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Narración oral, o el arte ancestral de contar el mundo

Referentes de la narración oral reflexionan sobre el cuento hablado, una de las prácticas culturales y formas de arte más arraigadas que construye pertenencia

Redactora de Galería

“No sabés lo que pasó…” es quizás la frase más cotidiana y, a la vez, el punto de partida de una práctica ancestral. Porque si hay algo que define al ser humano es que somos, incluso antes de un animal racional, animales narrativos: contamos lo que vivimos, lo que imaginamos y hasta podemos hilvanar con palabras lo que todavía no pasó. En ese flujo constante de verbalidades aparecen narradores espontáneos —por ejemplo, aquel que es llamado a escena porque “lo cuenta mejor”—, y también quienes hacen de este arte un oficio.

Hace algunas semanas tuvo lugar Universo­ Narración, la tercera edición de un encuentro internacional impulsado por la Escuela de Narración Oral Ana Martínez (Enoam) que busca consolidar la narración oral como disciplina artística en Uruguay y la región. Fue una invitación a detenerse en algo que hacemos todo el tiempo: contar, como parte de un giro cultural que vuelve a poner en valor lo oral, lo presencial y lo compartido.

En ese encuentro, el escritor y docente uruguayo Fabián Severo leyó fragmentos de Sepultura (2020), escrito en el portuñol de su Artigas natal. “Nadie reflexiona sobre cómo habla”, dice, y cuenta que a quienes pertenecen al mundo de la literatura (cómo él) en general se les vitorea lo que escriben como si se tratara de un texto de Jorge Luis Borges. Pero cuando el comentario en particular viene de alguien “empapado de letra hablada y escrita”, la cosa es bien distinta.

Severo recuerda cuando un texto suyo terminó en manos del poeta Javier Etchevarren; era un escrito en el que el artiguense se había esforzado por abandonar su argot y “enderezarse”. Resulta que al hacerlo, su voz de narrador perdió toda la fuerza y Etchevarren le dejó una pregunta sonando: “¿qué viniste a decirle al mundo?”. Cuando Severo volvió a su portuñol, la pregunta del poeta quedó contestada.

“Para este lado queda el aeropuerto que nunca inauguraron. ¿Avión? De vez in cuando pasa alguno das arrocera, solo para rayar el cielo. En Pueblo Sepultura no tenemo costumbre de avión. Vea: de ahí de la Ofelia para allá, pasando por la Mildre, hasta llegar en la plaza, toda esta gente, nunca subimo en avión. Para nosotro, avión es una palabra que anda por el aire, un dedo apontando para arriba. ¿Usted debe haber crecido indentro dus avión? ¡Yo sabía! Gente de afuera, sempre tiene más afuera que nosotro. (...) Algunos diz que en este pueblo, istamo cerca del cielo porque ahí nomás empiezan los cerro. Cementerio de casas levantando us brazo pra Dios. Otros dicen que esto fue un castigo, que istamo na boca du infierno, justinho incima del calor que derrite las alma. Disculpe mis palabra intreverada. Aquí, hablamo así porque nacimo en la frontera dus idioma. Si hay algo que usted no entiende, pregunte nomás. En Pueblo Sepultura, las pregunta nos hacen resucitar”.

“Si hay algo que hacemos nosotros (las personas) es contar historias. Es muy difícil que estemos mucho tiempo sin contarle o decirle algo a alguien”, señala Severo a Galería­. “La narración es imprescindible en el tejido de la comunidad; esa serie de cuentos, de historias compartidas es lo que funda tu pertenencia. Y no pertenecer, quedar por fuera es no poder contar, no ser escuchado. Porque si a la persona no le das voz es una forma de marginación”; por lo tanto, la narración, “la palabra viva”, tiene el poder de congregar personas o segregarlas.

En esta misma línea, la escritora y cuentacuentos española Paula Carballeira defiende que “desde el momento en que nos comunicamos con la palabra la misma genera un sentir colectivo, reminiscencias colectivas”. “Tenemos una manera de explicar el mundo a través de las ficciones y eso no se puede ni se debe suplantar, porque es la gran capacidad del ser humano: elaborar a través de la palabra”, dice a Galería.

La musa del arte de contar son los detalles

Según Severo, un “decidor” no tiene que tener horas de biblioteca como quizá sí un escritor, sino “horas de vereda”. Porque narrar es para él “el arte de mostrar”.

“No tenés que inventar nada”, señala, y recuerda una memoria que alguien le contó alguna vez: dos niñas de campaña (una de ellas, hoy anciana, fue la que le trajo el cuento) temerosas de ir al baño ubicado fuera de la casona de campo, se tomaban la mano antes de salir, agarraban un farol, e iban siempre juntas. Una noche una figura perruna, muy grande, se dibujó al horizonte, sombra recortada frente a la luna, dentro de su predio. Se espantaron, soltaron el farol y volvieron corriendo y chillando hacia la casa. Dentro, su padre dándose “un gustito” (una medida de whisky) sentado a la mesa. Las niñas se lo cuentan todo, él pega un sorbo y nada más responde: “son cosas de la noche”.

Pasó en serio, le contaron. Y ese tipo de cosas son la inspiración para Severo. “Siempre me cuentan historias, anécdotas, para que yo las escriba. Algunas pasan sin pena ni gloria pero otras, o algún detalle de ellas, se quedan latiendo en mí. Porque narrar es un poco eso, prestarles atención a los detalles”, concluye, “sobre todo a aquellos que pasan desapercibidos por mucha gente. Encontrar el detalle que va a tener potencial literario”.

Pero Ana Martínez va un paso más hondo; para ella, la narración oral es un arte y tiene una disciplina. “Hay que trabajar el ritmo, las pausas, los silencios, la mirada, el cuerpo y los gestos que acompañan a la hora de transmitir”, señala.

Eso, según la escritora, cuentacuentos y actriz gallega Paula Carballeira, es la energía del narrador o narradora, de la persona que cuenta. Y todas las personas tienen “la fuerza de transmitir historias”.

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Para Carballeira, contar es un acto “enorme” de generosidad; es poner a disposición de la historia cuerpo, voz y energía. Básicamente, todo lo que uno es.

Si bien todos usamos la palabra en nuestro diario vivir, hay lugares que son un germinador para los cuentos orales, como la enseñanza (primaria, secundaria, universitaria, CAIF…), destaca Martínez. “(La narración oral) debería ser una materia dentro de la formación de los docentes”.

La oralidad es memoria

Casi todos los cuentos empiezan siendo orales. Después, si sobreviven, llegan al papel, muchas veces con la ilusión de durar para siempre. También contamos para nosotros mismos; “el recuerdo es una narración que vos te contás”, una que va cambiando con el tiempo, reflexiona Severo. En uno de sus talleres de escritura para adultos mayores preguntó por recetas de “medicina popular”. Las señoras le contaron varias de sus venceduras y él escribió algo:

“Yo benzo el cobrero y las tormenta, el estómago caído y los empache. ¿Usté quiere aprender a benzer? Pregunte para una abuela. ¿Vio que las abuela son la parte del mundo que queda más cerca?” . Fragmento al que le siguieron varias recetas y testimonios.

Pero resulta que su escrito no las convenció del todo, y es que cuando se cuenta una historia que se escuchó, como la de “las cosas de la noche”, necesariamente entra en juego la memoria. Lo que hace la parte narradora es crear y llenar los huecos (como puede). “Uno nunca narra los hechos tal cual sucedieron, porque vos los narrás desde tu punto de vista, que es uno de los infinitos puntos de vista que puede haber sobre ese hecho”, confiesa Severo. “A veces nos ponemos como protagonistas en una historia donde no fuimos protagonistas; la oralidad permite esa flexibilidad en la historia”.

“La maravilla de la transmisión oral es esa, que todas las personas somos creadoras y transmisoras de historias, y toda aportación es maravillosa. Se gana siempre con una nueva voz o punto de vista de la persona que cuenta, las palabras que escoge, su estilo”, señala Carballeira.

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En eso de “llenar huecos” entra en juego la “ética del narrador”; saber qué contar, cómo contarlo y para quién. Para ella, es muy importante quién cuenta la historia porque es la persona que transmite con su “experiencia de vida”. Carballeira defiende que hay una relación directa entre narrar y recordar, porque desde el momento en que estás narrando, aparte de crear imágenes en quien te escucha, (“si lo hacés bien”) conseguís el objetivo de emocionar, dice. “Apelar con tu memoria a la memoria de cada persona”, y así lograr que ese cuento siga existiendo. Un cuento con vigencia es para ella un cuento que todavía tiene el poder de trasladar al oyente a algún sitio. “Es una manera de alcanzar la inmortalidad”, concluye. “El cuerpo, las personas tenemos un tiempo determinado pero las historias no, se pueden seguir transmitiendo. Entonces, mientras haya memoria hay vida, una historia con vida que nos remite a quien nos la ha contado”.

No menospreciar lo contado

En el liceo se podían dar 100 orales durante el año que aún así el día del escrito podía condicionar todo el rendimiento. Una prueba escrita de 45 minutos valía más que todo un mes hablado. Así lo recuerda Severo, que, como docente, asegura que a algunas prácticas del sistema educativo deberíamos ponerlas entre signos de interrogación.

Ese reduccionismo es empobrecimiento desde el punto de vista de Carballeira. Ella dice que con la oralidad no solo se transmiten historias e información, sino que, por ejemplo, en su caso, que cuenta en gallego, transmite una lengua, una cultura, una determinada manera de ver el mundo, “una riqueza enorme”.

Pero hay que considerar que el cuento que fue escrito para ser leído necesita de toda una traducción al registro oral, puntualiza Martínez, y para eso si bien existen diferentes tipos de ejercicios, lo fundamental es trabajar en lo vivencial. “La narración tiene muchísimos usos en la vida cotidiana, pero hay que aprender a ponerle un ritmo, a buscar las palabras, a usar los silencios”, sostiene.

Además, el tiempo de la oralidad no es el tiempo de la escritura. Carballeira no escribe las historias que cuenta ni cuenta las historias que escribe. “Cuando cuentas para alguien que te está escuchando en ese momento, hay que tener muy presente que el transcurso del tiempo está siendo en simultáneo para quien cuenta y para quien escucha. Por lo tanto, hay elementos de la oralidad que son claves, como la claridad de las palabras, o que las mismas inmediatamente evoquen”, explica. Porque en esta materia el tiempo también es un recurso clave.

En la escritura la persona decodifica las palabras que están escritas y tiene todo el tiempo del mundo para crear las imágenes y comprender lo que está leyendo. En la oralidad todo es más inmediato, como supuestamente lo exige la cultura actual misma. Sin embargo, cada vez se dedican menos momentos rituales para escuchar historias, aunque las “viejas tecnologías” (término que usa Severo para referirse a hablar, leer, escribir y escuchar) en realidad necesitan de mucha práctica.

Antes se leía un cuento antes de dormir, ahora lo puede hacer Alexa o Siri. Pero contar historias exige presencia y vínculo. Tal vez por eso, la narradora chilena Paz Mixa dijo lo que dijo durante Universo Narración: que si alguna vez la humanidad tuviera que refugiarse de una guerra, el último refugio sería el cuento. Porque mientras haya alguien que cuente y alguien dispuesto a escuchar, algo esencial de lo humano sigue vivo.

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“Yo creo que contar historias aleja la sensación de soledad que a veces atormenta a una sociedad como la nuestra. Que alguien te cuente una historia, que tú seas el destinatario de sus palabras, eso es algo único”, dice Carballeira. Hay que ser conscientes de la capacidad del ser humano de crear con la palabra y unirse con su pasado “para ubicarnos en el mundo”, reflexiona.

Entonces, la importancia de la tradición oral es la de volver a nuestras raíces; “volver a mirarnos a los ojos, a estar con el otro, contar para encontrarnos”, agrega Martínez, y menciona además el poder de la narración oral para “detener un poco el tiempo”, sobre todo, en espacios de vulnerabilidad como hospitales, residenciales, cárceles. En palabras de Severo, narrar es casi la única manera de ponerse en el lugar de otro.