero también para comprender el ecosistema en su conjunto, explican. “Son zonas donde todo se cruza: corrientes, materia orgánica, vida”. Esa fue la confirmación de que el fondo del mar uruguayo no era plano, ni monótono, ni previsible. Que hay relieves abruptos y escenas que cuánto más se las mira más seres vivos contiene.

Uruguay sub200 animalitos
URUGUAY SUB 200

Enseñanzas del océano

El mar que te educa. “Es una escuela”, dicen los científicos, en referencia al océano. “Me llevó a un nivel de conexión y de hermanamiento con la biota”, explica Alvar, que asegura que la experiencia lo hizo adoptar una forma distinta de pararse frente a la naturaleza. Entendió que no se entra a un ecosistema como quien entra a un lugar neutro. Habla de la necesidad de pedir permiso, de bajar un cambio, de igualarse y asumirse parte de esa misma naturaleza. Eso marcó una diferencia importante respecto a campañas anteriores, criticadas por un trato más violento o extractivo.

Cuando encontraron cangrejos copulando, nadie los tocó. Hubo bromas, pero también límites claros. Y la enseñanza fue ética: tomar el menor número posible de organismos con el menor impacto posible.

Al detalle. Todo lo que la cámara del ROV apuntaba era una escena compleja e infinitamente detallada, por lo que la observación minúscula era clave para no seguir de largo, y ser varios en la guardia, también.

Quedó claro que no todos miran lo mismo. Y cuanto más ojos, más atención puesta y más posibilidades de que alguien se quede mirando un segundo más. “Una observación individual tiene el poder de completar una interpretación colectiva”, señalan. Porque el detalle no era importante solo para saciar la curiosidad, a veces explica por qué una especie está ahí y no en otro lugar; o cómo se conectan ciertos elementos. El sistema se entiende y ordena desde lo pequeño. Y es que en el fondo del mar, el conocimiento no siempre llega en forma de hallazgo impresionante.

Uruguay sub200 animalitos

Sentirse pequeños. Los científicos parecen haber tomado distancia de los lugares comunes, porque a ninguno se le escuchó decir en ningún momento que se sintió pequeñito ante la inmensidad del océano. La idea general parece ser la de que el mar te ubica, quita a las personas del centro incluso cuando se trata de una expedición que solo puede existir por la tecnología, la planificación y la decisión humana. El océano recuerda todo el tiempo quién manda.

No se trata de sentirse insignificantes, sino de entender la escala y que hay sistemas que funcionan desde mucho antes de nuestra presencia.

¿Qué hace eso ahí? ¿Vida adaptada a la basura o basura adaptada a la vida? Una red de pesca. Una bolsa. Un tetrapak de vino o leche. Los cañones funcionan como “ductos de transporte” a través de los cuales el mar arrastra lo que no le pertenece.

Aun así, era menos de lo que esperaban, aunque no existe comparación posible ya que nunca antes se capturaron imágenes de cómo se encontraba el fondo marino. La basura que encontraron quedó como un recordatorio de que el impacto humano no siempre es positivo, pero sí persistente.

Uruguay y su ciencia hicieron historia

Cuando se dieron cuenta de que el suyo no es un trabajo normal. Llega un punto en que lo asombroso se vuelve rutina. “Si no, nadie trabajaría en la NASA”, bromean los científicos. “Tenés que entender que tu normalidad es esa. Que si estás ahí, con esa tecnología, con esa responsabilidad, no podés vivirlo como algo excepcional todo el tiempo. Hay que bajarle la épica para que el trabajo pueda hacerse”, reflexionan.

Si bien al principio la presión se hizo sentir a bordo de un barco que vale millones de dólares cargado de la última tecnología, al segundo día, la vida cotidiana y los restos de yerba en la cubierta ya se infiltraron.

El verdadero baldazo de agua fría llega después, cuando se desarma esa normalidad construida y lo que se asumió rutina se revela como irrepetible. “Ese es el instante real cuando uno entiende que no tiene un trabajo normal. No durante, sino después”, concluyen.

El momento más uruguayo. El 25 de agosto, feriado nacional por la independencia del país, a pesar de tener algunos extranjeros a bordo, alguien de la tripulación armó una playlist colaborativa de música uruguaya para que el resto pudiera hacer su aporte. Solo faltaba el asado. Sonó de corrido durante horas, y todos cantaron Drexler y tamborilearon sobre las mesas.

La sorpresa de descubrirse valientes. Si bien los científicos aseguran que “ni en el sueño más remoto“ se imaginaban ocupando este lugar, bien saben que si no se creyeran capaces, nada de esto sucedía. Así que de una u otra forma hoy cada uno es su propio héroe.

URUGUAY SUB 200
Foto grupal del cuerpo uruguayo de científicos y técnicos encargados de Uruguay Sub 200.

Foto grupal del cuerpo uruguayo de científicos y técnicos encargados de Uruguay Sub 200.

Para muchos, la distancia entre lo que alguna vez imaginaron de chicos y lo que estaban viviendo ahora es abismal. “A los ocho años yo quería subirme a un barco de pesca para agarrar caracoles en las redes y con eso estaba feliz”, cuenta Alvar. Leticia quería ser astronauta, y de alguna manera, acaba de descubrir un planeta. “Hay más vida que en la Luna“, bromean.

A la sensación de haber cumplido con lo que parecía impensado la describen como algo extraño. “Imaginate que lo que más te hubiese gustado hacer en la vida, ya lo hiciste“, describe Alvar. “Adelante hay un vacío, lógicamente“, pero ninguno se siente en la necesidad de emprender la búsqueda de algo más grande. Con lo que todavía les falta por procesar de esta expedición es suficiente.

El regreso. La misión, en términos técnicos, quedó cumplida cuando levantaron el ROV en la última estación. Pero todavía no hubo nada que marcara un verdadero final. Los científicos cuentan que desembarcaron con una sensación rara, la despedida fue dispersa y la lluvia apresuró las cosas.

Después vino la peor parte. Cuentan que una vez en sus casas dormían mucho, pero mal. Querían desenchufarse y no podían. Y la ficha terminó de caer semanas más tarde, cuando a algunos les tocó volver al puerto y ver el barco amarrado. Los invitaron a subir, pero no se animaron.

Sintieron que hicieron historia. “Creo que en el fondo se generó la sensación de que estábamos haciendo historia”, cuentan. Quizá no con esa misma expresión, pero sí con esa intensidad. Sabían que iban a hacer algo que no se había hecho nunca, ver cosas que nadie había visto y ser los protagonistas de algo único que inevitablemente va a formar parte de otra cosa más grande.

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