Entre ponchos, sombreros y camisas, se ven un retrato y una frase de Artigas (“Nada importa mi persona cuando está de por medio la felicidad de la patria”), una imagen de su padre a caballo y una vitrina que, cual museo, contiene antigüedades heredadas o adquiridas, como fotos de curtiembres de más de 100 años o catálogos de antiguas tiendas extintas, como Introzzi y London-París. “De acá sacamos inspiración. Mirá esta manga”, señala al abrir uno de los históricos catálogos.
Conocido simplemente como Tavo, o Tav para muchos extranjeros, Rodríguez tiene muy claro que toda esta mélange necesita, si no es una etiqueta, al menos una definición que pueda ser transmitida rápidamente a quienes atraviesan la puerta. Eso hace cuando una pareja entra, curiosa, minutos antes de la hora de cierre. “Son diseños inspirados en la cultura nuestra, en las raíces criollas gauchescas, mezcladas con un poco de rocanrol, y en eso estamos acá”, les dice.
Una herencia
Al parecer, en Young, la ciudad donde nació y vivió hasta los 18 años, no había mucha forma de pasar de los payadores a los Rolling Stones sin despertar cierta extrañeza. “Siempre fui el rarito”, asegura. La versatilidad que hoy lo lleva a jugar entre esos dos mundos es herencia de sus padres, personas rurales tan amantes del folclore como de Elvis y los Beatles. “Crecí entre payadores y rocanrol. La gente me dice: ¡qué cosa rara que sos! Normalmente, o sos así y te vestís así y hacés este tipo de cosas, o sos lo otro. No podés ser la mezcla”.
Uno de los primeros desvíos del camino que parecía trazado tuvo lugar cuando cambió de opinión sobre la carrera que quería seguir: ya no Ingeniería Agrónoma o Veterinaria, sino Relaciones Internacionales. Pero incluso antes de eso la semilla emprendedora ya estaba plantada; sobre todo, desde que como liceal adquirió herramientas del programa Desem Junior Achievement, que promueve el desarrollo de niños y jóvenes uruguayos. “Siempre tuve clarísimo que iba a hacer algo por y para mí en el futuro, pero sabía que no sería de un día para el otro”.
Ese pie en la tierra lo llevó, entonces, a desarrollar una carrera corporativa tras recibirse. Trabajó en Ancap y luego como analista de Operaciones y Logística en una empresa de trading de commodities, un cargo que lo llevó a viajar por todo el mundo. “Terminé trabajando en trading de commodities y en petroleras casi siete años. Anduve en el exterior un buen tiempo, en países como Inglaterra o China”.
Tenía una carrera prometedora, mucho conocimiento acumulado de otras culturas y mercados, y dinero suficiente como para reenfocar la atención en sus compras. “Las pilchas me gustaban. Veía lo que usaban mis hermanos, ocho y 10 años más grandes; ese gustito lo venía trayendo hace rato. Era un momento de mi vida en el que tenía plata para comprar conscientemente como se inculcó en mi casa, que se hablaba mucho de la época pasada, de los catálogos, de que lo que se hacía antes en Uruguay era mejor porque duraba”.
Fue justamente en uno de sus viajes de trabajo que le cayó la ficha. “Me quise comprar un bolso para viajar a Londres, a la Petroleum Week, pero ¿dónde estaban todas esas cosas representativas de Uruguay de las que me habían hablado tanto?”.
La pregunta, y la necesidad no cubierta en el mercado, llegó justo cuando sentía que su ciclo en las multinacionales estaba terminando. Solo quedaba ponerse manos a la obra.
Recuperar lo perdido
De fondo, entre retratos y frases de Artigas, ponchos y chaquetas de cuero suenan Motorhead, Metallica, los Rolling Stones. Detrás del mostrador está Mayra, quien recibe y atiende a los clientes pero también trabaja en terminaciones de las piezas.
La tienda, en la primera planta de esa esquina en Ciudad Vieja, busca recrear una pulpería gauchesca, un espacio donde nada parece inerte, donde ocurre mucho más que la comercialización de indumentaria. Ese primer piso es apenas una aproximación a lo que se extiende hacia las plantas superiores. Al subir las escaleras se llega a un ambiente despejado con un escenario, dedicado a encuentros o actividades culturales.
La verdadera cocina de esta “pulpería” está en el tercer piso, un espacio que parece —y efectivamente es— de otra época. Todo lo que se usa para producir, desde las mesas hasta las estanterías, las cajoneras, las máquinas o el caballete de almacenamiento de cuero fue recuperado de un taller de los años 50, ubicado en Paso Molino.
Rodríguez dice con orgullo que su tienda debe ser la única del país que produce en un taller patrimonial. “Me interesaba que el taller se mantuviera todo junto. Lo que pasaba con los talleres era que cerraban, uno compraba una cosa, otro compraba otra; todo se terminaba desperdigando pa todos lados y no hay hoy en día un taller vintage como este, que siga produciendo en el mismo rubro”.
Si abajo se escucha rock and roll, en el taller se trabaja al ritmo de Osiris Rodríguez Castillo, Los Olimareños, José Larralde. Nada calculado; tan solo más de la misma mezcolanza.
El taller también fue planteado como una especie de museo. Allí no solo se crea todo lo que se vende, sino que —al igual que en la tienda— se exhiben otras piezas que sirven de inspiración, desde el poncho y sombrero de su abuelo hasta la vestimenta gaucha que su padre luce en uno de los retratos colgados en la pared.
Gaucho diseñador
El taller de OTRA cuenta con varias prendas de exhibición, como una colección de chaquetas del siglo pasado de marcas como Levi’s, Lee y Wrangler con etiqueta de industria uruguaya.
Adrián Echeverriaga
En un perchero hay una colección de chaquetas del siglo pasado de prestigiosas marcas mundiales, como Levi’s, Lee o Wrangler, que cumplen con la misma singularidad: todas ellas, como bien se señala en sus etiquetas, fueron hechas en Uruguay durante la época de oro de la industria textil. “No solo hacíamos cosas tremendas para nosotros, sino que producíamos para el mundo”, explica el emprendedor.
Tomando mate, compenetrada sobre una de las mesas de corte está Jamie, una estadounidense que, ni bien llegó a Uruguay, aterrizó en la tienda con un currículum exento de experiencia en el rubro, pero muchas ganas de aprender. La segunda vez que se presentó en el local, Rodríguez decidió darle una oportunidad. No quería convertirse él mismo en aquello que tanto había padecido en sus comienzos.
La decisión que tomó el emprendedor en 2015 fue sumamente arriesgada. Sin conocimientos de diseño ni de confección, con apenas algunos ahorros, renunció a la multinacional en la que trabajaba y buscó aprender de los expertos en el oficio, pero no tardó en toparse con la cruda realidad: por muchos años, en su propio país no encontraría a ningún especialista dispuesto a enseñarle. “Una vez que llegué a los talleres que me producían inicialmente, noté que estaban con recelo de la gente nueva, de los cambios. Cuando aparecí, me llegaron a decir que les quería robar el oficio. Y yo: ¡no! ¡Quiero que esto siga, que no muera con vos!”
Del garaje al reconocimiento internacional
A Gustavo Rodríguez no le quedó otra que iniciarse de forma autodidacta o, como él dice, “a los ponchazos”, en el garaje de su casa. “Fue muy solitario. Pasé de tener un sueldo en petroleras a de un día para el otro pagar pagar pagar, porque al principio esa plata no volvía”, recuerda.
A los dos años tuvo su primer gran punto de quiebre, cuando obtuvo una beca de un programa de Estados Unidos para hacer una pasantía de un mes y medio, junto con otros emprendedores de la región. Rodríguez aprovechó esa puerta de entrada y se quedó en Nueva York durante varios meses en busca de oportunidades.
Un día como cualquier otro, pasando por diferentes tiendas de Brooklyn para mostrar su propuesta, tuvo el valor de entrar a Ralph Lauren y, al igual que siempre, preguntar por el encargado de la tienda. “A ver, mostrame qué tenés”, le dijo el hombre al verlo. Rodríguez, con cierta timidez inusual para su personalidad desvergonzada, puso sobre la mesa una campera de cuero hecha por él mismo. Para su sorpresa, el trabajador de Ralph Lauren la observó con detenimiento, le hizo preguntas y sugerencias y, por si fuera poco, le devolvió las palabras que menos esperaba pero más necesitaba escuchar: “‘Cualquiera de estas prendas podría estar colgada ahí’, me dijo”.
Aquel hombre lo invitó a un evento de aniversario de Ralph Lauren y lo introdujo a personalidades del sector. Pero la mayor sorpresa se la llevó cuando se enteró de quién era el supuesto encargado que había validado su trabajo: se trataba de Sunday Mensah, un referente del universo de la indumentaria vintage que trabajaba mano a mano con Ralph Lauren como consultor para su línea de reliquias Double RL, que además era productor televisivo y guionista, y había trabajado con nombres como Jerry Seinfeld, Leonardo DiCaprio y Robert Redford.
Con el tiempo, el vínculo entre ambos se afianzó, al punto que Mensah se convirtió en asesor honorario —rol que ocupa hasta ahora— de OTRA Vintage. “Cuando te encontrás con estos personajes que juegan en otra liga y te dicen que lo que hacés está espectacular, pensás: bueno, vamo arriba”.
Tiempo de expansión
Fue esa determinación adquirida de la experiencia fuera de fronteras lo que le dio el valor de empezar a producir con un equipo propio en Uruguay, sin depender de los trabajadores del rubro que lo miraban con desconfianza.
Fruto de los contactos que hizo en Estados Unidos, comenzó a vender puntualmente en varias tiendas de ese país, además de en Portugal y México. Tras una pausa forzosa de casi un año debido a la pandemia (“nos mató, nadie nos iba a comprar una campera de cuero si no podían salir de su casa”, recuerda), decidió que era momento de salir del garaje y construyó en siete días su primera tienda en La Juanita (José Ignacio). “Tenía que salir desesperado a mostrar lo que hacíamos. Construimos un rancho de madera en tiempo récord con mi viejo y mis hermanos”. El 30 de diciembre terminaron la tienda, el primero de enero de 2021 la abrió al público y los meses que le siguieron fueron de éxito rotundo. “Pasamos un verano espectacular, todo se dio orgánicamente”.
Gaucho diseñador
El primer local de OTRA Vintage abrió en La Juanita, José Ignacio, tiempo antes de inaugurar la tienda-taller en Ciudad Vieja, actualmente el corazón de la marca.
Al tiempo se sumó la tienda de Ciudad Vieja, el corazón de la empresa, donde trabajan cinco personas, entre ellos Edison, un señor de 74 años con 60 años de experiencia en el rubro que se convirtió en mentor de Rodríguez; el único de aquella época dorada que se mostró no solo dispuesto a asesorarlo, sino también a trabajar mano a mano con él.
Otro personaje a quien considera un mentor es ni más ni menos que John Pearse, emblemático sastre que trabajó para figuras como los Rolling Stones, Jimi Hendrix y los Beatles y que veranea hace más de 10 años en Pueblo Garzón.
Esta vez la iniciativa no fue de Rodríguez, sino que fue el sastre quien entró casualmente a la tienda de OTRA Vintage en La Juanita. “No tenía idea de quiénes eran. Llegaron a la tienda —John y su esposa, Florence— nos pusimos a conversar, me hicieron preguntas. La charla se tornó muy de entrecasa y nos terminamos tomando una cerveza”, rememora. Recién a las dos o tres horas se dio cuenta de quién era la persona que tenía enfrente. “Al irse, me invitó a pasar tiempo con él en Londres, y me dijo que aquel era el inicio de una amistad. Yo estaba emocionado como un niño chico, tratando de mantener la cordura”.
Como buen emprendedor, Rodríguez se tomó muy en serio aquella invitación y viajó a Londres, donde Pearse le dio acceso a su tienda, a su taller y a acompañarlo en su día a día de trabajo, además de presentarlo como su “amigo diseñador uruguayo”. “Solo de mirar y escuchar aprendí mucho de materiales y pormenores del negocio. En algún punto, John Pearse me apadrinó; me sentí protegido y querido por él”.
El creador de OTRA podría decir que nadie es profeta en su tierra. Al local de Ciudad Vieja, como era de esperar, entran en su mayoría turistas, y un 70% de la clientela total está compuesta por extranjeros, que pagan entre 500 y 2.500 dólares por alguna de las prendas de la marca. “Vendemos a extranjeros en Uruguay o desde acá para afuera. Tenemos clientes uruguayos que son fieles, pero solo con esa clientela no resistiríamos”.
Pero lejos de escudarse en frases cliché, el emprendedor sigue y seguirá apostando a la filosofía de preservar el oficio a la vieja usanza, con materiales muchas veces escasos que son reliquia en el escenario local, como una pana aterciopelada que le compró al nieto de una señora que trabajaba en London-París, lonas uruguayas de una textil ubicada en Punta Yeguas desde 1880, o cuero vegetal de otra curtiembre ubicada en Maroñas desde 1876. “Nos han preguntado un montón de veces si consideramos producir en Asia y claramente no. Esto empezó y va a seguir siendo fiel a su filosofía de contribuir y preservar lo nuestro. Si el día de mañana tengo que sacrificar la historia para producir afuera, todo el trabajo hecho se lo llevaría el viento”.
Gustavo Rodríguez y su marca se mueven en ese equilibrio entre lo roquero y lo gauchesco; entre lo local y lo internacional, con la ambición de que piezas de fuerte impronta uruguaya —muy actuales y a la vez como las de antes— se vuelvan codiciadas y perduren décadas en roperos de todas partes del mundo.
Una de estas piezas tiene como dueño a Jack White, músico conocido por haber sido cantante de la banda de rock White Stripes. En octubre de 2022, al enterarse de que daría un show en Uruguay y sabiendo que el músico solía apoyar a los emprendedores, Rodríguez —con la osadía de siempre, aunque sin mucha expectativa— movió todos sus contactos hasta llegar al email de un socio de Jack White, en el que propuso crear alguna prenda para obsequiarle al músico. El destinatario le contestó: “Sí, genial, le encantó la idea. Es talle L”. “Hay 20 tipos de L, pero no iba a pedirle las medidas”, recuerda el emprendedor. En un juego entre el color de pelo azul que en ese momento llevaba el músico, su apellido (White) y la bandera uruguaya, Rodríguez se embarcó en la misión de crear una chaqueta. Antes de empezar el espectáculo, el diseñador se encontró en el backstage con Jack White y le entregó la chaqueta.
Gaucho diseñador
En su show en Uruguay, el músico Jack White usó una chaqueta creada especialmente por Gustavo Rodríguez como obsequio.
“Se la entregué de forma desinteresada, y de todas maneras salió a tocar con la pilcha, que fue algo maravilloso”. Fue una clara confirmación, por si hacía falta, de que una prenda de raíces gauchescas también puede subirse a un escenario de rock.