La muerte de su madre, en enero del año siguiente, marcó el resto de su vida. Tres años después su padre se volvió a casar con una mujer que no quería a Gisèle ni a su hermano mayor, Michel. “No dejaba de repetirme que estaba gorda y que parecía un caballo de tiro, mientras que su hija era guapísima”.
Cada vez que se quedaban solos, su padre le hablaba de su madre, y ella sentía dentro a esa “mujer dormida para siempre”, que se convertía en su fuerza y a la vez en su dolor. “Nada peor podría pasarme, nada podría dolerme más que haberla perdido, ya nada podría destruirme”, pensaba.
A Dominique lo conoció en junio de 1971, en casa de su tía Andrée. Ambos tenían 19 años y estaban ávidos de escapar. “Cada vez que pasaba tiempo en casa de los Pelicot, entendía un poco más de dónde venía el hombre al que amaba, de qué huía y por qué se quedaba hasta tarde en casa de mi tía”.
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Un himno a la vida, de Gisèle Pelicot. Lumen, 256 páginas, 990 pesos.
Según cuenta en el libro, la escasez material de los primeros años era el símbolo de la libertad y el precio que debían pagar. “Nos reíamos a todas horas. Yo llevaba botas blancas por encima de la rodilla con falda corta, como estaba de moda. Me llegaba el eco de nuestra época, la lucha por la píldora, el aborto, lo entendía, pero no era mi tema; mi victoria era crear una vida familiar de la que había estado privada, de la que todos mis seres queridos habían estado privados”.
Dominique la miraba como no lo hacía nadie, “con intensidad y ruborizándose”; “ya no era la chica fea y gorda a la que mi madrastra denigraba. (...) La felicidad me había encontrado por fin, nos había encontrado, e inmediatamente después de nuestra boda en Azay-le-Ferron, Dominique vino conmigo a París”. Un año después nació David, el primero de sus tres hijos.
Escenas de un matrimonio
De que no supo interpretar “la evolución de su personalidad” se responsabiliza Gisèle cuando mira hacia atrás. Porque, con el diario del lunes, siempre se encuentran señales. “De jóvenes pasábamos horas hablando. Él no intentaba quedar por encima de nadie. Al hacerse mayor fue volviéndose más asertivo, y después, con el paso del tiempo, es cierto que empezó a levantar la voz cuando le llevaban la contraria, no le gustaba que no estuviéramos de acuerdo con él, pero a mí no me impresionaba, yo podía plantarle cara, y nuestros hijos también, que ya eran mayores. Nunca les puso la mano encima y solo fue violento conmigo una vez, cuando creyó que iba a abandonarlo”. Así habla sobre su Doumé, su Mino, como le decía cariñosamente antes del derrumbe.
Esa búsqueda de autoridad empezaba a notarse también en el dormitorio. “Se volvió más insistente en el sexo. Quería cosas nuevas y me sugería prácticas que había visto en revistas pornográficas. Yo me resistía. (...) ‘Eres una santa, podrías haber vivido en un convento, no tienes fantasías’, me decía”.
“Es difícil imaginarlo hoy, pero para los demás éramos una pareja modelo. Amigos y familiares nos veían reír juntos y bailar rock a la menor oportunidad. (...) Caroline (su segunda hija) a veces decía que éramos eternos adolescentes”.
En cincuenta años pasan muchas cosas, se perdonan muchas cosas. Gisèle, por ejemplo, tuvo un amante. Un compañero de trabajo que le regaló su primer orgasmo. Dominique supo de la relación pero, pasado el momento, recompusieron el vínculo. Al tiempo fue él quien empezó una relación extramatrimonial. “Que él tuviera una aventura aliviaba mi sentimiento de culpa y quizá le ofrecía una sexualidad más libre que conmigo”, escribe Gisèle. “Seguía amándolo, pero no quería dramas. No era un sacrificio, sino mi forma de funcionar. Puedo derrumbarme por una ridiculez, pero me endurezco ante las cosas importantes. Así que ponía buena cara”.
Eventualmente, las cosas volvieron a su orden preestablecido. La pareja estaba más sólida para cuando, en 1999, decidieron divorciarse, sin separarse, para evitar que embargaran el sueldo de Gisèle a causa de las deudas de Dominique. Volvieron a casarse en 2007, en una casona restaurada en Turena. Lo vieron como una compensación de la vida: fue la celebración que nunca habían tenido.
“Es difícil imaginarlo hoy, pero para los demás éramos una pareja modelo. Amigos y familiares nos veían reír juntos y bailar rock a la menor oportunidad. (...) Caroline (su segunda hija) a veces decía que éramos eternos adolescentes”.
Cuando recapitula hoy respecto a su vida sexual, recuerda que consideraba que era “normal, incluso mucho mejor” que la de la mayoría de las personas de su edad, porque todavía hacían el amor “cinco o seis veces al mes”.
Sí había empezado a notar en los últimos meses que los encuentros ya no eran cariñosos: él “prefería colocarse detrás de mí, sin mirarme a los ojos”. En ese avance permanente empezó a sacarle fotos en ropa interior cuando salía de ducharse, le decía que mostraba poco las piernas y le propuso filmar las relaciones sexuales. Ella decía que no.
Caroline y Gisele Pelicot
Gisèle Pelicot y su hija, Caroline, en la marcha por el Día Internacional de la Mujer de este año en París.
AFP
Pese a haber terminado solo sus estudios primarios, Gisèle crecía en su trabajo: empezó como secretaria y terminó aprendiendo a mecanografiar en las primeras computadoras. Dominique, que trabajaba de electricista, soñaba en grande, pero no lograba grandes oportunidades. Se metió en el negocio de bienes raíces, empezó a usar traje, pero no le iba bien. A principios de 2000 Gisèle obtuvo un ascenso importante. Pero ella creía que no estaba a la altura, cuestionó la decisión de sus jefes y aun así se lo dieron. “El reconocimiento solo me iluminaba a mí, mientras Dominique lo buscaba desesperadamente”.
Era un hombre con ambiciones, al que le gustaba el dinero y la buena vida, pero no tanto trabajar. “Decía que la vida no había sido justa con él, que no le había dado una oportunidad”. A veces se preguntaba en voz alta por qué la pensión de Gisèle era más alta que la suya, como si él hubiera trabajado más, la mereciera más. Gisèle, sin embargo, estaba contenta con su “pequeña vida”.
La revelación
Fueron 10 años los que Gisèle pasó de médico en médico, haciéndose estudios, tratamientos ginecológicos, pruebas neurológicas. “Diez años delante de médicos que me miraban como diciendo que a mi edad una mujer ya no puede esperar gran cosa, que debería relajarme y dejar que el tiempo continuara con su demolición”. Y su marido observando la desesperación de su esposa como un simple espectador.
La cura a todos los males de Gisèle fue alejarse de su “torturador”, como lo llama en el libro. Pero antes tuvo que enfrentarse a los resultados de los exámenes médicos que le hicieron una vez supieron que había sido víctima de cientos de violaciones: “mostraron la presencia de una gran cantidad de bacterias y un virus del papiloma que había que controlar, porque puede degenerar en cáncer”. No tenía alzhéimer ni un tumor en el cerebro, como su madre, uno de sus mayores miedos ante los síntomas de pérdida de memoria que había experimentado en los últimos años. “La vida me enviaba un mensaje contradictorio: todo se había hundido, pero yo estaba bien”.
Después de sostener que celebraría el juicio a puertas cerradas, Gisèle cambió de idea. “Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya no quería estar sola. Muchos desconocidos me habían hecho bien y me habían acogido cuando no me quedaba nada. Ya no temía las miradas, no temía que se supiera”, escribe, y recuerda: “La vergüenza debe cambiar de bando”.
Los rastros en su pelo de las altas dosis de medicamentos con que su marido la había drogado, sin embargo, eran prueba viva de lo que había sufrido. El mismo somnífero que tomó Gisèle por un tiempo cuando murió su padre, zolpidem, fue uno de los que empleaba su marido y torturador. Más lorazepam, el otro ingrediente de la sumisión química. “Sobre todo, no le des más de ocho gramos, podría matarla”, le advirtió un enfermero en la “red de pervertidos”, como le llama Gisèle, según las pruebas halladas en su computadora. La misma en la que encontraron, además de todos los videos de su esposa, fotografías de Caroline y de sus nueras, Aurore y Céline. “Les había sacado fotos en la ducha con un bolígrafo cámara metido en un neceser, tanto en nuestra casa como en las suyas. (...) Ya no quedaba nada sagrado. Lo había ensuciado todo. A todos. A todas”.
El después
Un tren de alta velocidad la había golpeado en la cara: esa es la analogía que Gisèle usa para resumir lo que le pasó. Los fragmentos que salieron despedidos después del impacto fueron miles, imparables.
Mientras el vínculo con su hija se tensionaba con cuestionamientos que iban desde las sospechas de Caroline de haber sido violada por su padre pese a la falta de pruebas hasta las finanzas del matrimonio (“No quería que mi hija dijera que habíamos hecho las cosas de cualquier manera. Yo era muy cuidadosa” con el dinero), Gisèle guardaba para sí misma los buenos recuerdos, “como una manta con la que nos tapamos cuando tenemos frío”.
En octubre de 2021 salió a la luz por primera vez la noticia. “Una amiga me llamó para avisarme. Un titular encabezaba la portada Le Nouveau Détective: ‘La peor historia jamás contada. La red de violadores de Vaucluse. Droga a su mujer para ofrecérsela a otros hombres’. Nuestra vida acababa en el barro, resumida en unas pocas líneas”.
Ahí empezó a tener una idea de cómo se sentiría el proceso, y cómo se sentiría ella. La historia cobraba dimensiones públicas y la gente empezaba a cuestionarla. ¿Cómo era posible que su rol en esas noches siniestras hubiera sido totalmente pasivo? “Empezaba a entender el calvario por el que pasan las mujeres que denuncian a un agresor, que solo cuentan con su buena fe, su valentía, su cuerpo y su memoria heridos ante un policía o incluso un ser querido”.
Mientras tanto, veía cómo sus hijos, David, Caroline y Florian, también eran arrasados por esa “onda expansiva”, por ese “cataclismo familiar que Dominique había desatado”.
Y todavía faltaba el juicio, la “autopsia” de su historia, como Gisèle lo llama en el libro, en el juzgado de Aviñón.
La hora de la verdad
Cuando llegó el momento del juicio, hacía tiempo que Gisèle había cambiado a su abogada por una dupla de abogados a partir de desacuerdos en su forma de manejar el caso y de su falta de discreción. Antoine Camus y Stéphane Babonneau, quienes la representaban ahora, le venían advirtiendo que la configuración del juicio era “poco habitual”: cincuenta y un acusados; “una manada y Dominique”.
Después de sostener que celebraría el juicio a puertas cerradas, Gisèle cambió de idea. “Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya no quería estar sola. Muchos desconocidos me habían hecho bien y me habían acogido cuando no me quedaba nada. Ya no temía las miradas, no temía que se supiera”, escribe, y recuerda: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Esta frase —que pronunció por primera vez la abogada feminista Gisèle Halimi a mediados de los años 70 también en un caso de agresión sexual contra dos mujeres— se volvió también su lema.
A lo largo del libro la autora refiere varias veces a las “mujeres de mi generación”. Lo dice aludiendo a esa construcción que la llevó, según explica, a desvalorizar la amistad femenina frente a la institución del matrimonio; a asumir que su marido tenía derecho a ser más exitoso profesionalmente; a los prejuicios que marcaban sus pasos. Resolver abrir las puertas del juicio fue producto del doloroso, pero también iluminador, viaje de Gisèle: “Si hubiera tenido veinte años menos, quizá no me habría atrevido (...). Habría temido las miradas, esas malditas miradas con las que una mujer de mi generación siempre ha tenido que lidiar, (...) que te halagan y te avergüenzan, esas miradas que se supone que te dicen quién eres, lo que vales, y que a medida que envejeces te abandonan”.
Siguiendo instrucciones de sus abogados, los primeros días se protegió detrás de unos lentes de sol para llegar al juzgado, y evitó mirar a las cámaras y ver a la gente que se amontonaba afuera. Pero con el correr de los días, la sensación fue cambiando. “No recuerdo el día exacto que oí los primeros aplausos al entrar en el juzgado. Sentí a la gente a mi alrededor, sobre todo mujeres, formando una guardia de honor que yo no había imaginado ni solicitado. Sentí su calidez, su emoción, su fragilidad entrelazándose con la mía”. Entonces se quitó los lentes, y empezó a sonreír.
Dominique pelicot
Retrato de Dominique Pelicot en el juzgado de Avignon, escuchando el veredicto que lo sentenció a la pena máxima, 20 años de prisión, por orquestar las violaciones masivas de su entonces exesposa, Gisèle Pelicot.
En la sala la acompañaban sus hijos, que también fueron partes civiles en el juicio, es decir, que los reconocieron como víctimas. “Así, en nombre de nuestro dolor, pero también a pesar de él, formamos ese equipo”. Un equipo que debió enfrentarse a toda la evidencia de la perversidad de Dominique Pelicot; que debió escuchar sus confesiones y hasta reconocer que aún se excitaba al ver las torturas a las que había sometido a su entonces esposa; y ver a todos los acusados unidos por la hermandad de un crimen común que no querían admitir. “Pasaba junto a ellos cuando se suspendía la sesión. Los oía hablar sin bajar la voz, impulsados por una camaradería masculina, los veía aplaudirse, ir juntos a la cafetería de enfrente a la hora de comer, charlar en el bar, invitarse cervezas, reírse (...). Pero no se parecían entre sí, algunos sabían expresarse y otros no eran capaces de hilar dos frases coherentes en el estrado, había viejos, calvos y barrigones, y jóvenes musculosos (...)”. Esta manada se componía de hombres de todo tipo y de todas las edades, algunos muy jóvenes: había, por ejemplo, nacidos en el 97, en el 88. Para Gisèle, nacida en el 52, su juventud “era un enigma. Un sufrimiento añadido”, escribe.
Durante el juicio habló el psiquiatra Paul Bensussan, responsable de interrogar a Dominique. Se refirió a él como un hombre “escindido”, y explicó que “en un individuo pueden coexistir dos personalidades opuestas, una conectada con la realidad y la otra con sus fantasías”.
Lo condenaron a la pena máxima de 20 años por los crímenes contra Gisèle, y también por grabar y difundir imágenes de carácter sexual de su hija y sus dos nueras.
En cuanto a los otros 50 hombres, la “manada”, fueron todos declarados culpables de violación o de intento de violación y de agresión sexual agravada.
La reconstrucción
“Me he pasado la vida llenando el silencio con música, he combatido el insomnio con la radio y he rellenado los huecos del día a día cocinando, ordenando la casa y persiguiendo el polvo, las migas, el desorden, las arrugas y las malas hierbas, seguro que parezco una maniática pero limpiar es fundamental para mí, el más mínimo grano de arena podría echarlo todo a perder y los miedos de una niña podrían alcanzarme”. Toda una vida protegiéndose del caos, pero no pudo evitarlo. Como aclara más de una vez en el libro, no protegía a Dominique, protegía los recuerdos de toda una vida. “Así era mi cabeza, buscaba algún vestigio entre las cenizas, no podía decidirme a perderlo todo, luchaba contra el derrumbe, mi derrumbe. Si me arrebataban los cincuenta últimos años de mi vida, yo no había existido. Estaba muerta”.
No pudo evitar el derrumbe, pero sí pudo mantener su espíritu y proteger sus ilusiones. Una gran amiga suya se sorprendió cuando un día, después del despedazamiento familiar y antes del juicio, la oyó decir que aún esperaba poder dar amor a alguien. No habían podido romperla.
En ese estado de apertura conoció a Jean-Loup, un hombre “sonriente, jovial y discreto”. Un viudo reciente que conocía el caso y tenía la sensibilidad suficiente para no hacer muchas preguntas. “Yo estaba feliz. Necesitaba volver a amar. No tenía miedo”, escribe Gisèle. “Sé que mi historia demuestra que a nuestro alrededor, dondequiera que estemos, hay un elevado porcentaje de violadores en potencia, sé que ha podido alimentar el asco a los hombres, pero en mi caso no ha sido así”.
A sus 73 años Gisèle se define como “símbolo de una nueva ola feminista” de la que sabe “poco”. Desde ese lugar al que llegó sin pedirlo pero se ganó a puro coraje, dice: “Seguiré defendiendo quien soy, sin odio, incapaz de enfrentar a hombres y mujeres, porque creo que estamos hechos para vivir juntos. Seguramente decepcionaré a algunas activistas, no soy muy radical y sigo defendiendo una vida convencional y tranquila”.